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Marketing del odio

La violencia discursiva se instaló en la campaña electoral con una fuerte embestida del gobierno nacional contra la principal fuerza opositora. Desde el presidente de la Nación para abajo todos los funcionarios del macrismo se sienten autorizados para la estigmatización o el insulto contra el Frente de Todos pero también contra dirigentes sindicales y sociales.
Hasta el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, habitualmente mesurado, se contagió en este clima bélico y tildó de «kirchneristas» a dirigentes gremiales que «se cagaron a tiros en un frigorífico». Luego se supo que el violento sindicalista aludido es uno de los más cercanos al gobierno, pertenece a las 62 Organizaciones -que supo dirigir otro dirigente filo-macrista, el «Momo» Venegas- y fue invitado por el exministro Triacca a una gira por Europa el año pasado.
Los dirigentes gremiales y el kirchnerismo son los blancos preferidos de funcionarios y hombres de prensa aliados a la hora de disparar con munición gruesa. El periodista Daniel Muchnik se sumó al coro de desbocados al calificar al dirigente bancario Sergio Palazzo de practicar «matonaje» y llegó a decir que «en Estados Unidos se terminó con Hoffa (el sindicalista camionero), matándolo». Aunque después quiso enmendarse, la insinuación ya estaba dicha.
Otros ataques partieron de María Eugenia Vidal y Miguel Angel Pichetto exhumando un macartismo propio de la Guerra Fría contra Axel Kicilloff, o de Elisa Carrió acusando de «adictos» a los miembros de La Cámpora. Hasta el dirigente de Red Solidaria, Juan Carr, de trayectoria intachable, fue acusado de armar una «opereta kirchnerista» por organizar operativos -ante la indolencia oficial- para salvar del frío a los sin techo de la CABA, el distrito más rico del país.
Resulta evidente que no se trata de expresiones aisladas sino de una estrategia dirigida a estigmatizar al adversario político como «enemigo». Es una categoría difusa en la que entran todos los que no se alinean con el gobierno desde posiciones progresistas. El objetivo primordial es el kirchnerismo aunque también figuran gremialistas, dirigentes sociales y todo aquel que profese una mirada crítica de esta gestión.
El macrismo, que llegó al gobierno con el discurso de «unir a los argentinos» y «terminar con la grieta», está haciendo con esa promesa lo mismo que hizo con tantas otras. Bajo la batuta de Jaime Durán Barba y Marcos Peña, está desplegando una belicosa estrategia electoral que no repara en consecuencias. Esta suerte de «marketing del odio» busca fidelizar una porción del electorado -con el apoyo de los grandes medios oficialistas- mediante la exacerbación de un sentimiento negativo, de rechazo a un «enemigo» antes que por simpatía hacia un proyecto político propio.
No deja de ser entendible, es tan poco lo que este gobierno puede mostrar que se ve en la obligación de desviar la atención de las gravosas consecuencias de un programa económico que solo derrama desocupación y pobreza sobre amplias capas sociales. El consultor ecuatoriano recomendó ir por los desencantados con el gobierno apelando al odio y al miedo a la oposición. No es una receta novedosa, fue usada muchas veces en Argentina y el mundo como preludio de regímenes autoritarios. Pero ese alto costo no aparece entre las preocupaciones de los que fogonean estas prácticas tan poco dignas de los que se dicen republicanos.