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Los enojados con el discurso presidencial

I. Las reacciones que provocó en la oposición el discurso del Presidente de la Nación podrían sintetizarse parafraseando las escrituras bíblicas: «por sus gritos los conoceréis». El enojo destemplado de la manada de periodistas que militan para la derecha desde los grandes medios fue el mejor termómetro a la hora de medir el alcance de la intervención presidencial en la inauguración del período de sesiones del Congreso Nacional.
La derecha política y mediática continúa sin poder digerir la derrota electoral que sufrió hace más de un año y se advierte a simple vista. No solo viene atacando con saña y sin pausa al gobierno sino que pretende imponerle el rumbo de las políticas que, precisamente, fueron vencidas en las urnas. Ni aún la actitud dialoguista y no beligerante del Presidente pudo lograr que la oposición baje un poco los decibeles de sus aullidos.

II. El tono firme y las severas expresiones que se escucharon en boca del jefe de gobierno este lunes en el recinto legislativo parecieron indicar una suerte de hartazgo ante tanta furia confrontativa. Es que a lo largo de un año lo único que cosechó con sus incontables gestos amistosos fueron denuncias descabelladas de la oposición y más «periodismo de guerra» por parte de los grandes medios. Ni siquiera la fatigosa lucha contra la pandemia -un azote sanitario y económico sin precedentes en la historia del país- mereció una mínima tregua por parte de los fogoneros del odio y el desánimo social.
Todo parece indicar que el Presidente le dio a la oposición, y se dio a sí mismo, un año de plazo para afrontar con mayor determinación los temas cruciales. Sin contar que en ese lapso la pandemia ocupó el lugar central -y casi excluyente en virtud de su catastrófica magnitud- de las preocupaciones del gobierno.
Pero también es cierto que la investigación del ruinoso endeudamiento que heredó del macrismo fue un tema presente en la campaña electoral, al igual que el horrible funcionamiento de una buena parte del Poder Judicial, Corte Suprema incluida. El proceso de endeudamiento con el FMI estuvo rodeado de groseras irregularidades de procedimiento y además se salteó la intervención del Congreso, un paso obligado que exige la Constitución. Por no hablar de los gravosos condicionamientos que impone a la soberanía nacional. «Hay dos formas de dominar un país, con la espada o con la deuda», dijo John Adams cuando fue presidente de Estados Unidos.

III. Los señalamientos al aparato judicial, sus privilegios y sus oscuras maniobras, tampoco pasaron desapercibidos en el discurso. El Presidente, por su profesión, conoce muy bien el funcionamiento de ese poder y viene advirtiendo -incluso desde antes de ser candidato- acerca de la imperiosa necesidad de echar luz sobre los oscuros recintos en donde se decide sobre la libertad y los bienes de las personas. El pedido al Congreso para que asuma activamente su función constitucional de «control cruzado» sobre el Poder Judicial debe haber provocado más de una carraspera nerviosa en los circunspectos rostros de sus señorías.
El otro gran «pecado» del discurso ante el Congreso fue el anuncio de la desdolarización de las tarifas de los servicios públicos, otra herencia neoliberal del macrismo que benefició descaradamente a la elite económica y agujereó el bolsillo de la inmensa mayoría de los argentinos. La transferencia de recursos económicos desde los sectores populares hacia las minorías opulentas que provocó ese sistema vil no hizo más que aumentar la pobreza y la indigencia a la vez que profundizó las desigualdades en el país.
La derecha política y mediática no podía reaccionar de otra forma. No concibe que el Presidente de la Nación -un «cargo menor», según el dueño del Grupo Clarín- pueda actuar, o hablar, por fuera del libreto que le escriba el «poder real». Se acostumbraron demasiado a Macri.