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Momentos de felicidad, pero el imperio no descansa

LA SEMANA POLITICA

El viernes liberaron a Lula. Y sumado al triunfo del Frente de Todos, fue una alegría doble para la Patria Latinoamericana. No se puede bajar la guardia. Bolivia lo atestigua con el riesgo de golpe. El imperio no descansa.
SERGIO ORTIZ
No es que el ciclo de neoliberalismo haya finalizado, como se entusiasman muchos. El imperio sigue teniendo fuertes tentáculos financieros, políticos, comerciales e ideológicos, amén de su aparato militar, último pero no menos importante reaseguro de su dominación.
Es cierto que en las últimas semanas ese sistema de neoliberalismo, ajuste, dependencia y sumisión a lo que mande Washington, con los sumisos cadetes del Cartel de Lima, ha sufrido varios mandobles. No cayó por toda la cuenta, pero está sentado en su rincón sin saber muy bien cómo se llama y sin idea cierta de dónde queda su camarín.
Así de dual y contradictoria es la situación política regional y también argentina. Quedó de relieve que no hay solución para un país sino la hay para todos o al menos para muchos. No hay lugar para islas ni aldeas aisladas del conjunto en un continente que se debate entre tamañas opciones antagónicas. O se recupera la soberanía y la dignidad, o viene una readaptación a un neocolonialismo barato con fuerte desigualdad.
La conexión entre las batallas de Quito y Santiago de Chile en las calles y plazas, las que se dieron en Argentina en las calles y las urnas, las que se libran hoy por Evo Morales en La Paz y Cochabamba, las del pueblo brasileño para liberar a su expresidente injustamente detenido, las protagonizadas por el olvidado Haití desde hace mucho tiempo en Puerto Príncipe, las peleas ganadas por Nicolás Maduro contra el golpe y la intervención norteamericana, el jaque mate de Cuba al bloqueo yanqui en la Asamblea General de la ONU, etcétera, están todas muy entrelazadas.
Así que una de las condiciones básicas para comprender lo que sucede y poner un granito de arena para una feliz solución de la pelea en curso, es sumar al justo nacionalismo de cada quien la cuota necesaria de internacionalismo y latinoamericanismo.
Hoy el nacionalismo estrecho de quienes sólo se miran su ombligo sin importarles nada más es tan perjudicial como el internacionalismo abstracto de los que en nombre de una revolución planetaria ven pasar rebeldías gigantes delante de sus ojos, sin verlas ni actuar.

«Lula livre».
La noticia se conoció el jueves 7 pero se concretó al día siguiente, cuando Lula da Silva abandonó su prisión en Curitiba y fue recibido por militantes del «Campamento Lula Livre» que duró los 580 días de su cautiverio. Su periplo, como hombre que honra sus orígenes obreros, siguió hasta el sindicato metalúrgico de Sao Bernardo do Campo. Es su lugar en el mundo, desde donde saltó a la dirección gremial primero y luego a la fundación del PT que lo llevaría a la presidencia en dos mandatos.
Esa libertad y la algarabía que suscitó en el pueblo brasileño, sobre todo en sus segmentos más pobres que tuvieron conquistas y dignidad en esos años de Lula en el Planalto, repercutió mucho en Argentina.
Eso es así por una suma de factores.
Uno de ellos, la derrota política que supuso para Jair Bolsonazi, que había festejado el encarcelamiento dispuesto en abril de 2018 por una justicia adicta del golpista Michel Temer. Si ese neonazi llegó a la presidencia fue porque Lula fue proscripto y detenido bajo falsas acusaciones de corrupción nunca probadas por el juez Sergio Moro y un Tribunal Federal.
Antes de la libertad de Lula, ya el mandatario de Brasil había hecho fuertes críticas al presidente electo de Argentina, fruto de su alineamiento total con Mauricio Macri y el jefe de ambos, Donald Trump. Bolsonazi había dispuesto no concurrir a la asunción de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner; tampoco mandará a su vicepresidente sino a un ministro cualunque.
Por eso la liberación de Lula es un golpe tremendo a Bolsonaro, un enemigo de Argentina. Salió a las calles el expresidente, acompañado de mucha gente, como gran amigo del curso que se abre para Argentina a partir de diciembre.
El viernes 8 comenzó en Buenos Aires una reunión del Grupo de Puebla con asistencia de varios expresidentes: Dilma Rousseff, Pepe Mujica, Ernesto Samper y Fernando Lugo. Lula les dirigió un mensaje de salutación, feliz de la vida. Y Fernández, el anfitrión, recordó cuando lo visitó en Curitiba y el prisionero le pidió que ganara las elecciones de octubre. «Cumplí y gané» dijo AF, quien declaró que le encantaría que Lula y Dilma vinieran como invitados a su asunción presidencial.
Estos hechos tienen un profundo significado progresista y latinoamericanista. Hablan de la hermandad de dos pueblos, de los países más importantes de Sudamérica, donde la única rivalidad que quedará intacta será la futbolística. Todo lo demás se puede conversar y llegar a acuerdos, sin Macri y sin Bolsonaro.
No se agota allí la consecuencia benéfica del calabozo vacío de Curitiba: desnudó las maniobras de la justicia sirviente de los monopolios. Esta lacra crece en Brasil y Comodoro Py. Su fracaso en mantener la injusta detención reabre el debate sobre qué tipo de justicia es propia de una democracia real, para impedir que los Moro y los Bonadío tengan detenidos injustamente a tantos presos políticos.
Nuestros ojos viajan de Curitiba hacia Jujuy y la figura de Lula deja lugar al rostro originario y sufrido de Milagro Sala. A propósito, el cronista hace un pedido público a Alberto y Cristina: que entre sus actividades de estos días se agenden un viaje de cabotaje a Jujuy a visitar a Milagro y otro en auto a Marcos Paz y Ezeiza, para llevar su apoyo a los presos políticos de un régimen en retirada. Si Alberto fue hasta Curitiba no se ve el inconveniente que impida que él y Cristina vayan a tomar unos mates con Milagro, Amado Boudou y Julio de Vido. Más vale tarde que nunca para reclamar por nuestros Lulas.

