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Masacre, no enfrentamiento

La sangre vuelve a correr en Tierra Santa. La región donde se originaran tres grandes religiones se ve otra vez sacudida por la violencia política.
El Estado de Israel, surgido de acuerdos internacionales al término de la Segunda Guerra Mundial, barrió con las posturas pacifistas que supieran proclamar sus impulsores. En verdad nunca se conformó con la porción territorial que le adjudicara la ONU y no cesó de avanzar sobre regiones vecinas. Antes y después de la partición de Palestina organizaciones sionistas armadas, previas a la formación del ejército oficial, arrasaron centenares de aldeas palestinas, asesinando y expulsando a los habitantes originarios del territorio que tuvieron que confinarse como refugiados en Siria y Jordania. Ese comienzo de violencia étnica marcó al Estado de Israel hasta nuestros días al punto que Human Rights Watch acaba de denunciar en un informe presentado semanas atrás -y publicado el sábado último por este diario- que Israel practica el apartheid, considerado un crimen de lesa humanidad, contra los palestinos.
La última escalada de violencia fue iniciada por los israelíes, cuya policía reprimió violentamente a palestinos que intentaban participar de una ceremonia religiosa en un lugar sagrado. Al mismo tiempo se intensificaban las expulsiones de palestinos de Jerusalén oriental, que fue anexada en forma inconsulta por Israel y declarada su capital, en abierto desafío a la Resolución 181 de la ONU que la declaró como «ciudad bajo control internacional» por su gran importancia para las tres religiones monoteístas.
Los grandes medios occidentales ocultaron estos hechos y hablaron de un «ataque» con cohetes artesanales desde la Franja de Gaza para justificar luego la «respuesta» de Israel y su derecho a «defenderse». Esta manipulación informativa tiene como objetivo blindar de críticas a Israel e imputar a los palestinos la responsabilidad por la violencia desatada. La férrea alianza entre Israel y Estados Unidos le permite además invadir territorio palestino, construir colonias en las tierras usurpadas, continuar destruyendo viviendas palestinas y cometer todo tipo de violaciones a los derechos humanos con absoluta impunidad.
La diferencia de poderío bélico es abismal y se advierte permanentemente. Las bajas de uno y otro bando son incomparables. Por cada israelí muerto caen diez, quince o veinte palestinos, niños incluidos. Los bombardeos israelíes con misiles y aviones ultramodernos destruyen viviendas, escuelas, hospitales y, ahora, un edificio donde funcionaban agencias periodísticas. Pero ninguna condena recae sobre Israel porque EEUU obstaculiza todo intento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ni hablar de bloqueos o sanciones económicas. Si hasta se le permite a Israel poseer un gigantesco arsenal nuclear, algo que Europa y EEUU le impiden desarrollar a muchos otros países como Irán.
La invasión y colonización que sufren los palestinos en pleno siglo XXI es la mayor injusticia infligida contra un pueblo por parte de otro en nuestros días. A la vista de todos y con la protección de las potencias occidentales, que hipócritamente elevan tibias quejas pero dejan hacer.