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Los ladrillos de la memoria

DOMINICALES

Durante las décadas que lleva la investigación acerca de la Guerra Civil Española -uno de los períodos más estudiados de toda la historia universal- los expertos se toparon más de una vez con un fenómeno desconcertante: las fuentes orales, esto es, personas de carne y hueso que atestiguaron los distintos episodios de aquel cruento conflicto, iban variando sus relatos a medida que pasaba el tiempo. La primera reacción del estudioso suele ser de incredulidad, de poner en duda la veracidad del testigo. Se supone que no pueden haber dos relatos distintos de un mismo hecho, alguno de los dos debe ser el más veraz: ¿probablemente el más cercano a los hechos?

Identidad.

Y sin embargo, para quien era entrevistado por estos historiadores, sus recuerdos eran perfectamente reales. La única diferencia es que, a medida que pasaba el tiempo, esos recuerdos eran más y más permeados por la experiencia y la madurez del individuo. Algo así como si el lugar físico desde donde presenció el episodio histórico se fuera corriendo, dándole otra perspectiva.
Este dilema de historiadores vino al recuerdo con motivo de la aparición de «Un sentido de sí mismo» («A sense of self») de la psiquiatra irlandesa Verónica O’Keane, que acaba de publicarse. Se trata de un formidable tratado sobre cómo funciona la memoria, y de cómo este proceso nos construye como personas.
Acaso por ser mujer, acaso por haber tenido una extensa experiencia de campo en la clínica psiquiátrica, o acaso por sus inclinaciones literarias -el libro cita recurrentemente a Marcel Proust y a Sandor Marai- la autora plantea sus observaciones desde un lugar de duda y asombro. Muy lejos de la supuesta omnisapiencia de autores como Oliver Sacks -cuyo libro «Despertares» fuera base de la película del mismo nombre- o, entre nosotros, del eterno candidato radical Facundo Manes.

Dinámica.

Una de las ideas que rondan en el libro, y que no deja de ser revolucionaria, es que la memoria no es una biblioteca estática a la cual la persona recurre de tanto en tanto para recuperar información acopiada, inmutable. La memoria, propone O’Keane, es un proceso dinámico, que acompaña a la persona a lo largo de su vida, y que en buena manera constituye su identidad.
La autora se ocupa especialmente de la cuestión de las sensaciones. De cómo los estímulos sensoriales se traducen en información, para luego florecer como conocimiento y experiencia, y preservados como memoria. Como dice O’Keane, «el punto fundamental de que no podemos tener memorias sin una sensación previa, puede ser tan familiar que hasta no lo veamos, pero el cambio de compresión sobre la memoria, de ser un repositorio estático a una experiencia humana dinámica, es tan profundo como polémico».
No es de extrañar entonces que la autora, sin abandonar el rigor en el lenguaje, recurra frecuentemente a la metáfora, tratando como está sobre una cuestión de hondas resonancias poéticas. Como la cita que hace de Samuel Beckett: «No soy un intelectual, soy todo sentimientos».
Tampoco debe extrañar su énfasis en la mirada, en el mundo de la imagen y lo visual. De hecho en el libro nos guía a través de los orígenes de la mirada, y de cómo mirar siempre involucra un acto de memoria, y de ubicación espacial. Quienes habitamos la misma casa durante unos años conocemos esos trucos que nos juegan la vista y la memoria, en ese espacio supuestamente familiar, donde los objetos tienden a desaparecer, escondiéndose a simple vista.

Olvido.

Esta semana, con motivo de un nuevo aniversario de los bombardeos en Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, el psicoanalista Sergio Zabalza publicó un artículo titulado «Recordar, repetir y reelaborar», citando un estudio de Sigmund Freud.
Es curioso lo que ocurre con esta efeméride, que recuerda la masacre, por parte de un grupo de las fuerzas armadas argentinas, de 309 civiles que cometieron el único error de estar en el lugar y en el momento equivocados. Al parecer la fecha sólo le pertenece a un sector político. ¿No sería hora de que la sociedad toda se hiciera cargo de recordar y honrar esos muertos, y repudiara en forma unánime semejante atrocidad, que aún en tiempos de guerra hubiera sido inadmisible? ¿Acaso no nos conmovemos todos por igual ante la visión del «Guernica» de Picasso, que retrata una matanza de la Guerra Civil Española en la que murió la mitad de personas?
Zabalza cita una frase de Lacan: «El olvido freudiano es una forma de la memoria, su forma misma, la más precisa». Curiosamente nuestro Jorge Luis Borges pronunció prácticamente la misma frase, cuando se le reprochó que su cuento «El otro» era demasiado parecido a un texto de Giovanni Papini: «Leí a Papini y lo olvidé, Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz. El olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria».
Tal parece que no sólo la memoria nos construye como personas. También lo hace aquello que, conscientes o no, elegimos olvidar.

PETRONIO