Los socios europeos y el Reino Unido, en conflictiva transición

TRAS EL REFERENDUM BRITANICO QUE APROBO SALIR DE LA UE

Tras el referéndum en el Reino Unido y triunfo del Brexit, la relación con la Unión Europea sigue tensa y sin soluciones a la vista. EE.UU. trata de mediar en el conflicto, por la importancia económica, política y militar de lo que está en juego.
EMILIO MARIN
Aunque resulta una expresión muy usada, se puede decir que el referéndum británico del 23 de junio pasado marcó un punto de inflexión. Abrió una nueva situación política en las estratégicas relaciones de la parte y el todo: el Reino Unido por un lado y la Unión Europea que hasta ahora tenía 28 socios, por el otro.
Es obvio que no se trata de un asunto menor para la alianza europea, toda vez que la pieza que toma distancia es una potencia económica, detrás de la líder Alemania y por delante de Francia. Además de esos valores de índole económica, donde la plaza londinense tiene ganado un lugar clave desde hace varios siglos en el capitalismo mundial, también están en juego otros tanto o más estratégicos. Es que el socio que pide ahora cancelación de la membresía es una potencia militar dentro de la OTAN, detrás obviamente del socio mayor, Estados Unidos.
Ese es el marco regional y mundial donde cabe analizar el resultado del referéndum de casi veinte días atrás. Fue ganado por la opción de salida del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que también comprende a Escocia y Gales, para que se interrumpa la asociación existente hace 43 años con la Unión Europea.
La otra alternativa, sostenida en vano por el primer ministro David Cameron, del partido “tory” o conservador, era mantenerse allí y procurar determinados cambios en su interior. Ni siquiera toda la agrupación oficialista tuvo una postura unificada, porque ministros del gabinete, como el secretario de Justicia Michael Gove, hicieron campaña por el Brexit, igual que el ex alcalde de la capital, Boris Johnson.
Los cómputos dados a conocer al día siguiente arrojaron que el Brexit había ganado por un millón de votos, sumando el 51,9 por ciento de los electores. Se produjo tal conmoción en el Reino Unido, y lógicamente en Europa y EE.UU., que algunos de los grupos perdidosos alentaron la iniciativa de volver a votar. Se basaban en que una parte de los votantes por la salida habían empezado a arrepentirse de su actitud. Incluso países como Polonia alentaron esa nueva consulta; con tanto mayor motivo, tuvieron esa esperanza los gobernantes de Escocia, donde había triunfado la opción por la permanencia.
Sin embargo, no hubo marcha atrás. El gobierno de Cameron informó que sólo 4 millones de personas habían solicitado una nueva votación, en tanto eran más de 30 millones los que habían optado el 23 de junio por la salida de la alianza europea. Por lo tanto no podía haber segunda vuelta.

Crisis política.
No sólo que no habría otro referendo sobre el particular sino que el primer ministro perdidoso debió anunciar su renuncia al cargo, desairado por el grueso de la población en un asunto tan relevante.
Se estima que en octubre próximo habrá una elección general en ese sistema de gobierno parlamentario donde, cabe recordarlo, suben y bajan primeros ministros pero en la cúspide formal se mantienen hasta el último aliento los monarcas, en este caso la decadente Isabel II y el eterno aspirante al trono, el príncipe Carlos. Esta monarquía es tan pasada de moda que ha perdido su lugar en las revistas de la farándula a manos de otros millonarios y casas reales como la que habita Máxima Zorreguieta.
La sucesión se abrió en el partido conservador, con primeras votaciones de sus legisladores, en la primera semana de julio. Y allí quedaron relegadas figuras como el secretario de Justicia, que a su vez había traicionado sus alianzas con el ex alcalde Johnson. De ese modo quedaron en carrera dos mujeres por el conservadurismo: la ministra del Interior, Theresa May, y su colega de Energía, Andrea Leadsom.
En las próximas semanas unos 150.000 afiliados determinarán cuál de ambas los representará en los comicios de octubre. Si fuera por experiencia y apoyo del aparato partidario, en principio parecería tener mejores chances la ministra May.
Pero Leadsom cuenta con posibilidades porque ella se siente ganadora: fue parte del team que empujó la salida de la Unión Europea. Y en consecuencia puede recoger votos no sólo de su agrupación sino, llegado el caso, de otros sectores. Es que en este momento esa opción de “Britain first”, relegando a Europa, goza de una popularidad en ascenso y así se mostró en el referendo reciente.
La crisis política se llevó puesto a Cameron pero no sólo a él. En la vereda de la oposición, se le descalabró el “gabinete en las sombras” al partido laborista y su líder Jeremy Corbyn. Es que su conducción propuso quedarse en la UE y fue alcanzado por el incendio de la derrota, tanto como al oficialismo. También al laborismo la situación lo cruzó y dividió, pues sus dirigentes aconsejaban votar de una forma, y muchos de sus votantes, incluso su base de sindicatos, lo hizo de otro modo.
Es que lejos de resultar un gran modelo, para una gran cantidad de británicos la pertenencia a la Unión Europea no funcionaba, sobre todo por las muchas falencias económicas que se hicieron sentir en las cuatro partes que integran el Reino. Sin contar con la gran crisis mundial iniciada en 2007 y 2008 en EE.UU., hace al menos desde 2010 que el Reino Unido no tiene dos buenos años económicos seguidos.

