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Los muertos de Vaca Muerta

Algunos analistas inclinados a las imágenes literarias a menudo suelen calificar al yacimiento de Vaca Muerta como «la más valiosa de las joyas de la abuela» de las muchas negociadas por el gobierno nacional con empresas de capitales locales y extranjeros. Se le podría añadir un toque truculento agregándole el calificativo de «sangrienta»; quizás no jerarquice tanto la referencia pero se aproxime más a la verdad: en menos de un año y medio han muerto en ese yacimiento hidrocarburífero ocho trabajadores, y todos ellos en accidentes laborales.
Tan dolorosa realidad viene a convalidar lo que se sabía a pesar del silencio de los medios de comunicación oficialistas: la «paz social» y la bendecida seguridad jurídica (léase obstáculos para la protesta y los reclamos de los trabajadores) garantizada por el macrismo a las empresas, no es otra cosa que una maquillada pero efectiva flexibilización laboral. La situación está avalada por amplios sectores políticos de algunas de las provincias implicadas y por el propio sindicato petrolero, que prefiere mirar para otro lado al convalidar despidos primero para permitir luego reincorporaciones aunque en peores condiciones de contratación.
Las modificaciones negativas de las tareas que se realizan en instalaciones de altura, en una región de muy fuertes vientos, es solo uno de los tantos ejemplos. La tendencia a debilitar las condiciones de seguridad estuvo en la base de todos los accidentes fatales tal cual lo señalara un especialista: «Lo que sucedió en el yacimiento es la crónica de un accidente anunciado», afirmó.
La secuencia de muertes en Vaca Muerta se inserta a la perfección en la filosofía neoliberal del macrismo. Los hechos vienen demostrando que para esa concepción de la economía importa mucho menos la vida de una persona que las utilidades de las compañías, especialmente cuando sobran candidatos para los reemplazos. El actual gobierno nacional, desde sus mismos comienzos, fogoneó la flexibilización de las condiciones laborales en beneficio de los inversionistas y concedió fuertes subsidios a las empresas contratistas.
La aceptación de la reducción de los planteles de operarios en tareas pesadas y de alto riesgo para la integridad física, pone en evidencia la deserción del sindicato en sus funciones más básicas. Uno de los dirigentes gremiales que avaló las nuevas condiciones laborales -secretario general del sindicato petrolero y, además, senador nacional- prefirió emitir una opinión favorable a las empresas: «no sabemos -dijo- si fue una falla de la seguridad de la empresa o fue un descuido de los compañeros», dijo al referirse a uno de los últimos accidentes. El autor de esa expresión es nada menos que la máxima autoridad sindical en La Pampa, Neuquén y Río Negro.
El lado oscuro del neoliberalismo hoy queda iluminado por esta secuela de muertes. Un recurso natural que debería generar condiciones de desarrollo favorables para toda la sociedad se convierte en paradigma de los nuevos tiempos económicos. Los beneficios son acumulados por unos pocos, y los sacrificios corren por cuenta de quienes, precisamente, son los que extraen el oro negro del subsuelo.