Inicio Opinion Muertes que pesan como una pluma, otras como el Aconcagua

Muertes que pesan como una pluma, otras como el Aconcagua

LA SEMANA POLITICA

Este título está sacado del líder chino Mao, argentinizado en cuanto a la montaña pues en el original es el monte Taishan. La muerte de Diego Maradona tuvo más peso que nuestro Aconcagua.
SERGIO ORTIZ
La muerte del más grande del fútbol mundial se veía venir, por su mal estado de salud. En sus últimas apariciones alguien debía ayudarlo a caminar porque solo no podía. Diría en sus relatos Víctor Hugo Morales, eran «balas que pican cerca» del arco maradoniano. Por suerte no entraban. Al menos hasta el 25 de noviembre.
La fecha coincidió con la muerte de Fidel Castro, a quien el astro quería como un segundo padre. Ahí se mezclaban su admiración política por el comandante cubano con el agradecimiento por la ayuda que le prestó cuando su salud estaba muy quebrantada y necesitaba de esa potencia médica, mal que les pese a los admiradores del «american way of life».
El fallecimiento impactó en el 90 por ciento de la población argentina y en un alto porcentaje a nivel internacional. Siempre habrá un 10 por ciento de miserables, de esos que contra Evita pintaron «Viva el cáncer»; se habrán alegrado de que este villero, peronista y castro-comunista ya no esté entre nosotros.
La mayoría de esa minoría se mantuvo en silencio, porque habría sido muy impolítico gritarlo a los cuatro vientos, además de peligroso porque algunos de los que empezaban a hacer el duelo podrían haberlo tomado mal.
Nunca falta un buey corneta, como el periodista de Clarín, Miguel Wiñazki, quien escribió una crónica lamentable. Para pegarle al muerto apuntó contra quienes lo lloraron, identificándolos como barras bravas. Tituló: «El día en que los barras tomaron el poder en la Argentina». Ahí identificó al público con la barra de Gimnasia, de «muchos hombres sin casaca, sin dientes algunos, jóvenes con todos los dientes, mujeres, algunas adolescentes con chicos muy chiquitos de la mano». El palo era para Diego: «murió mal rodeado y solísimo, pero abrazado por millones. Los peregrinos emborrachados, los delincuentes, los inocentes, los violentos, los pacíficos, los murgueros, los villeros y los invasores de la Casa de Gobierno tuvieron su día argento».
Si Wiñazki hubiera escrito sobre los banderazos organizados por los opositores del PRO-Juntos por el Cambio, habría relatado que era gente de bien, que tomaba agua mineral y sus autos respetaban el tránsito, que pagan sus impuestos y no gritan ni cuando sus equipos hacen un gol sino que hacen un módico plap-plap republicano y se sacan una selfie.
La derecha política y los medios hegemónicos nunca lo quisieron a Maradona, ni los dirigentes del fútbol de AFA ni de FIFA. A Mauricio Macri como presidente de Boca, por su tacañez, lo bautizó «Cartonero Báez». Al futuro presidente del naufragio argentino eso le dolió más que el Topo Gigio que le dedicó Riquelme. Macri empezó a comprar y vender jugadores, cobrando comisiones y fugando capitales, cuando se asoció a Gustavo Arribas, su futuro secretario de la AFI.

Perfecto no era.

El Diez no era perfecto como jugador, porque erró varios penales, algo que no oscurece en lo más mínimo su título del mejor del planeta Golandia. Y más tenía defectos como persona, que afectaban su salud, como el alcoholismo y drogas. También aspectos más graves, como la demora en reconocer a algunos de sus muchos hijos.
En el balance general futbolístico, político y personal, las cuentas del Haber son superavitarias. Sobre su cosecha en las canchas, la abrumadora mayoría destaca su segundo gol a los ingleses en 1986, el inmortalizado por Víctor Hugo como la corrida y gambetas de «Barrilete cósmico».
En el plano político también es difícil elegir una: está esa relación con Fidel y Cuba, sus abrazos con Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, etc. A riesgo de equivocarse, se opta por el 5 de noviembre de 2005, junto a Hugo Chávez en el estado Olímpico de Mar del Plata, diciendo «ALCA, Al carajo».
En lo personal, Diego prestó el oído y algo más a mucha gente que le pidió ayuda. Su sensibilidad de pibe venido de Villa Fiorito no la perdió, aún cuando tuviera un casamiento VIP y se codeara con gente de reputísima alcurnia o viviera en Villa Parque, como Macri.
Es inevitable la contraposición entre el Diez y el endeudador serial, reconocidos hinchas de Boca, donde se sacaron chispas. La distancia entre uno y otro es sideral. No se desea la muerte a nadie, pero los lectores pueden imaginar que si llegara a morir el expresidente, lo único que tendría en común con el sepelio de Maradona es que sobre ambos cajones estaría la bandera xeneize. El resto sería todo diferente, en cantidad y calidad, respecto a lo que mostraron las calles de Buenos Aires el 26 de noviembre.
Tamañas diferencias se explican en la cita de Mao, que acá se reproduce textual: «Todos los hombres han de morir, pero la muerte puede tener distintos significados. El antiguo escritor chino Sima Chien decía: Aunque la muerte llega a todos, puede tener más peso que el monte Taishan o menos que una pluma. Morir por los intereses del pueblo tiene más peso que el monte Taishan; servir a los fascistas y morir por los que explotan y oprimen al pueblo tiene menos peso que una pluma».

