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Los barrotes del alma

DOMINICALES

Se llama Osvaldo Alejandro Longobuco Calidoni, y en breve saldrá en libertad, tras haber pasado en prisión cuarenta y dos años y medio. Al menos eso es lo que dispuso la sentencia dictada esta semana por un juez de Morón, Provincia de Buenos Aires. El pequeño detalle es que, pese a haber cumplido con creces la pena que se le impusiera en diciembre de 1979, el hombre no quiere salir de la cárcel. La libertad que se le ofrece, que se le impone, lo tiene sin cuidado.

Elvira.

La historia se remonta a febrero de 1979, en el distrito bonaerense de La Matanza (nunca más adecuado el nombre) cuando Osvaldo asesinó a su esposa, Elvira, delito por el que resultó condenado a prisión perpetua. Entonces fue calificado como «homicidio agravado por el vínculo», y hoy se llamaría «femicidio», aunque por aquel entonces ni esa palabra, ni la palabra «patriarcado» ni la epidemia social de crímenes contra las mujeres, ocupaban espacio alguno en los medios o en el debate público. Si el hecho llegó a publicarse en la prensa, lo más seguro es que haya sido calificado como un «crimen pasional».
Como quiera, en este caso no existió impunidad. El femicida fue condenado a la máxima pena prevista por la legislación vigente, según la cual, además, en el año 1996 (hace un cuarto de siglo) ya se encontraba en condiciones de salir en libertad condicional. Pero nunca quiso ejercer ese derecho.
Los motivos de esta actitud insólita son varios. Por un lado, el penado manifestó su voluntad de pagar su deuda con la sociedad «de punta a punta», y sin atenuantes, al punto que durante su encarcelamiento jamás solicitó ni obtuvo beneficio alguno. Por otra parte, manifestó sentirse bien en la cárcel, donde tiene techo, comida y contención social, a diferencia del mundo exterior, donde no tiene amigos ni casa, y hasta ha perdido contacto con sus hijos hace más de diez años. En su descargo incluso llegó a ponderar la «buena estructura edilicia» de su lugar de confinamiento.

Una vida.

Osvaldo tiene más de setenta años, vale decir, que cuando ingresó a la cárcel era un muchacho de veintipico. Ha pasado dos tercios de su vida en esas condiciones. Acaso su aquerenciamiento con ese lugar es mera costumbre. Acaso el delito cometido le da un status especial en la compleja estructura social carcelaria.
O puede ser, también, que el hombre esté convencido de que al matar a su mujer se desgració, y que no le cabe otra alternativa que tomarse lo de «prisión perpetua» en forma literal.
No conocemos las circunstancias de su crimen (la causa era tan vieja que el archivo judicial dispuso su incineración en 2010) pero no hace falta mucha creatividad para suponer que el hombre lo vivió como un profundo fracaso existencial. Acaso a sus hijos -los únicos que lo visitaban para entonces- los alejó él mismo, por sentirse avergonzado de haberlos dejado sin madre ni padre. Como quiera, el caso ostenta una profundidad y un dramatismo que pedía a gritos un abordaje integral, cosa que no ocurrió en una sentencia donde todo el argumento para soltarlo fue que «esa privación de libertad no podía continuar extendiéndose en el tiempo».

Libertad.

Como para sacarse el problema de encima, el juez encomendó el caso al Patronato de Liberados, que poco podrá hacer para reinsertar en la sociedad a un anciano sin medios ni hogar, sin posibilidades de mantenerse y en medio de una pandemia. El destino más viable sería un asilo de ancianos, pero el interesado abomina de esa posibilidad.
Cabe preguntarse si esta libertad que se le concede como un beneficio, no terminará siendo para él una sentencia de muerte.
En momentos en que arrecian las protestas por las nuevas restricciones al movimiento con motivo de la pandemia, cabe preguntarse cuál es el real valor de la libertad, o mejor dicho, qué entiende cada quien cuando usa esa palabra. Si realmente se pierde la libertad en el encierro que tanto tememos (acaso porque en esa situación corremos el riesgo de encontrarnos a nosotros mismos).
Quizá Osvaldo, más que la libertad, valora la redención, y crea haberla encontrado en su claustro. Difícilmente la encontrará en la sociedad que lo espera aquí afuera.
Hay cosas que nunca sabremos. Acaso Longobuco, tras décadas de encierro, encontró su nirvana. Acaso ha visto y sabe cosas que a nosotros se nos escapan. Si es así, en un estilo muy oriental, ha elegido no revelarlo.

PETRONIO