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Los efectos secundarios y las matemáticas primarias

ENTRE VACUNAS, OLAS Y CONFINAMIENTOS

En la Unión Europea, donde la campaña de vacunación está siendo sorprendentemente lenta, los nuevos casos han crecido en forma considerable, al punto de hablarse ya de una «tercera ola».
JOSE ALBARRACIN
Mientras se aguarda para el mes entrante la demorada remesa de 22 millones de vacunas Oxford/Astra Zeneca fabricadas en Argentina, que están siendo envasadas en México, habrá que ir preparándose para escuchar otra vez el coro de gansos antivacunas. Como ya no pueden graznar contra la Sputnik rusa, ahora seguro la emprenderán contra la vacuna inglesa, cuya aplicación se ha suspendido en varios países europeos. Alguien tendrá que explicarles que, hoy por hoy, seguir el ejemplo europeo es una pésima idea. Finalmente, en las últimas horas, tras un informe de la Agencia Europea de Medicamentos, las naciones del «Viejo Continente» decidieron retomar las campañas de vacunación.

Declive.
Es un hecho innegable que los países que más han avanzado en vacunar a su población han experimentado un descenso -a veces abrupto- en la cantidad de nuevos casos de Covid-19. Es el caso de Israel, los Emiratos Árabes, Gran Bretaña, y, crecientemente, Estados Unidos.
Muy por el contrario, en la Unión Europea, donde la campaña de vacunación está siendo sorprendentemente lenta, los nuevos casos han crecido en forma considerable, al punto de hablarse ya de una «tercera ola» del virus, y de la inminencia de nuevos confinamientos para una población agotada y descontenta.
Este fracaso tiene varias causas, una de las cuales es la ya proverbial burocracia de Bruselas, que en vez de imprimirle a la situación la urgencia que la crisis imponía, se demoró en obtener primero el consenso de los 27 países miembros sobre cómo deberían encararse las negociaciones con los laboratorios proveedores de vacunas. De ahí que Europa quedó a la cola de países que procedieron más rápido.
Tampoco ayudó la legendaria «austeridad» (léase «pijoterismo») de la UE, cuya prioridad fue comprar las vacunas al menor precio posible, negándose a abonar extra para obtener las vacunas más rápido. Terminaron pagando cada dosis cinco dólares más barata que Israel. Pero este ahorro en chauchas puede llegar a costarles millones, si por la demora en vacunar se producen nuevas cuarentenas -como la que anuncia Italia- que provocarán pérdidas cuantiosas.
Para colmo de males, Europa es el epicentro de los antivacunas, desde mucho antes que se desatara la presente pandemia. Según un informe reciente, casi un 90% de los ciudadanos chinos están dispuestos a vacunarse, mientras hay países europeos en los que ese porcentaje apenas supera el 50%.

Escépticos.
Este escepticismo de la población explica en parte la actitud vacilante de los gobiernos europeos -incluyendo Alemania, España, Francia e Italia- que decidieron suspender la aplicación de la vacuna de Oxford ante el temor de que ésta pudiera estar relacionada con algunos casos de trombosis (coágulos) detectados entre los vacunados.
Como con el precio de las vacunas, aquí también les están fallando las matemáticas. No existe ninguna evidencia que conecte la vacunación con las trombosis detectadas, ni tampoco estos casos superan el promedio de estas afecciones, por cierto frecuentes en la población general, y más aún en la de edad avanzada, que es la que se está vacunando inicialmente. Y aunque esos casos fueran efectos colaterales de la vacuna, los beneficios (vidas salvadas del Covid) superan con creces a los riesgos.
Pero hay otros elementos que seguramente cuentan, en esta decisión más política que sanitaria. No debe olvidarse que la UE acaba de divorciarse de Inglaterra, país de donde proviene la vacuna cuestionada. Y ya se sabe cómo son los divorcios, poco racionales. Tampoco debiera descartarse que el asunto de los coágulos tenga que ver con alguna competencia celosa, como por ejemplo la de Pfizer, que produce una vacuna más cara y de logística más complicada, y cuyas prácticas comerciales -como demostró en Argentina- distan mucho de ser caballerescas.

Esquizos.
A todo esto, la actitud europea por momentos parece esquizofrénica. En medio de la acrimonia con Inglaterra y su vacuna, el diario alemán Bild tituló «Queridos británicos, los envidiamos» por el éxito de la inmunización en la isla. Y mientras Europa ha usado sólo una de cada cinco vacunas de Astra Zeneca en su stock, y frenó la vacunación con este vector sin bases científicas sólidas, Italia acaba de protagonizar casi un acto de guerra, cuando bloqueó la exportación de un cuarto de millón de dosis de esta misma vacuna con destino a Australia.
A todo esto, la baja de contagios en el Reino Unido -país que sigue estando cuarto en cantidad de muertos por Covid a nivel mundial- se logró precisamente mediante la aplicación masiva de la vacuna de Oxford, sin que se detectaran efectos colaterales de relevancia (cabe aclarar, igualmente, que también se usa allí, marginalmente, la vacuna de Pfizer, que se importa desde Bélgica).
Y los números europeos son igualmente claros. Los casos anuales de trombosis afectan a una de cada mil personas. Si en Europa se llevan vacunadas unas cinco millones, serían de esperar algo más de cinco mil casos de coágulos este año, o unos cien por semana. ¿Cuántos son los casos detectados hasta ahora? Apenas unos treinta.
De modo tal que la relación entre la vacuna y los coágulos es más o menos la misma que existe entre el acto de lavar el auto y la lluvia que cae inmediatamente después: pensamiento mágico. Pero los antivacunas no se caracterizan por el pensamiento racional, ni por atender a los hechos (como por ejemplo, que Argentina ya ha aplicado más de medio millón de vacunas de Astra Zeneca, proveídas por la OMS). Lo que más parecen temer, es que la vacunación produzca un efecto secundario devastador: el de demostrar que el Estado puede hacer las cosas bien.