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Los intrépidos vikingos criollos

DOMINICALES

Como la reina malvada del cuento de Blancanieves, los opositores a la política sanitaria del gobierno argentino han encontrado un espejo en el cual reflejar su opulenta fealdad. Ahora quieren que nos parezcamos a Suecia. Si supieran de lo que están hablando -o al menos lo hicieran de buena fe- se darían cuenta de que esa comparación en nada favorece sus intereses.

Vikingos.
El motivo de esta invocación al lejano país europeo, es la política que allá se adoptó ante la pandemia. En lugar de imponer una cuarentena estricta a sus habitantes, el gobierno sueco dispuso un sistema mucho más flexible, sin limitar la circulación de personas ni disponer el cierre de escuelas o restaurantes. Se trata, desde luego, de un sistema basado en la responsabilidad social, que apuesta al nivel cultural y cívico del pueblo.
Al momento de escribirse estas líneas, Suecia llevaba casi 30.000 personas contagiadas por el virus, y un total de 3.646 muertos, que representan un promedio de 361 por cada millón de habitantes. Al mismo momento, Argentina llevaba 7.134 contagios y 353 muertes, que representan un promedio de 8 por cada millón de habitantes.
Estos son los resultados. En Suecia murieron diez veces la cantidad de personas que en Argentina. Y si hacemos la cuenta como se debe, esto es, relacionando la cantidad de decesos con la población total en cada país, la conclusión es que, en promedio, hasta ahora murieron 45,13 suecos por cada argentino fallecido. Será poco diplomático decirlo, y seguramente lo que valdrá serán los números finales. Pero hasta ahora, los números son esos.

Estudien.
Desde luego, lo que anima a los nuevos vikingos criollos, no es una preocupación por la cantidad
de muertos, sino un mero interés económico de poner sus empleados a producir. Eso, y una visión infantil, bidimensional de la libertad, en la cual cualquier insinuación de la existencia de deberes sociales o de responsabilidad hacia el prójimo es percibida como una forma de tiranía.
Lo que la elite argentina no advierte -no se sabe si por ignorancia o simple deshonestidad- es que el modelo sueco no puede estar más lejos del capitalismo salvaje que siempre han procurado imponer entre nosotros.
Suecia es, desde luego, un paraíso del individualismo, donde la independencia personal es un valor altamente aceptado. Los suecos no necesitan que les enseñen lo que es el distanciamiento social, lo practican a diario. Para ellos el problema sería un virus que los obligue a abrazarse y besarse como hacen los argentinos.
Pero su sistema económico se parece mucho más al socialismo que a una selva neoliberal. Un estado omnipresente, que garantiza salud pública, educación, vivienda y bienestar para todos. Hay altos impuestos a los ricos, y un sistema legal que castiga severamente a los evasores. Ni en sueños se podría en Suecia fugar los 86.000 millones de dólares que se fumaron aquí los muchachos durante los cuatro años macristas. Y mucho menos podrían practicar el racismo con la impunidad que lo hacen aquí.

Amor.
Tal como cuenta un documental altamente recomendable, «La teoría sueca del amor» -disponible gratuitamente en Youtube- en Suecia se ha llevado a cabo en el último medio siglo un experimento social fascinante. En 1972, justo antes de la crisis del petróleo, y en momentos en que el occidente desarrollado había llevado al «estado de bienestar» a su máxima expresión, los suecos decidieron dar un paso adelante. No contentos con tener garantizada la educación, la salud, la vivienda y el sustento para todos, se propusieron despojar a las relaciones afectivas de todo componente económico, y por ende, de toda dependencia. A partir de este acuerdo social y político, ni las mujeres dependerían de sus maridos, ni los ancianos de sus hijos, ni los adolescentes de sus padres.
Los resultados del experimento no los develaremos aquí -para no arruinar la película recomendada- pero lo cierto es que el individualismo se incrementó, al punto que hoy, uno de cada cuatro suecos vive (y muere) totalmente solo. Hay todo un ministerio dedicado a la búsqueda de las personas que perdieron todo contacto con sus parientes.
Esto no impide que Suecia, aún con sus altos índices de alcoholismo y de suicidio, sea considerado uno de los países más felices del mundo. En el índice de desarrollo humano que la ONU elabora anualmente, siempre está entre los diez primeros países junto a los otros escandinavos, a Holanda, a Canadá y a los países de Oceanía.
Pero no hay una fórmula universal para la felicidad. Si nos llevamos por la opinión de Charly García, no se puede ser feliz con tanta gente hablando y hablando a tu alrededor. Algo de razón tiene. Según los últimos estudios, el spray de saliva que genera una persona hablando puede mantener al coronavirus flotando en el aire por 14 minutos. Y eso, sin contar las pavadas que se dicen por aquí, con toda impunidad.

PETRONIO