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Menos agua en las cuencas fluviales

I. Las recientes noticias relativas al estado de los glaciares en la cordillera de los Andes son realmente impresionantes: esos cuerpos de hielo que abastecen de agua los ríos cuyanos han disminuido sus volúmenes en porcentajes muy altos, con la consecuente merma en el caudal de los cursos fluviales. En Mendoza se estima que «la disponibilidad del recurso total para los meses venideros y para los ríos con hectáreas bajo riego, sea del 54 por ciento de un año medio. Esto es: los seis ríos mendocinos traerán la mitad de agua».
En realidad esa disminución se venía advirtiendo desde hace varios años, pero estaba disimulada por la irrupción de algunas temporadas de abundancia de agua o al menos de agua en cantidad suficiente para las grandes extensiones regadas en Cuyo. Precisamente es en Mendoza donde ha cundido la voz de alarma: todos sus organismos especializados coinciden en el diagnóstico relativo a la falta de agua en sus ríos, y no solamente para el presente año sino, con alta probabilidad, también para el próximo. Esas mismas voces reclaman -ya mismo- una visión global del problema, coordinando la escasez y apelando sobre todo a la notable anomalía (a la que los mendocinos siempre han negado o restado importancia) de un riego inadecuado. Ese aspecto ha producido rispideces, muy especialmente con relación a los caudales que tocan muy de cerca la problemática pampeana: los del río Atuel. Los números son más elocuentes que cualquier discurso: la estimación anual que realizan los organismos mendocinos, la disponibilidad de agua total en la provincia, para la próxima temporada y para los ríos con mucha superficie bajo riego se espera que sea, como se dijo, de la mitad de un año promedio.

II. El problema obliga a considerar la actitud despreocupada que respecto al mismo asumió desde años atrás la Secretaría de Recursos Hídricos de la Nación del macrismo, que tuvo una actitud displicente con respecto a los trabajos de las empresas mineras que en función de sus intereses prácticamente «atacaron» algunos complejos glaciarios, al margen de los derrames que produjeron en el ambiente con sustancias contaminantes.
Una situación tan crítica como la que se está padeciendo debería promover el surgimiento de una toma de conciencia con relación a una de las cuencas más depredadas: la del Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó, a la que los cuyanos le niegan entidad, despreciando el hecho de que es la receptora de todos los ríos que bajan de la Cordillera de los Andes entre Catamarca al norte y Mendoza al sur.
La estrecha visión del problema que ha tenido el gobierno nacional, favoreciendo intereses de grandes corporaciones, se ve agravada, también, por las noticias de contaminación hidrocarburífera, inquietantes aunque por el momento de importancia menor; la más controvertida de ellas acaso sea la solicitud de algunas petroleras de utilizar la discutida técnica del fracking en áreas mendocinas cercanas a los ríos Grande y Colorado. Ambos cursos también están inmersos en esta severa crisis de caída de caudales. En el Grande, principal aportante del río Colorado, la merma sería de un 41 por ciento.

III. Resulta obvio decir que las razones de este inquietante panorama de los hielos y nieves de alta montaña se atribuye al «cambio climático», una circunstancia temible que la mayoría de los expertos dan por un hecho concreto, al menos dentro de la escala temporal de los seres humanos, a cuya actividad se hace responsable de ese cambio. La contundencia de las mediciones amerita que la visión global del problema reclamada por los cuyanos se convierta en un tema de intervención nacional. De lo contrario, la imposición de criterios estrechos y egoístas en cuestiones tan complicadas puede dar lugar a enormes problemas regionales en un futuro cercano.