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Los que sufren y los indiferentes

Los datos del crecimiento del desempleo en nuestro país y en el mundo en el segundo trimestre del año dan cuenta de los enormes daños socioeconómicos que está provocando la pandemia de Covid-19. En Argentina alarman las cifras que muestran algunos conglomerados urbanos del interior y más todavía si se considera una serie de factores adversos. Uno de ellos es que por la metodología de medición del Indec no se consideran desempleadas a las personas que dejaron de buscar trabajo. Se trata de un artilugio que se impuso durante el menemismo y que no fue corregido por los gobiernos siguientes por una sencilla razón: reduce sustancialmente el número de quienes son contabilizados. En nuestra propia provincia pudimos ver ahora ese efecto-ilusión al mostrar los datos oficiales un descenso muy marcado en el desempleo, producto de que la pandemia desmotiva la búsqueda de trabajo.
Pero la situación más grave no puede ser reflejada por las estadísticas oficiales por la sencilla razón de que los mayores afectados por la pérdida de fuentes de empleo son los asalariados no registrados. A ellos se suman los cuentapropistas informales, quienes también militan en la franja de los que más perdieron en materia de trabajo. Además a ninguno de los dos sectores alcanza el decreto presidencial de suspensión de los despidos.
En el otro extremo de la pirámide social, es decir entre los sectores más acaudalados, las cosas son bien distintas, porque tienen mucho más espalda para aguantar y recursos a que apelar. Incluso no pocas actividades económicas -vinculadas al uso de servicios de internet, sistemas de compras on line, entretenimiento, etc.- han visto crecer sus ingresos en forma obscena. En este diario hemos publicado no pocos informes muy reveladores que muestran el dramático contraste entre el sufrimiento de los más perjudicados y la bonanza de los más beneficiados por los abruptos cambios que desató la peste, tanto en Argentina como en todo el mundo.
En tanto la caída del PBI, también para el segundo trimestre, fue descomunal: 19,1 por ciento, superior al recordado 16,3 por ciento del primer trimestre de 2002. No fue una excepción, ni en nuestro continente ni en el mundo, lo cual muestra, al igual que el índice anterior, el descalabro global provocado por la pandemia.
Ante este panorama dantesco subleva ver a nuestra derecha política, económica y mediática resistir con uñas y dientes el proyecto legislativo que busca obtener de las personas más ricas una modesta contribución por única vez. No llegan a diez mil las grandes fortunas que serán alcanzadas por la medida pero oponen una resistencia tan fiera como si se tratara de millones. Semejante nivel de codicia y de indiferencia ante el dolor ajeno resulta inconcebible en quienes tienen las cuentas bancarias más abultadas, muchas de ellas en el exterior, lo que les garantiza un pasar despreocupado y pleno de comodidades en medio del sufrimiento de tantos millones de personas que, al perder el trabajo, están viviendo una pesadilla.
«Pasará un camello por el ojo de una aguja antes que un rico ingrese al reino de los cielos», dijo el Nazareno hace dos mil años.