Macri, Temer y Cartes vetan a Venezuela y bloquean al Mercosur

CARACAS ASUMIO LA PRESIDENCIA PRO-TEMPORE DE LA ENTIDAD

Siguiendo con su sistema rotativo por orden alfabético, Venezuela asumió el 29 de julio la presidencia pro-témpore del Mercosur. Sin embargo, los presidentes de Argentina, Brasil y Paraguay no la reconocen. Afectan a Caracas, bloquean el Mercosur y sirven a EE.UU.
EMILIO MARIN
El derecho de Venezuela a ocupar la presidencia rotativa del Mercosur era claro. Lamentablemente la oposición de tres de los socios también era evidente porque en junio y julio pasado había habido declaraciones y maniobras en tal sentido.
Al final la colisión se produjo. Uruguay, que ocupaba ese lugar desde fines de diciembre pasado, consideró que su mandato había expirado y el 29 de julio su presidente Tabaré Vázquez así lo hizo saber. La misma comunicación extendió su canciller Rodolfo Nin Novoa, que había tratado sin éxito de habilitar el traspaso de la presidencia a Venezuela, lidiando con el bloqueo de las cancillerías de Argentina, Brasil y Paraguay.
Nin Novoa sintió que la cosa no daba para más cuando esos colegas se negaron a asistir a una reunión el 30 de julio en Montevideo. El trío más afín a Washington lo dejó solo, para no convalidar el traspaso a Caracas. El gobierno uruguayo, nobleza obliga, fue el único de los socios plenos que insistió en que la presidencia debía ser para el Palacio de Miraflores donde mora Nicolás Maduro. Ante el boicot a la reunión montevideana, el gobierno charrúa puso punto final a su mandato.
Llegado a ese extremo, el gobierno venezolano decidió asumir el lugar que le correspondía. Y emitió un comunicado donde decía: “Tenemos a bien informar que, a partir del día de hoy, la República Bolivariana de Venezuela asumirá con beneplácito el ejercicio de la Presidencia Pro Témpore del Mercosur, con fundamento en el artículo 12 del Tratado de Asunción y en correspondencia con el artículo 5 del Protocolo de Ouro Preto”. Las referencias protocolares hacen alusión a que la rotación se realiza cuando hayan transcurrido los seis meses de la presidencia anterior y quien venga a ocuparla lo haga por orden alfabético. Vázquez había asumido en diciembre de 2015 de manos del paraguayo Horacio Cartes, en Asunción. Y su período expiraba el 1 de julio de 2016. Después de la “U” de Uruguay, viene la “V” de Venezuela. Más claro, echarle agua…
El problema no es de procedimientos, aunque ahora la canciller argentina Susana Malcorra quiera impugnar el traspaso a Venezuela diciendo que no hubo consenso ni acto. Ella misma causó esa carencia, con sus colegas José Serra (Brasil) y Eladio Loizaga (Paraguay).
El asunto es político hasta la médula. Los que vetan a Venezuela son aliados de Estados Unidos y colaboran en la campaña emprendida por el imperio para tratar de derrocar al gobierno de Hugo Chávez y desde 2013 al de Maduro. En lo coyuntural, ese terceto venía de fracasar en la OEA en sus mociones sancionatorias contra el gobierno bolivariano, al que acusaron de comportarse como una dictadura y violar los derechos humanos. En la pasada Asamblea General no tuvieron éxito, pese a que habían logrado poner al frente de la moción al secretario general de la entidad, el uruguayo Luis Almagro.
En esa ocasión la que más procuró sancionar a Caracas fue la representación de Paraguay, aunque se sabía que -en la semi-penumbra- quienes movían esos hilos eran Itamaraty y el Palacio San Martín.

