Migrantes y sus cambios en mundo ancho y ajeno

Señor Director:
Me cuesta despegar mi atención de la odisea de los actuales migrantes, que huyen del hambre y las guerras en sus tierras originarias y creen hallar sitio en una Europa que cuotifica su respuesta porque no tiene otra o porque simplemente no puede.
En medio de la lectura continua de la información de esta tragedia que llega por todos los conductos estalló en mi memoria el recuerdo de una lectura juvenil: la de la novela titulada El mundo es ancho y ajeno, aparecida en l941. Su autor fue el peruano Ciro Alegría, militante del APRA (Haya de la Torre). La escribió cuando estaba desterrado en Chile por esa militancia en el que fue uno de los más importantes movimientos políticos regionales encaminados en la dirección que en nuestro tiempo tomaron el Mercosur y la Unasur.
La trama da cuenta de una comunidad andina llamada Rumi, cuyos miembros, aborígenes, han aprendido que superar la individualidad y subordinarla a la comunidad. Tal su fórmula no solo de la vida buena como ellos la entienden, sino de la posibilidad de resistir los cambios que se vivían en el Perú de ese tiempo. Su enemigo es un hacendado llamado Álvaro Amenábar y Roldán, que les codicia las tierras donde viven y que finalmente los expulsa, diciéndoles que ya hallarán lugar porque “el mundo es ancho”. Ciro Alegría entiende el dicho, pero lo completa: “El mundo es ancho…y ajeno”. Varios de los líderes de la comunidad se lanzan hacia esa anchura y viven una dolorosa experiencia. La comunidad se traslada a una tierra pedregosa en la que agoniza. Los que conocen la historia peruana saben que Haya de la Torre creó el aprismo para hacer un cambio social que respetara el ámbito aborigen y sus modos de existir, al tiempo que debía proveerles la posibilidad de optar por las alternativas que seguían siendo privilegio de quienes hallaron la forma de prolongar los privilegios coloniales y mantener el aislamiento de las antiguas colonias españolas entre sí. Con el último presidente aprista que ha tenido Perú, Alan García, el APRA se desdibujó en relación con sus orígenes
El mundo que encuentran los actuales migrantes sigue siendo ajeno y ya no es siquiera ancho. El crecimiento de la población mundial ha sido intenso desde que el hombre completó la ocupación del planeta. Hasta ese momento el mundo era realmente ancho: siempre había un lugar más allá. Un lugar donde cada grupo humano pudiese vivir según las preferencias que desarrollara en interacción con un ambiente. Un mundo que dio lugar a ensayar viejas utopías. Cuando pasamos la barrera de los siete mil millones de humanos ya no quedaron tierras por ocupar. Cuando Álvaro Amenábar echó a la comunidad de Rumi (años 1912 a l929), era verdad todavía que el mundo era ancho, pero ya se hallaba parcelado en naciones cuyos territorios tenían dueños particulares. Los nativos comunitarios o comuneros no hallaron otra alternativa que los terrenos pedregosos y la selva. Esos terrenos mezquinos en suelo cultivable siguieron disponibles mucho tiempo, pero ahora, en Perú, son también disputados por el desarrollo de la minería, que los comuneros han resistido sin éxito. Y las selvas de nuestros wichís, tobas, matacos, qom y otras comunidades sobrevivientes en el norte y el noroeste, son quemadas para convertirlas en suelos sojeros. Quien se adentre hoy en el norte de Santa Fe, Chaco, Salta, Formosa… puede ser testigo de la larga agonía de esos comuneros, que ahora saben que se acabó lo ancho y que las opciones de vida son duras e incompatibles con su cultura.
Los que fugan de África subsahariana y de las regiones dominadas por señores de la guerra y por las empresas multinacionales y de un Medio Oriente sumido en la guerra interminable, van hacia la deslumbrante Europa, cuyo poder se desarrolló a costa del modo de vida de los territorios “colonizados”.
La Europa civilizada puede llorar ante esta tragedia, pero se ajeniza.
Atentamente:
JOTAVE