Mucho bla-bla pero el bloqueo norteamericano sigue allí

CUBA Y ESTADOS UNIDOS A UN AÑO DEL DESHIELO

A un año de un nuevo diálogo entre Cuba y Estados Unidos es mucho lo que se ha hablado y bastante menos lo resuelto en las relaciones bilaterales. El gran obstáculo sigue siendo el bloqueo estadounidense.
EMILIO MARÍN
Las palabras tienen su valor pues esos dos países hablaban poco y nada en forma directa, y menos en público. El 17 de diciembre de 2014 pudieron hacer visibles esos diálogos reservados y auspiciados por Canadá y el Vaticano.
Este miércoles se cumplió un año de aquel punto de inflexión, cuando Raúl Castro y Barack Obama hablaron a sus pueblos por televisión sobre la nueva etapa que se abría. En ese momento la buena onda conllevó la liberación de tres héroes cubanos que permanecían desde hacía 16 años presos en el imperio en castigo por prevenir acciones terroristas contra Cuba. Y, desde la isla, la libertad de un agente norteamericano, Alan Gross, detenido desde 2009 tras ser sorprendido con las manos en la masa, introduciendo elementos tecnológicos para el espionaje, junto a un agente doble cubano que se reportaba a la CIA.
A partir de entonces se abrió un nuevo tiempo y eso fue muy bueno, pero sin eliminar del todo los obstáculos que habían llevado a la ruptura diplomática total en enero de 1961.
El 20 de julio de 2015 el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla presidió la reapertura de la embajada de su país en Washington. Y el 14 de agosto su colega John Kerry hizo lo propio con la embajada norteamericana en el Malecón habanero.
Antes, el 29 de mayo, el imperio había sacado a la isla de la lista de patrocinadores del terrorismo, donde había sido injustamente incluida por el dedo norteamericano. En estos casos el que confecciona la nómina ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En el mundo del revés, La Habana estaba entre los organizadores del terrorismo mundial, cuando buena parte del planeta sabía que ese flagelo es “made in USA”.
Y aún con anterioridad hubo otra noticia propia del acercamiento. Los dos mandatarios se saludaron y tuvieron una reunión bilateral en el marco de la VII Cumbre de las Américas en Panamá. Fue en abril y acapararon la atención mundial pues hacía 54 años que no había un diálogo entre esas partes tan enfrentadas.
Hasta ahí, todo bien. Los cubanos, orgullosos de estar esa instancia de diálogo sin haber abjurado de sus principios y soberanía. Rodríguez Parrilla subrayó que habían llegado hasta allí gracias a la dirección histórica de la revolución encarnada en Fidel Castro, quien fue objeto de 638 intentos de asesinato.

Las demoras
También hubo buenos augurios de diversos actores de la política internacional, desde los 33 países que componen las Cumbres de las Américas hasta los 193 miembros de la Asamblea General de la ONU, pasando por el Vaticano. Este, de creciente prestigio con el Papa Francisco, no se quedó en el auspicio de los diálogos previos a diciembre pasado sino que en setiembre de este año visitó La Habana y luego tres ciudades norteamericanas.
Sin embargo, hubo demoras en ese avance. Se sabía que la normalización de las relaciones cubano-americanas sería un viaje largo, como las definió Kerry, aunque él no aclaró que esa longitud iba a tener que ver con la responsabilidad de su país.
La postura isleña fue clara desde el vamos: reanudamos las relaciones diplomáticas pero para normalizar el conjunto del vínculo requerimos que se levante el bloqueo económico y comercial, que se negocie la devolución de Guantánamo, que cesen las campañas mediáticas e ilegales desde EE UU y se fijen indemnizaciones por los daños inferidos al país desde el triunfo de la revolución.
Esos cuatro puntos han tenido una respuesta norteamericana que va desde las evasivas hasta las maniobras bien alejadas de las buenas intenciones y la buena fe.
Lo más importante, que es lo del bloqueo, no ha tenido cambios sustanciosos sino pequeños y contaminados por esa política estadounidense de seguir bregando por la derrota del socialismo cubano.
En enero y setiembre de este año se conocieron algunas medidas adoptadas por el Departamento de Estado y la secretaría de Comercio de EE UU, presentadas por los medios de ese país y sus repetidoras en el mundo como grandes decisiones favorables a la normalización. Sin embargo no lo fueron tanto. En efecto, se informó que que Obama permitía una mayor frecuencia de viajes a Cuba. Empresas y bancos norteamericanos podrían abrir cuentas en la isla y se autorizaban inversiones en telecomunicaciones.
En este mes de diciembre se informó que la comisión cubano-estadounidense en funciones había acordado permitir los vuelos comerciales regulares; hasta ahora no existían pues sólo había vuelos chárter. De todas maneras no es que las empresas comerciales van a comenzar a volar de inmediato sino que van a pasar varios meses hasta resolver todos los problemas técnicos y comerciales, políticos en definitiva.

