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Metáforas agrarias

DOMINICALES

La imagen de la semana la proveyó, de todos los lugares, ese símil de circo romano de la Sociedad Rural (predio que generosamente les regalara, en nombre de todos nosotros, un presidente en los lejanos años 90). Ocurrió que en ese sitio, donde se exhibe la flor y nata de la producción ganadera, irrumpió un grupo de militantes por los derechos animales, que mal pudieron hacer sentir su voz, ya que fueron repelidos por una tropilla de gauchos a caballo, que los desalojó a rebenque y patada limpios.

Paisano.
Ya se sabe cómo es el paisano. Se emociona, se excita cuando ve un rodeo desordenado, y mientras el pingo le responda, allá irá a demostrar sus destrezas criollas. Y ni qué hablar si hay público, y encima todo compuesto de los patroncitos. Además, el paisano mal diferencia un vegano de un venado: todo es ganado (ajeno, como diría Atahualpa, pero ganado al fin).
La imagen dejó un poco mal parados a los dueños del circo. Especialmente porque en el video ampliamente difundido, se escuchan desde las tribunas las exclamaciones de aprobación ante la tunda propinada a los intrusos. Alguien disfrazado de Nerón, haciendo la señal del pulgar para abajo, no hubiera desentonado en la escena.
La Sociedad Rural salió a fijar postura, no muy convincentemente. Aclararon que los gauchos en cuestión llevaban meses ensayando su numerito (seguramente con entusiasmo escolar) lo que explicaría su reacción cuando les robaron el show. De todos modos, la SR aclaró que se oponía a todo tipo de violencia. Para una institución que apoyó y promovió todos y cada uno de los golpes de estado desde 1930 para acá -incluyendo las represiones machazas que los siguieron- esta declaración ghandiana es toda una novedad.Acaso como premio por el ejemplo dado, el gobierno nacional le devolvió a Agricultura el rango de ministerio. Los ruralistas festejaron alborozados: seguro que no recordaban que era este mismo gobierno el que había rebajado el área al rango de secretaría, apenas un año atrás. Pero están chochos igual. Seguramente le habrán deslizado un sobre con dinero en el bolsillo a su representante en el gobierno, como ya hicieron una vez. Son como tíos lejanos, que como no te conocen los gustos, te regalan billetes.
Vegano.
Con toda la simpatía que a uno puedan causarle estos militantes por la causa de los animales -no así de las plantas, que están igual de vivas y se las comen igual- hay un pequeño problema con esto de dejar de comer carne. ¿Qué pasaría con todas esas vacas, chanchos y gallinas?
Tal como está organizado este mundo dominado por humanos, existen enormes poblaciones de animales domesticados, la mayoría, para alimentación. Si consideramos la biomasa total del planeta (el volumen total que representan los seres vivos) tendremos que los humanos pesamos, en bloque, unas 300 millones de toneladas, mientras los animales domesticados suman 700 millones. Esta asociación ha representado, en términos evolutivos, un enorme éxito para las especies domesticadas, a punto tal, que hay quien sostiene que fueron ellos quienes nos colonizaron a nosotros.
Desde luego, este éxito de la especie no implica que los individuos no sufran, como las crías separadas de sus madres sin poder mamar, o los animales en feed lots, condenados a vivir en una jaula. Podrá decirse que vivir como esclavos no es vida, pero ¿cuántos humanos pueden decirse libres en un mundo donde campean el hambre y la explotación?

Criadas.
Por estos días hace furor una serie televisiva, basada en la genial novela de Margaret Atwood: «El cuento de la criada». Se trata de una situación distópica, en un futuro no muy lejano, donde la crisis ecológica derivó en una epidemia de infertilidad, y en un hipotético estado totalitario llamado Guilead (heredero de lo que alguna vez fueron los Estados Unidos) se establece un sistema por el cual las mujeres fértiles pasan a ser propiedad, con fines reproductivos, de los jerarcas del régimen.
Estas así llamadas «criadas» (o «sirvientas») pasan a ser vestidas con un uniforme rojo y cofias blancas, atuendo que ha comenzado a aparecer, como símbolo, en las manifestaciones feministas -de todo el mundo, incluso en Argentina- particularmente en favor de la descriminalización del aborto.
Curiosamente o no tanto, esta esclavitud femenina está rodeada de metáforas agrarias. Las «criadas» son marcadas en la oreja con un precinto rojo. Y, cuando se indisciplinan, se las «persuade» mediante una picana eléctrica, como las que suelen usarse para el ganado.
¿Muy exagerado? Quizá no tanto. Una jueza de Paso de los Libres, Corrientes, acaba de denegar el pedido de una joven embarazada que, violada por su padrastro, había solicitado el procedimiento legal de aborto, que le correspondía por ley. No contenta con eso, la jueza otorgó al feto en adopción a un matrimonio del medio. La joven gestante, con este «fallo», fue despojada de su humanidad, y pasó a ser una mera reproductora. «Bendito sea el fruto».

PETRONIO