Los números que prefieren ocultarse

Muy poco le duró la euforia al gobierno con la obtención del título de “mercado emergente” otorgado por la elite de las finanzas globales. Los festejos duraron apenas horas porque la Bolsa de Comercio se derrumbó casi un 10 por ciento y el dólar siguió tironeando para arriba, indiferentes a los ruegos de los funcionarios y a la millonada de dólares que, diariamente, el Banco Central vuelca en la plaza de los especuladores -nacionales y extranjeros- que ya saben que tienen en Argentina una zona liberada de controles para obtener ganancias rápidas en la ruleta financiera.
Pero más allá de los números de la macroeconomía en las últimas horas se conocieron otros que no merecieron tanta atención de la prensa oficialista, aunque muestran con mucha mayor precisión lo que verdaderamente está sucediendo en el país profundo, ese que es ignorado por los grandes medios porteños.
Por ejemplo, la pobreza es un monstruo grande y pisa fuerte a casi la mitad de los chicos argentinos. Según la Universidad Católica Argentina el 48,1% de los niños es pobre (en el conurbano bonaerense asciende al 54,2%), un 17,6% no se alimenta bien y un 8,5% pasó hambre el año pasado. Los datos corresponden a diciembre de 2017 lo cual permite inferir que a esta altura del año el panorama es aún peor con la devaluación, su rebote en la inflación, los tarifazos y la caída de los salarios.
Otro tanto sucede con las estadísticas laborales. En los primeros cuatro meses del año se perdieron 94.500 empleos registrados en la industria y la construcción; solo en abril la baja fue de 26.600 puestos según datos del Ministerio de Trabajo.
En relación al nivel ingresos el Indec informó que en el primer trimestre el 60% de los asalariados y el 40% de los hogares no alcanzaron a cubrir la canasta básica establecida en 17.867 pesos. A propósito de los ingresos se supo también que el Indice de Gini sigue creciendo lo cual muestra que la sociedad se está tornando cada vez más desigual. Ese coeficiente aumentó de 0,437 a 0,440 entre el primer trimestre del año pasado y el de este año, lo cual indica que los más ricos subieron sus ingresos y los más pobres los bajaron. También aquí cabe esperar un empeoramiento de este índice luego del temporal devaluatorio de los últimos meses que afectó en forma muy desigual a los pudientes, que tienen buena parte de sus activos dolarizados, y a los que, en el otro extremo de la pirámide social, apenas sobreviven con unos pocos pesos en el bolsillos.
Indiferente a lo que muestran estos datos el gobierno nacional insiste con su relato autista de siempre y, a lo sumo, atribuye los problemas económicos -cuya gravedad menosprecia- a factores externos o climáticos: la volatilidad de los mercados financieros, la sequía, el precio del petróleo, etc.
Tampoco se cansa de elogiar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional como “único camino posible” para salir de la crisis, con lo cual desnuda sus limitaciones ideológicas en materia económica y, a la vez, desprecia los severos condicionamientos que atarán al país y condicionarán su futuro. Ni el gobierno ni el FMI pueden mostrar un solo ejemplo en el mundo para defender la receta que ya están aplicando.