Votación clave
En medio de esos tires y aflojes llegó el 27 de octubre, cuando la 70° Asamblea General de la ONU consideró la habitual moción que presenta el Minrex (cancillería) de Cuba contra el bloqueo. ¿Qué haría la delegación de Washington, siendo que Obama había solicitado al Capitolio mudar una política que por más de medio siglo había demostrado su inutilidad?
Las dudas fueron develadas. EE UU votó en contra de la moción cubana, seguido por el obediente Israel. Fueron los dos únicos países que con la cara dura como de cemento armado se atrevieron a levantar la mano en contra de la resolución auspiciada por La Habana que, en cambio, cosechó 191 votos a favor. La Habana atrajo a tres islas que habitualmente se abstenían, temerosas de represalias del imperio: Micronesia, Marshall y Palau.
El delegado de Obama reprochó a Rodríguez Parrilla que se trata de un embargo y no un bloqueo. Según esa distorsionada visión es un asunto bilateral, y no una violación a la legalidad y el comercio internacional, que califica como crimen de guerra. Quedó dicho que sólo los yanquis e israelitas ven las cosas de aquella manera. Otros 191 pares de ojos miraron la realidad y votaron en consecuencia.
El otro reproche norteamericano es que Cuba debía tener paciencia y agradecer las modificaciones introducidas por la administración Obama. Los 11.5 millones de cubanos que soportan desde hace 54 años el bloqueo no pueden ser acusados de impacientes. Han sufrido demasiado. Y tiene el respaldo mundial para que esa injusticia termine de una buena vez.
A lo sumo la Casa Blanca puede alegar que como el bloqueo surgió de leyes del Capitolio, las últimas en 1992 (Torricelli) y en 1996 (Helms-Burton), debe ser ese legislativo el que las anule. Una verdad a medias. El gobierno cubano ha admitido ese límite, pero a la vez aclarado que Obama tiene facultades ejecutivas para modificar aspectos instrumentales del bloqueo y no lo hizo. La que presume de mayor democracia del mundo le prohíbe a sus ciudadanos viajar a La Habana, a no ser que califiquen en 12 tipos de permisos especiales y los tramiten, pues en caso contrario serán multados a su regreso. Esas cosas elementales no se permiten. La patria de José Martí tiene que pagar adelantado una compra de productos estadounidenses y no puede llevarse esa mercadería en un barco o avión propio; tampoco puede girar dólares por medio de bancos propios ni internacionales, que serían multados.
Esas y muchas otras cosas más podría disponer el afroamericano pero no lo hace. Ni hablar de devolver la zona de Guantánamo, que pertenece a Cuba y fue usurpada en 1902 mediante la enmienda Platt. Su promesa de enero de 2009 de cerrar un año después la base que allí opera como cárcel ilegal tampoco fue cumplida.

Mismo objetivo por otros medios
Obama pidió dejar el bloqueo porque no había dado el resultado de derrocar a la revolución cubana, no porque haya dejado de lado tal objetivo. Y no levanta esa sanción en su conjunto porque teme que la economía isleña se vea fortalecida y su PBI crezca mucho más que el auspicioso 4 por ciento de este año. Y a un país floreciente sería más difícil extirparle el corazón socialista.
Por eso la inversión estadounidense apunta a dinamizar el cuentapropismo cubano y a generar muchas micros y pequeñas empresas privadas, con las que se pueda contratar, gambeteando al Estado cubano. Inversiones, turismo, tecnologías y telecomunicaciones, entre otros rubros, son pensados como armas para fomentar el crecimiento de una burguesía incipiente en la que apoyarse. Con esa base capitalista quieren repetir el experimento de la “perestroika” y “glasnot” con el que hicieron implosionar a la URSS.
Ese plan tiene cuatro dificultades básicas. Primero, los caribeños no están arrepentidos de su socialismo como lo estaba buena parte de los soviéticos. Segundo, los cubanos vienen mejorando su economía pese a seguir bloqueados. Tercero, por vivir a 90 millas del imperio del mal, ellos tienen mayor conciencia antiimperialista. Y cuarto, último pero no menos importante, en La Habana no viven Boris Yeltsin y Mijail Gorbachov, sino Fidel y Raúl Castro, y otros dirigentes más jóvenes como el vicepresidente Miguel Díaz-Canel.
Si los norteamericanos no cambian pronto de política corren un riesgo doble: los negocios con Cuba los harán empresas de otros países y el socialismo martiano-fidelista saldrá fortalecido igual.