Los culpables.
Como suele suceder en los conflictos políticos, cada parte atribuye a la otra la culpabilidad. Malcorra, Serra y Loizaga están furiosos con Nin Novoa por haber anunciado el final del mandato uruguayo y no haber aceptado prolongarlo hasta agosto o septiembre, como aquellos pedían, al aguardo de una mejor oportunidad. Suponen que el gobierno de Maduro entrará en crisis en ese lapso y podrían argumentar mejor la negativa a tolerarlo al frente del mercado común.
Y la cancillería uruguaya dijo que hizo lo correcto: su mandato había expirado y había un país con credenciales constitucionales listo a ocupar su lugar.
El lector podría preguntarse, ¿si Argentina, Brasil y Paraguay detestaban tanto a Venezuela, por qué permitieron su ingreso al bloque? La respuesta es simple. Venezuela obtuvo su justa membresía en 2012, cuando Argentina era gobernada por Cristina Fernández de Kirchner y Brasil por Dilma Rousseff, en tanto Paraguay estaba suspendido en castigo por el golpe de Estado parlamentario que había consumado contra el presidente Fernando Lugo.
En esas condiciones excepcionales, con más el apoyo del uruguayo José Mujica, fue que Chávez, en el tramo final de su vida, pudo ver realizado el sueño integracionista de sumarse al Mercosur.
Como es obvio, varias de esas circunstancias han cambiado dramáticamente. Con Macri por la vía electoral, con Temer por la golpista y con Cartes por elecciones organizadas por un gobierno golpista, ese trípode del Mercosur se volvió anti-Venezuela al punto de irrespetar los reglamentos.
Es muy posible que a Bolivia le vaya más o menos parecido. En la cumbre de Brasilia, en julio de 2015, Evo Morales logró que los demás presidentes firmaran el protocolo de incorporación de La Paz al Mercosur, del que era asociado. Pasó así a ser miembro pleno, pero su trámite de incorporación -que iba a estar completado a fines de ese año o principios de 2016- sigue inconcluso.
Como además de su afinidad política con Venezuela, Bolivia saludó su asunción de la presidencia pro-témpore del 30 de julio como un hecho muy auspicioso, es probable que como castigo los pesos pesados del club le demoren más la entrega del carné.
Se trata de un mercado importante, que nació en 1991 como una zona libre de aranceles entre los socios, pero que fue adquiriendo cualidades de integración al compás de los tiempos tercermundistas que empezaron a vivirse tras la derrota del ALCA en 2005. Lo integran Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, con Bolivia en la condición descripta, y Guyana, Surinam, Ecuador, Perú, Colombia y Chile como asociados e invitados.

¿Al muere?
Atendiendo a sus números, como bloque económico el Mercosur es la quinta economía del mundo y representa más del 70 por ciento de la población (unos 290 millones de habitantes) y del producto bruto interno (PBI) de América Latina.
Cuando nació, veinticuatro años atrás, su intercambio comercial era de sólo 5.100 millones de dólares y se multiplicó por diez hasta 58.200 millones en 2012. Si en los últimos dos años bajó ello fue consecuencia de las crisis económicas a nivel internacional y en particular del socio mayoritario, Brasil.
Más aún, con las presidencias de Macri y Temer los dos países más significativos ya dan muestras de recesión, retroceso interno y en el intercambio con los socios. Esos malos resultados, que pueden ser aún peores en lo que resta de 2016, no debe imputarse a la mala calidad mercosuriana sino a las políticas de ajuste y neoliberales de este momento. Parecen volver a sus fuentes, como cuando en 1991 el titular del Mercosur era Carlos S. Menem, en el Planalto estaba Fernando Collor de Mello y en Asunción el golpista general Andrés Rodríguez, consuegro del dictador Alfredo Stroessner.
Los problemas económicos y comerciales del Mercosur tienen dos soluciones posibles muy diferentes.
Una sería retomar la integración latinoamericana, con defensa de los recursos de la región, planes para un desarrollo industrial que supere los modelos extractivistas, un Banco del Sur planteado oportunamente por Rafael Correa y alianzas con el Brics, fundamentalmente China y Rusia. Un modelo regional de esta índole buscaría en el plano político afianzar las autonomías ganadas desde que en noviembre de 2005 en Mar del Plata varios presidentes lograron sepultar el proyecto de George Bush.
Claramente no es eso lo que piensan Macri, Temer y Cartes. Su libreto es acoplar el Mercosur con la Alianza del Pacífico, donde se dan la mano Chile, Perú, Colombia y México, socios privilegiados de EE.UU.
El terceto que hoy bloquea a Venezuela en el Mercosur quiere retomar las negociaciones para firmar un acuerdo con la Unión Europea, que desde 2004 hasta 2010 estuvieron interrumpidas y desde entonces hasta hoy no lograron prosperar por las condiciones leoninas pretendidas por Bruselas. Macri y Temer creen que la negociación llegará a buen puerto y se abrirán aquellos mercados para sus productos y lloverán inversiones por miles de millones de dólares.
Argentina, Brasil y Paraguay tienen ilusiones en ir de la mano de la Casa Blanca al Tratado Tras Pacífico (TPP) con los socios de Washington en aquella región asiática, sin importarles que eso suponga embarcarse en un plan contra Beijing, con todos los riesgos que eso supone.
Ese programa, en lo que a Macri se refiere, está a la vista. Recibió como un héroe a Obama en marzo y hoy se reúne con John Kerry; fue a la reunión de la Alianza del Pacífico el 1 de julio en Punta Varas y abrazó en la Casa Rosada a Peña Nieto como si fuera un gran demócrata, amén de ir a París, Bruselas, Berlín e Idaho, y cumplir con su ritual los CEO de Davos.
Para los popes del neoliberalismo, Venezuela es una espina atravesada en su plan de reubicarse como socios menores de los imperios estadounidense y europeo. Y es tal su odio a Caracas que son capaces de romper el Mercosur o bien mandarlo al freezer, con tal de no lidiar con Maduro y tener las manos libres para aplicar una política tan poco soberana.

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