Lugares de un culto que acredita extensa historia

Señor Director:
Una nota publicada el jueves 3 destacó la concurrencia al templo católico de San José. Una asistencia muy superior a la de la población actual de la que fue una de la media docena de colonias donde se asentaron los llamados Alemanes del Volga entre 1910 y 1921.
Se dio cuenta en la nota que población actual de San José es de treinta personas, pero en la fiesta patronal más reciente se pudo contar a unas cinco mil.
Esta historia ha sido contada, pero creo que hay un motivo actual que aconseja relatarla, aparte de que es conveniente que la colectividad pampeana tenga actualizada la memoria de su propia formación. El motivo actual que menciono es la migración de población en el mar Mediterráneo, expulsada por el estado de guerra permanente y por los efectos de la era colonial y otros antecedentes que desarticularon culturas cohesionadas por creencias religiosas y por largas residencias en una tierra que llegaron a considerar propia. Hay quienes se preguntan cómo puede ser esto, pero lo cierto es que en la historia de la humanidad “esto” ha sido un fenómeno repetido y ha tenido siempre expresiones sumamente crueles, ya por las circunstancias de esos traslados, ya porque la cometían quienes expulsaban a las poblaciones para adueñarse de la tierra o para imponer creencias vividas como excluyentes.
La historia más conocida es la de los hebreos, unas de las tribus semíticas del desierto, donde vivían básicamente de una ganadería elemental y luchaban entre sí o con gentes de otras etnias. Hubo más de una diáspora (diseminación) judía, hasta la que consumaron los romanos con Tito y otros, ante la decisión con que los hebreos defendían su tierra y sus creencias. Howard Fast ha relatado en tono épico esa lucha en Mis gloriosos hermanos. Otros pueblos forzados a dispersarse y a ser aniquilados no han tenido quien cuente su historia. El retorno de los judíos (algunos de ellos) demoró 2000 años (Estado de Israel, 1958).
Los que llamamos inicialmente “ruso alemanes” o simplemente “rusos” tuvieron su origen en una migración multitudinaria que realizaron espontáneamente hacia la inmensidad territorial de Rusia, para establecerse en colonias del bajo Volga y también cercanas al Mar Negro. Se instalaron allí originariamente invitados por una alemana, Catalina, que había llegado a ser zarina. Miles de alemanes de varias regiones de esta nación (entonces todavía no cohesionada) se pusieron en marcha hacia las estepas rusas. Huían de las guerras continuas entre ducados germanos (guerras de los Treinta Años y de los Siete Años). La migración se desarrolló durante todo un siglo, durante el cual cada grupo alemán conservó su religión (católicos o luteranos), así como su lengua, sus escuelas y autonomía para gobernarse hasta comienzos del siglo XX. Entonces el régimen ruso acreció un hostigamiento que siempre existió, porque por entonces se comenzaba a configurar lo que llegaría a ser la invasión de los ejércitos de Hitler, es decir, el recelo ruso con respecto al creciente poder alemán, que limitaba su expansión hacia occidente. Ayudados desde Alemania, esos colonos empezaron a emigrar, primero los luteranos (evangélicos) hacia Estados Unidos y Canadá, luego los católicos hacia Brasil, Argentina, Chile y Uruguay.
La colonia San José se sostuvo hasta que se hicieron sentir los efectos de la gran sequía de los años treinta, que forzó a una reestructuración del sistema de explotación y de las medidas de los campos de labor. Un gran número de las colonias próximas a Colonia Barón se trasladó a Santa Rosa y el núcleo mayor (gente laboriosa e industriosa) pobló un sector de Villa Alonso que llegó a ser nombrado Villa Moscú. El retorno periódico a San José revela el poder de cohesión colectiva que tienen las creencias y la relación con una tierra. Y configura la verdad de una humanidad que tarda tanto en reintegrarse.
Atentamente:
JOTAVE