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Más de un problema en el tránsito santarroseño

La casi saturación de automóviles en la ciudad que indican estadísticas recientes y la serie de accidentes que podría considerarse relacionada con el hecho, ameritan algunas consideraciones.
En principio, la velocidad: no es posible que dentro de un radio urbano que prescribe cuarenta kilómetros por hora como velocidad máxima, circulen vehículos que en algunos tramos la duplican. En ese aspecto, la Avenida de Circunvalación es emblemática. Vecinos, muy preocupados por el tema, se tomaron el trabajo de medir cuidadosamente la velocidad de algunos vehículos de trasporte pesado: el resultado asusta: más de cien kilómetros horarios, y esto para camiones cuya masa a esa velocidad los inhibe de un frenado instantáneo. Curiosamente, la principal causa de actitud tan irresponsable suele radicar en los semáforos, ya que aceleran para alcanzar la secuela en luz verde. Posiblemente -vecino dixit-el agregado de otras señales similares intermedias obligaría a un tránsito más racional.
Aunque han mejorado su actitud a fuerza de correctivos, los automovilistas también contribuyen con actitudes punibles y riesgosas. Una de ellas es el desdén por parte de muchos de la prioridad en la circulación que tienen las rotondas. En la ciudad la problemática, y el riesgo, se ven incrementados en la entrada este por la cercanía con establecimientos educativos. Por la misma sobreabundancia vehicular, el estacionamiento se vuelve altamente problemático, especialmente si, como ocurre muy a menudo, cualquier vehículo comercial descarga fuera de los horarios determinados. Grandes camiones transitando el centro santarroseño no suelen ser un espectáculo extraño.
En lo que hace a las motocicletas, la mejora parece haber sido notable, más allá de los transgresores de siempre que circulan en condiciones indebidas o, directamente, sin papeles. Las motos son muy a menudo instrumentos de trabajo y sus conductores las cuidan como tales. Resulta notorio -y positivo-que el uso de casco se haya generalizado entre los conductores.
Con pertenecer a la, digamos, categoría más débil de los vehículos, las bicicletas contribuyen a aumentar su propio riesgo. No solamente suelen circular indebidamente por el carril más veloz o a contramano, sino que es frecuente que, debido a su menor consistencia y ubicación, ignoren olímpicamente los semáforos creando situaciones de riesgo para quienes avanzan con luz verde.
Finalmente, pero no menos importante, debe considerarse el transeúnte, casi completamente desprotegido en una ciudad donde los semáforos parecen haber sido colocados solamente para el tránsito vehicular. A los escasos que marcan el tiempo al peatón para los cruces, urge agregar otros en sitios potencialmente peligrosos. Un ejemplo es el sitio sobre la Circunvalación Este, donde se ha instalado un supermercado hace poco tiempo. Como ambas márgenes de la avenida están separadas por el absurdo muro que la divide, el público concurrente al negocio, que es mucho, opta por pasar por encima de la pared creando un altísimo riesgo potencial por el muy nutrido tránsito del área.
La corrección de estas anomalías posiblemente reclame una actitud distinta por parte de las autoridades municipales. Por ejemplo, agregar a los operativos sobre documentación y alcoholemia, de por sí elogiables, ser algo más vigilantes y estrictos en cuanto a las velocidades dentro de la población que, como ya señaláramos, suelen ser muy peligrosas. Consecuentemente, notificar a los transgresores de la falta cometida. Son numerosas las quejas de ciudadanos que niegan multas que les son atribuidas sin comprobante alguno que los notificara en el momento o les quedara constancia de la falta; simplemente se enteraron del posible cargo cuando hicieron alguna otra gestión relativa a su automotor.
Es necesario señalar que aquellas faltas, que se vuelven dudosas precisamente por falta de notificación en su momento, suelen llevar más de un año sin que se avise al interesado.