Mientras tanto, los hombres…

DOMINICALES

A esta altura no debe ser un secreto para nadie que asistimos a una verdadera revolución, protagonizada por las mujeres en defensa de sus derechos. El feminismo no es nuevo, y su lucha organizada puede rastrearse hasta el siglo XIX. Pero sus reivindicaciones actuales, tanto las del movimiento “Ni una menos” como la lucha por la interrupción legal del embarazo, plantean cuestiones de vida o muerte. Es un momento dramático donde resulta imposible la indiferencia, y donde los cambios se avizoran irreversibles.

¿Y nosotros?
A no dudarlo, protagonizar una revolución ha de ser una experiencia única, capaz de dotar de sentido a todos los actos de la propia vida. Pero, por mucho que los hombres podamos compartir la necesidad de los cambios propuestos, se trata de una revolución hecha por y para las mujeres.
Esto plantea un serio problema de ubicación para el otro 50 por ciento de la humanidad. ¿Qué es lo que se espera que hagan los hombres en este contexto? No pueden mimetizarse con las mujeres en su lucha. No pueden tampoco ignorar que deben renunciar a muchos hábitos antes naturalizados para dar lugar a las nuevas relaciones entre los géneros. Aún cuando lo sientan injusto, no pueden quejarse sin son interpelados en su carácter de “beneficiarios” del patriarcado, aún cuando esos beneficios sean discutibles en muchos casos.
Como evidentemente no hay vuelta atrás, está claro que así como las mujeres se están reinventando al empoderarse, también los hombres deberán por su cuenta redefinir su identidad y sus roles. Una tarea que acarrea no pocas inseguridades.

Noble salvaje.
El patriarcado es una estructura compleja, producto de milenios de desarrollo. Su deconstrucción no resulta sencilla. Pero, en tanto y en cuanto es un producto cultural, es posible cuestionarlo desde la cultura. O, dicho en otros términos, no existe nada de “natural” o “intrínseco” en el sometimiento de la mujer por parte del hombre.
Esta idea no deja de representar un consuelo: en algún lugar de la evolución humana, el “noble salvaje” -según la teoría de Rousseau- habrá sabido mantener relaciones igualitarias entre los géneros, antes de que la cultura lo llevara en la dirección equivocada y rompiera esa situación de equidad.
Acaso, para avanzar, los hombres deban mirar hacia atrás.
Posiblemente esta sea la base filosófica de algunos movimientos masculinistas que plantean, como método para reinventar esta identidad herida, la vuelta a los bosques, al fuego, al aullido: una especie de mezcla entre la terapia del grito primal y el movimiento boy-scout.

Natación o dependencia.
Como se ve, en este proceso, se corre el riesgo de caer en el ridículo.
Y la ciencia no ayuda. Hace exactamente un año atrás, se publicó un estudio realizado sobre casi 43 mil hombres en Estados Unidos, Israel, Brasil, Israel y Dinamarca, cuyas conclusiones son inquietantes: la cantidad de espermatozoides presentes en la eyaculación de un hombre occidental, ha decrecido un 59 por ciento en el breve período que va desde 1973 al 2011. Apenas, en una generación.
Este estudio encendió varias señales de alarma. La más inmediata fue la asunción de que esta pobre performance reproductiva estaría indicando una suerte de feminización de los hombres. Un poco más lejos, hubo quien planteó la inminencia de un futuro de infertilidad generalizada, a la manera de distopías como “El cuento de la criada” de Margareth Atwood.
Sin llegar a tanto, hay motivos de preocupación reales, si se tiene en cuenta que los hombres con baja cantidad de espermatozoides suelen tener menor expectativa de vida.
Como quiera, el capitalismo no ha dejado pasar la oportunidad, y ya pueden adquirirse por un precio módico, sistemas hogareños para el conteo de esperma. Hay modelos para elegir: algunos usan un centrifugador, y entregan el resultado en el acto, a la manera de un test de embarazo; otros incluyen un potente mini-microscopio que, adherido al teléfono celular, filma las muestras en alta definición y las envía por internet a un sitio donde se las analiza. Este último sistema, en sana competencia, se postula como el más avanzado, ya que no sólo cuenta los gametos, sino que los muestra en movimiento, mostrando su habilidad para “nadar” hacia su objetivo final.
Hay algo positivo en este proceso: revisar ese mito infundado de que la fertilidad es un problema femenino.
Pero al cabo de todas estas iniquidades, al hombre contemporáneo, como al personaje del tango, tal parece que no le falta más que ir a misa, e hincarse a rezar.

PETRONIO