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Mucho más que un historietista

El fallecimiento de Salvador Joaquín Lavado, universalmente conocido como Quino, provocó un fenómeno inusual en el periodismo de buena parte del mundo: lamentar desde la primera plana de los periódicos la muerte de un dibujante de historietas que había elevado su quehacer, a menudo tenido por un género menor, a la categoría de arte significativo, profundo y al alcance de la comprensión de todos, por encima de culturas y latitudes.
En esta circunstancia es lícito recordar que su obra constituye una referencia para las generaciones que vivieron una época signada tanto por la amargura como por la esperanza. Resulta muy difícil tomar distancia y pretender objetividad ante una obra elogiada en todo el mundo, muy especialmente en los países latinos, de cuyo carácter se nutre buena parte de ella. Si se analiza como una totalidad el arte de Quino se hace imposible encuadrarlo en una categoría; lejos de la mera tira dibujada -a través de la cual el autor marcó un rumbo distinto en el mundo de la historieta- bien puede considerarse que tiene aristas sociológicas, filosóficas, políticas, dramáticas… y todas abordadas por una mirada simple y profunda a la vez, y expresadas a menudo con la lógica de la infancia.
No es aventurado decir que los dibujos de Quino, muy especialmente la célebre Mafalda, trasuntaban la personalidad de su autor: humilde, agudo, agnóstico, esperanzado en el porvenir, capaz de sugerir tiempo y circunstancia en unas pocas líneas. Y es que este autor genial campeaba en el mundo a través de su personaje emblemático -«Mafalda, la niña argentina», titulaban los diarios europeos para nuestra satisfacción-. Quino fue también un excepcional cultivador del dibujo sin texto, donde el simple trazo lograba que el lector se ubicara en lugar, época y circunstancias, criticando desde la razón o elogiando sutilmente, lejos de la apología y con un humor que se recostaba con frecuencia en la ironía.
Semejante inteligencia y poder de síntesis para alcanzar la comprensión y el sentimiento del común de la gente no podían pasar desapercibidos en las mentalidades retrógradas que gobernaron el país. Es famosa la tira en la que Mafalda identifica un machete policial como «el palito de abollar ideologías», dibujo que desató la furia del gobierno militar de entonces al punto que lo reeditó con un texto cambiado, en el que alababa la función del «palito».
Como en la canción yupanquiana «con un poquito de orgullo porque es justo que lo tenga» es pertinente recordar que este diario publicó la tira de Mafalda en sus inicios, abriendo a la sociedad pampeana una nueva forma de percibir el humor gráfico, lejos de las trilladas formas que venían, y se imponían, desde los Estados Unidos. LA ARENA nunca fue ajena a la historieta pero bien puede decirse que Mafalda campeó durante años en el humor de los pampeanos. De hecho, a través de Radio Noticias dos periodistas del diario tuvieron una larga entrevista con Quino, ya en el esplendor de su trayectoria.
Este dibujante inigualable tuvo reconocimientos a través de distinciones de nivel internacional que enorgullecerían a cualquiera. Sin embargo una condecoración impar es que Buenos Aires, la ciudad donde transcurrieran la mayoría de los episodios de la tira y donde abundan las estatuas de personajes discutibles, tenga en una de sus plazas las efigies de Mafalda y sus amigos, un privilegio quizás único en el mundo.
Quino ya no está entre nosotros pero su ácido y a la vez tierno cuestionamiento de un mundo injusto y controversial, con la consecuente esperanza que lo alienta, seguirá asomando en nuestro ánimo, en nuestro humor y en el de las generaciones venideras. Acaso ellas podrán tener como emblema aquel cuadrito en el que Mafalda, intrigada y un poco triste, con un apósito en la mano, se interroga acerca de cómo pegarlo en las lastimaduras del alma.