Los precios y lo que se deja ver si bien se mira

Señor Director:
La reciente devaluación del dólar produjo lo habitual desde hace décadas en nuestro país: el salto de los precios y la reacción del gobierno: un intento por fijar precios máximos o lograr acuerdos para no exceder ciertos márgenes.
Recuerdo cuánto llamó mi atención cuando oí que alguien decía: “No tan claro que se le vean los sesos”. Este dicho se puede escuchar cuando alguien muestra o insinúa más de lo que es conveniente por un motivo que es de interés no menear o sugiere más de lo que corresponde al caso. Lo recordé también al leer uno de los últimos versos de Gelman, en los que habla de su esqueleto (próximo a liberarse de lo que lo cubre y oculta). Ahora me vuelve a mientes al seguir el desarrollo del programa de Precios Cuidados.
Lo que ha transparentado este caso es el esqueleto de una estructura en cuyos extremos están los productores y los consumidores y que da lugar a una cadena de intermediación que incluye al comercio, pero no solamente a éste. En algunos tramos de esta estructura se insertan de manera permanente u ocasional otros intermediarios que no siendo ni productores ni consumidores han operado de tal modo que pueden quedarse con el santo y la limosna.
Estos intermediarios han derivado hasta constituir el capital financiero, que hoy produce el notorio fenómeno de los ricos muy ricos, inmensamente ricos, tanto que los más notorios de ellos se convierten en suertes de estrellas del espectáculo del mundo, admirados por no pocos de los productores y los consumidores, que son los que los hospedan y los nutren. Los ricos de “antes” (de un antes nada lejano) eran los dueños de campo con vacas y cereales, los que habían desarrollado alguna línea industrial y los comerciantes mayores de cada pueblo. Hoy han sido eclipsados (si no suprimidos) por los que poseen el capital financiero, la mayoría de los cuales ni siquiera son individuos reconocidos, ya porque les hace bien el anonimato, ya porque el mecanismo de las finanzas en el mundo globalizado los torna prescindibles o intercambiables. Son gerentes o ceos. Y la cohorte de aprovechadores de la ocasión.
El programa de control de precios actual tiene un nombre que puede ser una clave. Habla de Precios Cuidados. ¿Quién cuida? ¿Quién es el cuidador? La respuesta lógica diría que deben serlo el productor y el consumidor. Pero, el productor ha comenzado a quedar atrapado por la estructura de la intermediación. De hecho, en el medio rural tiende a predominar el arriendo del predio por su dueño o su acuerdo con empresas que se encargan de sembrar, cosechar y que tienden también a hacerse cargo de la comercialización. Quien no sale de su papel en el esquema predominante es el consumidor. Es más, el esquema predominante viene actuando sobre él para convertirlo en consumidor ansioso y pasivo. La propaganda (que maneja el capital financiero) le dice qué debe consumir: le genera la “necesidad”. Ésta es una necesidad adventicia. Se instala sobre la necesidad real, no pocas veces con sacrificio de ésta puesto que se llega a postergar lo que hace falta para tener o dar (a alguien de la familia) “lo que uno no tuvo”. Como el viaje a Disney World, de Orlando, a los 15. Algunos sociólogos vienen estudiando este rasgo de las clases medias. El argentino Oscar Landi anotó que las clases medias no serían solamente criaturas o víctimas de maniobras de vaciamiento político, sino que han desarrollado una “cultura” que las predispone a la obsesión por el dólar y por adaptarse al “modelo” propio de los países y las personas que están en el candelero. Así, pues, algunos analistas actuales (Eduardo Aliverti, unos días atrás) llegan a decir que es en vano esperar que el consumidor se erija en un controlador o cuidador de los precios. El consumidor, pues, sería el “gigante dormido”, de cuyo despertar dependería la posibilidad de que recupere el papel activo que demanda la democracia.
Atentamente:
JOTAVE