Unidos por abajo, divididos arriba.

Diego fue polémico dentro y fuera de la cancha. Adentro, con un gol con la mano a los ingleses y otro que subió al podio mundial de los más bellos. Afuera también porque sus declaraciones, viajes, programas de televisión, etc, dividían aguas con el establishment. No hay que olvidarse «De Zurda», para Telesur, con Víctor Hugo, para bronca de Clarín, TyC Sports, AFA y FIFA.
Él no pasaba inadvertido en vida y tampoco en su hora final. Del velorio del jueves 26 hay que subrayar que fue multitudinario, por quién era el convocante. Ahí no pudieron decir lo del choripan y el colectivo con que estigmatizan a piqueteros y organizaciones sociales. La gente salió varias horas antes de su casa para despedir a su ídolo y derramar lágrimas. Se iba uno de los suyos.
Ese público era plural en todo sentido, maradoniano en esencia. Se vieron llorar abrazados a hinchas con camisetas de Boca y River, toda una rareza nunca vista. Frente a una movilización tan extraordinaria se impone el silencio y la admiración; la política pasa a un segundo plano.
Sucede que los balazos de goma, gases y palos de la Policía de la Ciudad, que responde a la dupla Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli, ambos del PRO, conformaron una represión que motivó un amplio repudio. La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, de Horacio Pietragalla, hizo una denuncia contra ambos, con videos sobre una represión policial que dejó once presos y varios heridos. Entre Alberto y Larreta, ahora todo mal.
La excusa de esos funcionarios del PRO fue que desde el Ministerio de Seguridad de la Nación les ordenaron a las 14 horas cortar la fila en la avenida 9 de Julio y Avenida de Mayo. Añaden que esa orden fue desacatada por violentos que agredieron a la policía.
Es posible que la orden haya existido, porque el gobierno nacional sabía que el público llegaba hasta Constitución y no habría forma que entrara a la Casa Rosada antes de las 16 horas, tope impuesto por la familia de Maradona para terminar el velorio.
Lo de los barras y violentos debe haber sido al revés: quienes hicieron cola durante horas bajo el sol pueden haber reaccionado cuando los uniformados le impidieron avanzar hasta la capilla ardiente. ¿Quién es el culpable? Los uniformados y el poder político que clausuraron el paso al público.
Si la parte represiva se vuelve como bumerán sobre Rodríguez Larreta-Santilli, los defectos de la organización del evento funerario recaen sobre el gobierno nacional. Alberto Fernández conformó un comité conjunto hegemonizado por el Ejecutivo Nacional y con participación de su «amigo Horacio» de la CABA, con fuerzas operativas de uno y otro lado: Policía Federal, Gendarmería, PSA y Policía de la Ciudad o Metropolitana.
¿Por qué en pandemia Fernández organizó el velorio en la Casa Rosada y pensó que un millón de personas podía ingresar bien desde la mañana hasta las 16 horas? ¿Por qué, si fue un velorio a cargo del Estado, permitió que la exesposa del difunto decidiera sobre inicio y cierre?
Diego fue un ídolo mundial, ¿pero estuvo bien que en su velorio se permitiera el amontonamiento de cientos de miles de personas, en pandemia, y a tantos argentinos de a pie no les permitieron una ceremonia con poco público y a veces ni despedirse de quien moría?
¿Hubo un cálculo oportunista del gobierno nacional, de permitir ese velorio masivo para congraciarse con el mundo del fútbol, mayoría del tablón y del padrón? Es muy posible.
AF salió aplazado en política, organización y cuidado sanitario. Mejor habría sido una breve ceremonia en Congreso, con familiares e invitados. Y una salida en caravana, con un trayecto predeterminado hacia el cementerio, para que el público despidiera a Diego a su paso, conservando la distancia.
Después de esa pifia, no se puede tomar en serio el Distanciamiento Social Preventivo Obligatorio hasta el 20 de diciembre. Y no es culpa del Barrilete Cósmico sino del jefe de los funcionarios que no funcionan. El Diez le dio un pase genial como a Caniggia, lo dejó sólo frente al arco y AF le pegó con el tobillo, a la tribuna.