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Los indiferentes

Mientras los datos estadísticos muestran en La Pampa que los niveles de contagios, fallecimientos y ocupación de camas de terapia intensiva se mantienen en niveles altos a pesar del avance de la campaña de vacunación, no cesan las reuniones clandestinas. Ya está demostrado y fuera de toda duda que esos encuentros furtivos constituyen los principales focos de propagación del Covid-19.
Tal comportamiento social irreflexivo traspasa los límites de las generaciones y de las clases sociales; es decir, no respeta edad ni bolsillo, como si ningún sector de la población estuviera exento de estas manifestaciones de irresponsabilidad, de indiferencia supina por la suerte del conjunto de la sociedad.
Este diario publicó días atrás que en un solo día se descubrieron varias fiestas clandestinas en diversas localidades de la provincia; algunas realizadas en zonas rurales apartadas, con el evidente propósito de escapar a los controles sanitarios.
Tales encuentros pudieron haber sido entendibles en los primeros meses de la pandemia, cuando tenía vigencia la curiosa presunción de «a mí no me va a tocar». Pero transcurrido más de un año de expansión del virus por todo el planeta, y transitando lo que parece ser una de las olas más fuertes de la epidemia, que ha tenido y tiene variantes peligrosas que desafían la eficacia de las vacunas, el peligro que entrañan esos encuentros ilegales ha crecido exponencialmente.
Es obvio que los organizadores de esas reuniones poseen niveles paupérrimos de solidaridad social, falta que también se advierte en los que participan de ellas aún sabiendo el alto riesgo que corren en lo personal. También prefieren ignorar que contribuyen con su conducta indolente a la disminución de los recursos -medicinas, respiradores, camas, personal médico y paramédico, etcétera- destinados a quienes, a pesar de cuidarse, fueron contagiados en circunstancias ajenas a su voluntad.
La capacidad de respuesta del Estado no es infinita, por lo tanto promover su despilfarro en la atención de quienes -con altas cuotas de irresponsabilidad y ausencia de compromiso social- se metieron por propia voluntad el virus en el cuerpo o lo difundieron a otros, resulta verdaderamente indignante.

La memoria del agua.
Dos años atrás la Fundación Chadileuvú elevó a la Cámara de Diputados provincial una iniciativa simple e interesante. Como una forma palpable y expresiva en la lucha por la recuperación de nuestros ríos interprovinciales la entidad propuso la instalación de carteles indicativos de que antaño existía y abundaba el agua en la extensa región del oeste pampeano que era surcada por el Atuel y el Salado, que conformaban amplios bañados casi sin parangón en el resto del país.
Sorprendentemente, hace medio siglo esa iniciativa la había concretado Vialidad Nacional, que en prolijos carteles indicaba los lugares sobresalientes: Loma de Butaló, Corral de Isla, Isla de las Coloradas, Isla del Chalileo… Algunos de esos nombres portaban una fuerte carga histórica expresada en una toponimia que se remontaba a dos y quizás tres siglos atrás. Un recordado programa de televisión -Argentina Secreta, uno de los primeros en ocuparse del problema fuera de nuestra provincia-, destacaba la presencia de aquellos carteles que indicaban bañados que, al momento del emitirse el programa, ya estaban secos.
Es cierto que en la Cámara de Diputados son muchos los proyectos que entran para ser considerados, pero convengamos que el que se comenta aquí es de implementación rápida, sencilla y económica. Además obraría como un testimonio nada despreciable para que los viajeros de otras provincias que transitan la ruta aledaña a los bañados (o incluso por dentro de los bañados mismos, hoy convertidos en secadales) tomen una elemental conciencia de lo justo de los reclamos de La Pampa en la materia.