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Los tiempos que van a venir

DOMINICALES

Créase o no, se acabó 2020. Y todos (el lector, esta columna, esta antigua forma de comunicación en papel) hemos sobrevivido. Desde luego, pasará un tiempo importante antes de que podamos, como sociedad, como humanidad, como individuos, hacer una evaluación completa de los efectos que este año tan singular dejará como marcas en nuestra piel. Pero el momento nos impone al menos la necesidad de sacar algunas conclusiones provisorias.

Dura.

Si hace exactamente un año, el primero de enero de 2020, nos hubieran adelantado las condiciones en que tendríamos que vivir durante todo el año, la primera reacción hubiera sido la incredulidad.
Si nos hubieran dicho que por las nuevas normas, nos estaría vedado abrazar y besar a nuestros seres queridos; que nos estaría prohibido cantar o bailar, o reunirnos más que en números muy reducidos; que deberíamos pasar largos períodos aislados en nuestros domicilios, sin salir ni para trabajar; que deberíamos usar en público unas máscaras inhumanas… lo hubiéramos asociado sin dudas a las dictaduras distópicas pronosticadas por George Orwell o por Aldous Huxley.
Y si a eso le agregáramos detalles verdaderamente grotescos, como el hecho de que el saludo afectuoso habitual consistiría sólo en un codazo, o en un puñetazo, probablemente nos hubiéramos maravillado de la eficacia con que este nuevo Gran Hermano había logrado someternos, pese a nuestra acendrada y proclamada vocación democrática y humanista.

Pandemia.

Por supuesto, a esos análisis de hace 365 les hubiera faltado un dato central: el concepto de la pandemia. Una realidad con la que ninguna persona viva en todo el mundo había tenido que lidiar antes, por lo que no había experiencia cercana al respecto. Ni siquiera la voz de nuestros abuelos. De hecho, para revisar situaciones semejantes, lo más cercano sería la Gripe Española de 1918, hace casi exactamente un siglo atrás.
Es un hecho global extraordinario, que plantea una obvia oportunidad para el análisis, para barajar y dar las cartas de nuevo, para verificar nuestro lugar como individuos y como humanidad.
Desde esa perspectiva, desde luego, las restricciones a la libertad individual y a la propia naturaleza humana (hasta mamífera) implicada en el mero contacto físico, ya no pueden ser vistas como una imposición de algún poder siniestro, más o menos sutil o tecnológico. Muy por el contrario, y por paradójico que pueda parecer, nuestro aislamiento, nuestra abstención del contacto físico, del calor del rebaño, lejos de ser privaciones impuestas y dolorosas, son por el contrario actos del amor más elevado hacia nuestros semejantes, los más próximos y los más vulnerables.
De modo que la hazaña de haber sobrevivido -que no es poca- no estaría completa sin haberle sacado el mayor provecho posible a la experiencia. Hemos vivido -estamos viviendo- un momento singular, significativo para toda al humanidad. ¿Y cuál ha sido nuestro rol en estos tiempos? ¿Cuál la enseñanza que hemos aprehendido? ¿Qué contestaremos cuando nuestros nietos nos pregunten qué hicimos durante la pandemia?

Especie.

Desde luego, están los trabajadores de la salud y demás servicios esenciales, a quienes no hace falta recordarles la importancia de su esfuerzo y su vocación de servicio. Merecidamente son los primeros que vamos a proteger en las campañas de vacunación.
Pero el resto, los que no tuvimos ese rol heroico -aunque el confinamiento consciente no deja de ser una pequeña hazaña en la lucha contra la pandemia- ¿qué hemos aportado?
Probablemente lo más importante que pueda rescatarse de todo este dolor, es la evidencia incontrastable de que todos los humanos somos una misma especie, intrínsecamente iguales ante la amenaza que plantean los virus. Y que consecuentemente es necesario que nuestro pensamiento incluya también esa dimensión.
Desde luego, no es éste el pensamiento dominante en las elites económicas y en los grandes medios de comunicación. Como ya se ha escrito en estas páginas reiteradamente, el sistema actualmente vigente proclama el individualismo como único enfoque intelectual posible: una suerte de darwinismo social en el que sólo tendrían valor los méritos y los logros de cada persona. Este mecanismo es el que hoy permite que la enorme cantidad de desplazados por el sistema injusto de distribución de la renta, sientan lo vivido como un fracaso personal y no como una injusticia intrínseca en el sistema. Individuos que, como dijo algún filósofo recientemente, en lugar de rebelarse, se deprimen.
Pues bien, el error y la perversión básica de ese enfoque está a la vista de todos. Ningún análisis honesto puede negarlo. Y eso, ya, es un buen motivo para el optimismo al encarar, juntos, los tiempos por venir.

PETRONIO