domingo, 22 septiembre 2019
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Macri no es Pugliese

El primer día de las medidas de control de cambios y retorno a la obligación de los exportadores de liquidar divisas le dio alivio al recalentado mercado del dólares en la Argentina. El gobierno tomó la medida el domingo y la publicó ese mismo día en el boletín oficial. Los memoriosos de la historia argentina no recuerdan nada igual en décadas y menos con un presidente como Macri que ha hecho de los fines de semana una excusa casi religiosa de dedicarse al ocio. Esta religión del ocio es, en Macri, una característica de la clase social a la que pertenece y lo ha llevado a ser el presidente que más días se ha tomado de vacaciones en la historia de la democracia argentina. Por eso, que haya trabajado ese día en el DNU (que le hizo firmar hasta al último de los integrantes de su gabinete) indica lo atípico de su comportamiento y la situación límite a la que se vio enfrentado por su propia incapacidad.
El efecto de las medidas domingueras -medidas que se empeñaba en desdeñar- sobre el mercado cambiario fue inmediato: la moneda norteamericana se derrumbó en la jornada casi un diez por ciento. Le dio la razón así a quienes venían advirtiendo que ese control debió haberse adoptado mucho antes porque la política de endeudamiento en condiciones de liberación de controles de divisas sólo alentaba capitales especulativos y sumergía día a día la economía real argentina. La pregunta que vale formularse es ¿por qué el gobierno no las tomó antes? Una de las explicaciones que se han escuchado es que los «límites ideológicos» del macrismo se lo impidió. Pero esta explicación peca de ingenua porque pondría a Macri y a su equipo de CEOs, en la línea de la candorosa explicación de un ministro de Economía de Alfonsín que, en plena corrida de 1989, luego del a elección que perdiera el radicalismo, admitió que el fracaso de su política cambiaria había sido hablarle «con el corazón» a los mercados que le respondieron «con el bolsillo». (Valdría preguntarse también, aunque la respuesta daría para un seminario de sicología económica, si hay límites ideológicos en «el mejor equipo de los últimos 50 años» cuya única ideología es la maximización de las ganancias personales, de sus empresas y de sus grupo aliados).
La diferencia de Macri con Pugliese es que ni siquiera les habló a los mercados. Cuando habló luego de la esperable catástrofe electoral que él y los suyos se empecinaban en ignorar, Macri le echó la culpa de los problemas que afrontaría la economía a los votantes, esto es, a la democracia, al soberano. Fueron esas palabras en una economía con la cuenta capital abierta y sin controles la que provocó las dos semanas de furia cambiaria e inflacionaria.
En esas dos semanas de inacción los amigos del poder pasaron sus activos a dólares y los sacaron del país. En dos semanas se perdieron 12.100 millones de dólares y en los tres años y medio de su gobierno fueron 70.000 millones con una deuda que es casi un PBI completo.
Que haya terminado su gobierno con cepo cambiario, corralito a los Fondos Comunes de Inversión y controles de cambio, medidas que siempre subestimó por «populistas», son la muestra más clara que su experimento político tenía un preciso objetivo económico: saquear la economía. No contaba con que un urnazo electoral lo obligaría a hacerse cargo del estallido.