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Mendoza: quien siembra vientos…

En una reciente entrevista publicada por este diario el presidente de una de las entidades de defensa de nuestros recursos hídricos -la Fundación Chadileuvú- no ahorró energía para referirse a la actitud mendocina en relación con nuestra provincia: «La única política de Mendoza en el río Atuel con respecto a La Pampa -afirmó-, es la política de hacer un manejo del agua para que no llegue» a nuestro territorio. Semejante idea ya estaba en la apreciación de muchos técnicos y dirigentes políticos, pero nunca había sido expresada en forma tan categórica como hasta ahora.
La afirmación no es gratuita y está basada tanto en referencias históricas como en hechos presentes. Debe recordarse que hubo años hidrológicos muy ricos en la cuenca del Atuel, pero el gobierno mendocino, con el fin de respaldar su postura de negar la condición interprovincial del río, no dudó en derivar caudales sobrantes hacia antiguos cañadones o paleocauces que se orientan hacia el Salado-Chadileuvú. El propósito evidente era que esos volúmenes significativos de agua no llegaran a nuestra provincia, pretextando causas naturales.
Hay otro hecho de importancia no menor: Mendoza nunca avisó a La Pampa cuando, obligada por los excesos de caudales, debía soltar agua; impidió así que aquí se pudieran adoptar con tiempo medidas preventivas con los pobladores de la zona. Pero la frutilla del postre de semejante obstinación fue aquella inicial Comisión Interprovincial del Atuel Inferior (CIAI) que nunca, en casi veinte años, produjo el mínimo acuerdo pese a que contaba con el aval de la Corte Suprema de Justicia.
Lo más escandaloso del caso es que actualmente, mediando ya una sentencia definitiva de la CSJ que ordena la entrega inmediata de agua, el Departamento de Irrigación mendocino anticipa que el presente es un «año pobre» para el río; otra excusa plantada para no compartir el agua de un río interprovincial.
Dos circunstancias -sin considerar la eterna mala voluntad- avalan la sospecha en nuestra provincia sobre esa afirmación: por un lado, y tal como lo señalara el dirigente de la Fuchad y miembro de la nueva Comisión Interprovincial del Atuel creada a instancias de la Corte, «ni siquiera hemos logrado saber todavía cuántas hectáreas tienen bajo riego con el agua del río». Por el otro, en el mes de agosto pasado las nevadas sobre el área cordillerana fueron muy abundantes, tanto que el empobrecido río Colorado aumentó extraordinariamente su caudal con el deshielo. Las nacientes del Colorado y el Atuel distan alrededor de un centenar y medio de kilómetros, un tramo corto ante un fenómeno climático de semejante magnitud. ¿Cómo es posible entonces que en una cuenca se amplíen tan notablemente los escurrimientos y en la vecina se pronostiquen «caudales pobres»? No olvidemos que el frente de nevadas se extendió desde San Juan hasta Chubut, por lo que una interrupción abrupta en la cuenca del Atuel resulta, cuanto menos, absurda.
Es posible que el planteo de estas dudas y sospechas molesten a las autoridades mendocinas, pero ellas surgen que de la irreductible actitud egoísta y arbitraria que mantuvo la provincia vecina durante más de setenta años. Quien siembra vientos…