miércoles, 27 octubre 2021
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Mujeres que algo habrán hecho

MEMORIA VERDAD Y JUSTICIA

Victoria Santesteban
Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles
Cada 24 de marzo se presenta como oportunidad para recordar a quienes por soñar con un mundo mejor ya no están entre nosotras y nosotros. Por quienes hicieron carne la utopía de una Argentina sin prerrogativas de sangre, como ya dictaba la constitución de 1853 pero que aún hoy en pleno 2021 continúa siendo quimérico.
El 24M es fecha para no dejar pasar desapercibidos los privilegios gozados de vivir por fin, en democracia. Una democracia joven, con falencias, con idas y venidas, con mucho para mejorar, pero democracia ininterrumpida, finalmente, desde 1983.
El 24 también llama a intensificar la memoria para que nunca más el Estado secuestre, torture y asesine a la ciudadanía, para que el plan genocida que nuevamente aparecía en suelo argentino en los setenta sea de una vez y para siempre parte de una historia de terror, para que en nuestra línea de tiempo no pueda volver a marcarse el derribamiento a un gobierno constitucional. Porque, a los golpes, entendimos que el camino siempre debe ser el democrático. A los horrores de la dictadura se contestó con juicios a los responsables del terror. A las injusticias y al odio se abatió con urnas y amor de abuela.

Juicios.
Con los primeros juicios a las juntas una vez recobrada la democracia encajonada, Argentina se convirtió en el primer país del mundo en juzgar con sus propios tribunales al genocidio acaecido en su mismísimo suelo. El país sudamericano que tantos coterráneos no saben ubicar en el mapa daba la nota esta vez en materia de derechos humanos, sin tener que internacionalizar el conflicto, buscar terceros pretensamente neutrales para el juzgamiento de los responsables del horror, ni inventar jurisdicciones especiales dentro o fuera del territorio nacional.
Con tamaño ejercicio de soberanía, Argentina juzgó a civiles y militares, el lema de memoria, verdad y justicia se hizo bandera, y nunca más desde entonces hemos tenido que lamentar la irrupción a gobiernos constitucionales, porque los intentos han sido infructuosos por burdos a la par de una ciudadanía que en gran parte consensua en que el derrocamiento a gobiernos no es la forma. Existe un aprendizaje ciudadano -a pesar de los falcons verdes embanderados con la celeste y blanca que se avergüenza de la idiotez de quienes se dicen víctimas de una infectadura- que consolida el nunca más volver a un Estado terrorista.

Abuelas.
El 24 de marzo es oportunidad también para el convencimiento de que las conquistas de derechos se hacen en las calles y así es como no puede pasar un 24 sin pensar en las abuelas de la plaza, en la lucha incansable que no conoció de rencores, revanchismos ni odios, sino que ha sido -y es- una lucha desde el amor.
Memoria, verdad y justicia por aquellos a quienes se ama. La lucha incesante también dio la nota a nivel planetario, y las abuelas son movimiento de resistencia pacífica, de empoderamiento y fuerza sin precedentes. No estaba en los planes de las juntas que fuera un grupo de mujeres las que salieran hacia la plaza, en busca de sus hijas, hijos y nietos.
Con los pañuelos blancos de firmeza inaudita no volverían a quedarse quietas, en sus casas, haciendo eco de la orden de pasividad y espera femeninas eterna que los varones imprimían al mundo. Para sorpresa de toda una Argentina sumida en el terror, las abuelas increparon al régimen militar horrorizado por las hijas militantes y sus madres buscándolas en las calles, revelándose por completo del rol estereotipado de madres y esposas que el régimen tanto machacaba. Y es que la dictadura también importó un proceso de machaque sobre estereotipos de género en el que la mujer militante es doblemente subversiva: por su ideología contraria a los valores cristianos y capitalistas y por su condición de mujer que escapa al estereotipo de género de madre relegada al hogar, de cuidadora por naturaleza.
Los juicios a civiles y militares que se continúan hasta nuestros días tiene hoy el aditamento de contar con el prisma de género para desentrañar la verdad y acercar justicia, para conocer que la dictadura cívico-militar también tuvo entre sus objetivos esta insistencia patriarcal sobre roles y estereotipos de género, de argentinos «derechos», que no desviaran su andar corriéndose del compartimento sexista asignado.
El juzgamiento de los crímenes perpetrados por el terrorismo de estado de los setenta y ochenta desde la perspectiva de género da cuenta que el reproche militar hacia las mujeres fue, entonces, mayor por su condición de mujeres.

Mala Madre.
Los militares llamaron locas a las madres de esas hijas e hijos y las increparon sobre su rol de madres cuando les preguntaban donde estaban cuando sus hijos habían desaparecido. Una vez más, la culpa histórica recayendo sobre mujeres, otra vez las sospechas sobre ellas, sembrando que algo habrán hecho para que aquello sucediera.
El traslado de la responsabilidad del horror a la propia víctima de tiempos inmemoriales abatió contra las madres que buscaban a hijos e hijas arrancadas por el régimen militar y hoy se replica en cada mirada de rabillo sobre las víctimas de la violencia de género y sus familias, especialmente sobre sus madres, y abuelas.
La semana pasada «M», una niña que vivía con su madre en situación de calle desaparecía y temíamos la crónica de otra muerte por la condición de género. Temíamos contar con otra niña desaparecida en esta democracia a veces tan improvisada. La noticia feliz ante una Argentina expectante comunicó que M había aparecido con vida, con su captor, también en situación de calle. Con la denuncia de un vecino, de un integrante de una ciudadanía más comprometida con lo que pasa a su alrededor y se mete, la policía logró dar con M.
Esa policía que no había tomado la denuncia de desaparición cuando la madre quiso radicarla sino que la trató de analfabeta y la mandó a su casa, a la calle, es decir. Los medios y los vecinos, también se la agarraron con esa madre revictimizándola hasta el hartazgo, responsabilizándola por confiar la integridad psico-física de su hija de siete años a un extraño. Sus adicciones y todas sus vulnerabilidades fueron usadas para mandarla a esa hoguera que se alimenta del odio de género, de clase, de raza.
«¿Dónde estaba señora, qué estaba haciendo cuando desapareció su hija?» resonaba, entre barbijos, aggiornado. Cuando aparece el fantasma que dicta al oído que algo habrá hecho, el mantra «nunca más» tiene que repetirse para ahuyentarlo ahora y para siempre.