No dormirse en los laureles.
Viniendo de tantas pálidas, no está de más recalcar lo positivo de lo vivido entre el 27 de octubre con la victoria de los Fernández y el 8 de noviembre con la liberación de Lula. La primera supone un cambio progresista de gobierno en Argentina y la segunda un poderoso estímulo al estado de ánimo de amplias masas populares del continente.
Ambos sucesos no aparecieron de la nada. Tienen que ver con la resistencia que opusieron los respectivos pueblos a tanta injusticia y ajuste. Y también está a la vista la relación de esas dos victorias políticas con las rebeliones de los ciudadanos de Ecuador y Chile, aún de resultados inciertos en cuanto a lo inmediato pero que rompieron los cimientos del neoliberalismo regional.
Esto debería servir de antídoto contra razonamientos pesimistas tan escuchados estos años, como «tenemos un pueblo tonto», «hay neoliberalismo y derecha para rato», «cada pueblo tiene lo que se merece», etcétera.
Con la misma firmeza que se cuestiona esa filosofía de la derrota, hay que tener la guardia alta contra el facilismo de quienes no quieren advertir los límites y peligros actuales y del porvenir inmediato.
Las luces de alarma están encendidas en todos nuestros países.
En Ecuador todavía gobierna «Kautsky» Moreno, quien se basa en la represión y pactos con el FMI a espaldas de los indígenas.
En Chile Sebastián Piñera endurece la represión, con 43 muertos y numerosos heridos y presos, abriendo sólo la válvula de posibles cambios a la Constitución pinochetista de 1980.
En Brasil sigue gobernando Bolsonaro, que acaba de votar en la ONU contra Cuba y a favor del bloqueo yanqui. Quiere desarmar el Mercosur a favor de pactos con Yanquilandia y la Unión Europea. Y obvio que hará todo lo posible por revertir el fallo del Supremo Tribunal Federal que liberó a Lula por un voto, para que vuelva a prisión, sin descartar ataques armados en sus próximas visitas a diversos estados.
En Argentina Macri fue vapuleado política y electoralmente, pero conserva el 40 por ciento de los votos y existe un poder económico concentrado, con medios monopólicos y parte de una justicia servil. No hace falta ser genio para adivinar que ese bloque reaccionario buscará trabar todo avance en dirección al bienestar, la independencia y mayor democracia.
Además, está el peso brutal de la deuda externa, tanto la contraída con el FMI como con acreedores privados, que demandará 30.000 millones de dólares a pagar cada año en los próximos cuatro del nuevo gobierno.
En Bolivia el presidente Evo Morales está siendo asediado por la derecha y el golpismo pese a que ganó legítimamente las elecciones el 20 de octubre por más de 600.000 votos. Ahora el golpismo sumó una asonada policial en Cochabamba buscando expandirse a las Fuerzas Armadas.
Está muy bien gozar este momento de felicidad, pero sería suicida subestimar los peligros puestos por el accionar del imperio, sus embajadas, el FMI, la Patria Financiera y los monopolios económicos, mediáticos y corporaciones judiciales. Que los brindis no dejen solos a Evo Morales y Nicolás Maduro; que no se aísle a los luchadores chilenos e indígenas ecuatorianos. Que las reivindicaciones de los trabajadores argentinos no sean fagocitadas por pactos con la podrida burocracia sindical.
La fiesta tiene que ser con todos los hermanos latinoamericanos; ellos son nuestro lugar en el mundo.