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Marihuana y reuniones

La presencia de la marihuana entre nosotros no es nueva. Al menos cuarenta años atrás ya figuraba en las crónicas policiales, a veces con las condiciones de remedio que ahora se le reconoce. En la actualidad, con la enorme difusión que han tenido las drogas en todo el mundo (de las cuales se acepta que la marihuana es una de las menos perjudiciales) el consumo en La Pampa se ha multiplicado, al punto de ser una actividad cotidiana.
Sin embargo lo singular del tema es que paralelamente ha surgido una suerte de mercado negro de la droga, con características especiales y que tiende hacia la violencia. Una reciente edición de este diario da cuenta detallada de la circunstancia evidenciando, también, el aspecto económico del tema, usado para justificar el robo de las plantas, ya sea para el consumo personal o el llamado «robo hormiga».
Es que sea que medie el consumo personal o la venta a quienes la requieran, la sustracción, sea por parte del ladrón o del perjudicado, genera violencia, escasa a veces pero otras de un cariz que, como informa la nota aludida, es francamente peligroso por la forma y las armas empleadas. Resulta obvio decir que, cualquiera sea el objeto a nadie le gusta que le roben.
Mercado, actitud y forma dan lugar a un quehacer -digamos-no habitual para las autoridades, máxime que deben moverse cuidadosamente entre las diversas razones que suelen haber detrás del latrocinio.
Sobre la pandemia que azota al mundo se han hecho las más diversas consideraciones; desde la que se trata de la llegada de uno de los míticos jinetes del Apocalipsis -de índole netamente religiosa- a las que especulan y razonan respecto a una idea o error salido (escapado más bien) de los laboratorios de guerra, apoyadas en deducciones científicas. Lo que menos se pensó, acaso, fue la interpretación y aplicación que tuvo el virus respecto a la índole política, social o económica de quien lo interpretaba y más allá de la jerarquía de quien lo hacía público.
Así desde la «gripeciña» (una apreciación de los presidentes de Estados Unidos y Brasil, países que ahora pagan terribles consecuencias por esa actitud) hasta la especulación con la cantidad de vacunas a disponer comercialmente o su capacidad de prevención de cura según la orientación ideológica de quien la produce.
Pero más allá de esos detalles, por cierto que importantes, se impone lo insólito de la actitud de las multitudes para con la peste, muy especialmente en lo que hace a la prohibición de reuniones, atendiendo la fácil propagación del virus. Países tenidos por razonables y disciplinados en cuanto a su población, se han visto en los últimos meses saturados de juntas prohibidas en condición y números de personas.
Esa actitud, en algunos casos, aparece como una saturación o cansancio ante tanto tiempo de prevención, caso de España, donde el turismo tiene un importantísimo papel económico pero que ha visto muy resentida esa actividad, al punto de crear problemas laborales de nivel nacional. Lo mismo, con otros encuadres, puede decirse de Francia, Italia o Inglaterra, por nombrar a los más afectados.
Lo malo en lo que a nosotros respecta es que esa actitud de hastío e indiferencia parece haberse trasladado al país, y también a la provincia. Las noticias sobre reuniones clandestinas desbaratadas por la policía son diarias, lo que permite pensar que hay otras que pasan desapercibidas. Quienes participan en ellas no son conscientes de que las prevenciones no son gratuitas y que están tentando, si no a la muerte, al menos a una enfermedad grave que puede afectarlos de por vida y sumar un desembolso muy considerable a las arcas oficiales que obran en pro de controlar la epidemia.
No es la primera vez que esta hoja se refiere al tema pero es innegable que la circunstancia se ha agravado y, al parecer, la indiferencia ha crecido.
La estadística, por más que sea relativa, siempre es elocuente: debe estar muy cerca del millar el número de registrados y asistentes a esas reuniones, sin contar los que se desbandan ante la primera presencia policial.