Más vale crecer que multiplicarse

DOMINICALES

Ya está bastante establecido a nivel científico que no existe “la inteligencia” en singular, sino varios tipos distintos de inteligencia. Está comprobado, por ejemplo, que se puede ser gran maestro internacional en ajedrez, y carecer de las más mínimas capacidades de interacción social. O es posible carecer de habilidades básicas de lectoescritura, y sin embargo llegar a presidente. Inteligentes somos todos, pero de diferente manera.

Emoticón.
La buena noticia es que estas capacidades pueden detectarse tempranamente, y que existen métodos de aprendizaje cuando alguna de ellas flaquea.
Acaso la más esquiva sea la inteligencia emocional, que consiste básicamente en saber reconocer y canalizar las emociones, poniéndolas al servicio de nuestros objetivos personales y de mejorar nuestras relaciones. Hay personas que nunca adquieren esta habilidad, y andan por la vida como niños eternos, incapaces de contener su narcisismo, sus exabruptos y sus apetitos exagerados. Lo cual tampoco les impide llegar a presidentes.
Acaso parte del problema con ese monstruo desbocado que es el fútbol argentino, sea la falta de inteligencia emocional de quienes se involucran en ese mundillo, particularmente los llamados “hinchas” que terminan siendo las principales víctimas de todo el desaguisado.

Impúberes.
La mayoría de los argentinos, casi por ósmosis, optamos por algún equipo de fútbol en la más tierna infancia. A veces por influencia paterna, otras veces por la de los pares, y en muchas ocasiones (créase o no) previa constatación de cuál es el club más exitoso del momento. Esos niños argentinos demuestran así, un muy precoz espíritu acomodaticio.
El problema es que en la enorme mayoría de los casos, esos sentimientos infantiles que se forjan alrededor de una adhesión futbolística (el sentido de pertenencia, el ansia de ganar en todo, la propensión a la crueldad para con el oponente) nunca maduran. Personas perfectamente adultas, que de lunes a viernes dictan cátedras universitarias o trafican con acciones en la Bolsa, abandonan toda compostura cuando llega el fin de semana e ingresan a una cancha de fútbol. O cuando miran un partido por TV.
Pocos espectáculos más graciosamente patéticos que el de un hincha fanático en el living de su casa, gritándole a los jugadores -o al árbitro, o a la progenitora de éste- cuando está comprobado que la TV no lo escucha. Hay un video viral de hace unos años, de un señor mayor que alcanzó la celebridad sólo por haber sido filmado mientras desplegaba esta conducta energúmena.
Sólo puede decirse en su favor que también mucha gente va a las iglesias a dialogar con estatuas de yeso y otros materiales intertes, sin que existan registros confiables de que ese diálogo alguna vez haya sido correspondido.

Hamelin.
Si los simpatizantes de fútbol se comportan -individual y colectivamente- en forma pueril, no es de extrañar entonces que suelan ser fácilmente manipulados y explotados como en el cuento del flautista de Hamelin.
Véase por ejemplo el vil comercio de las camisetas de fútbol, fetiche y símbolo de la pasión por el club: Desde hace unos años, esas remeras ostentan carteles de publicidad por todos lados, y si el hincha quiere comprarse la versión “oficial”, necesariamente adquirirá una con toda esa carga mercantil. Vale decir, que además de pagar el exorbitante precio al que se venden esos chiches, andará por ahí haciendo propaganda gratuita a los espónsores del club, que para colmo suelen cambiar todo el tiempo, volviendo obsoletas las camisetas de años anteriores. Hay muchos adjetivos aptos para calificar esta conducta. “Inteligente” no es uno de ellos.
La explotación continúa a la hora de la venta, reventa y recontraventa de entradas. Y a la hora de lidiar con esa colosal mafia que son las llamadas “barrabravas”, delincuentes de baja y mediana estofa que encima prestan sus servicios también a políticos, sindicalistas y narcotraficantes (profesiones éstas que por cierto no son excluyentes). Así es como algunas dirigencias deportivas hacen metástasis en los órganos del Estado.
Como está claro, los barrabravas no sólo promueven la violencia en los espectáculos, sino que directamente los arruinan y hasta logran impedirlos. El fin de semana pasado hubo decenas de miles de personas que, tras pagar precios siderales por sus entradas, debieron esperar horas y horas al rayo del sol, sin que nadie les informe nada, hasta enterarse que la supuesta “final de todos los tiempos” se había cancelado por disturbios. Hasta la Inquisición trataba mejor a sus clientes.
La gran pregunta es: ¿Qué pasaría si los hinchas maduraran, se organizaran y reclamaran sus derechos?

PETRONIO