No sólo es derecha el UKIP.
Y no faltaron los oportunistas que en la campaña del referéndum hicieron creer a los asalariados que la salida de la UE ayudaría a mejorar las cosas. Por ejemplo, la ex embajadora argentina en Londres, Alicia Castro, en un reportaje con Martín Granovsky, en Página/12, citó que la derecha británica partidaria del Brexit aseguraba al electorado que con la salida se ahorrarían 350 millones de libras esterlinas por semana, que se iban a destinar al Sistema Nacional de Salud.
Con promesas como esas se engañó al electorado. También se acicateó sus sentimientos ultra nacionalistas, diciendo que la pertenencia a la UE era una canilla abierta para que chorros de centenares de miles de inmigrantes entraran al territorio, como parte de los acuerdos de Bruselas. Y que así se deterioraban no sólo las cuentas públicas británicas sino también las oportunidades de empleo.
Lo de siempre: los inmigrantes tienen la culpa de las recurrentes crisis del capitalismo global.
Uno de los que más fogoneó esa salida xenófoba, que contaminó a buena parte del voto de junio, fue el UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido). Su líder Nigel Farage vino desde hace años pregonando ese mensaje xenófobo disfrazado de nacionalista, aún en soledad dentro de la Euro cámara. Exultante por el referendo, renunció a su cargo partidario, dio su apoyo anticipado a la ministra Andrea Leadsom y manifestó que recorrerá Europa dando aliento a las formaciones partidarias de romper vínculos con el Consejo Europeo dirigido por Donald Tusk y la Comisión Europea donde manda Jean-Claude Juncker.
Este es uno de los peligros del Brexit: el aumento de agrupaciones de la derecha y ultraderecha europea, que con la excusa real de los desaguisados de la Unión Europea quieren poner en marcha proyectos aún peores. Si el UKIP tuvo el 13 por ciento de los votos en las elecciones británicas del 2015 y en las próximas aumenta ese caudal, eso tendrá un efecto muy negativo en ese país. Y si Marie Le Pen, del derechista Frente Nacional, se alza en 2017 con el triunfo presidencial en Francia o vuelve por sus fueros Nicolas Sarkozy, entonces quedará más claro el sentido negativo de lo que se dio en Londres.

Ruidos varios.
El sistema capitalista mundial ya tenía numerosos problemas y ahora se sumó otro complicado. El Reino Unido destina el 44% de sus exportaciones a la UE y recibe de ese frente el 50 por ciento de sus inversiones. ¿Cómo seguirá ese orden de cosas ahora que se pondrá en marcha la secesión del primero?
Desde el punto de vista inglés se quiere seguir aprovechando las ventajas comunitarias, sin estar obligados a cumplir con la parte que deberán seguir respetando los 27 socios de la alianza. Y obviamente Angela Merkel, Francois Hollande y otros jefes europeos no están dispuestos a que Londres haga ese juego que puede favorecerlo.
Más aún, han dejado la pelota picando en el campo de Cameron, al decirle que su gobierno debe iniciar el trámite de desafiliación según el Tratado de Lisboa. Y que luego Bruselas irá diciendo lo que está de acuerdo y lo que no. En definitiva, se ha entrado en un conflicto interimperialista sobre cómo se redefinirán las relaciones entre el todo y la parte.
Como la capital inglesa es una plaza financiera mundial, y hasta hoy era parte de la UE, allí tenían la sede numerosas empresas y bancos; sólo los norteamericanos tenían unos 40.000 empleados de esas firmas. ¿Seguirán o serán movidos a Frankfort o Bruselas?
El otro frente donde se sienten ruidos es en la OTAN, que hizo el 8 y 9 de julio su reunión en Varsovia y decidió crear cuatro batallones robustos en Polonia y los países bálticos, apuntando todos contra Moscú. Una de esas unidades, la de Estonia, dependerá del Reino Unido. La duda es: ¿cuán fuerte será la unidad de la OTAN teniendo como trasfondo la crisis por la salida británica de la alianza europea?

Compartir