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Múltiple dimensión del terror de Estado

El tercer juicio de la Subzona 14 que se está llevando a cabo en nuestra ciudad puede considerarse, a esta altura, una lección de historia sobre nuestro pasado reciente. La etapa más oscura del país y la provincia, cuando el terrorismo de Estado convertía a toda persona en sospechosa y, con ello, pasible de ser secuestrada, torturada o desaparecida, es revivida en cada audiencia de este proceso judicial.
Esta nueva etapa incorpora como novedad con relación a las anteriores la investigación de los delitos sexuales cometidos contra prisioneras que estaban a merced de sus victimarios en absoluto desamparo. Con las garantías procesales suspendidas por la dictadura cívico-militar, los centros de detención se convirtieron en salas de tortura en donde se desconocieron todos los derechos que resguardan la dignidad humana. Muchas mujeres pampeanas pasaron por ese calvario tal como se está revelando en el transcurso del proceso.
Pero hay otros aspectos de aquellos oscuros años que también están saliendo a la luz en algunas audiencias y que hasta el momento no aparecían demasiado mencionados. Se trata del sufrimiento infligido a las familias de los detenidos que debieron soportar situaciones verdaderamente mortificantes. Esos grupos familiares no solo padecían la zozobra de ver detenidos a uno o varios de sus integrantes en condiciones espantosas sino que, a la vez, eran víctimas de un clima de sorda sospecha por parte de una sociedad aterrorizada que los discriminaba por el hecho de ser «familiares de subversivos». Quienes pasaron por ese duro trance suelen dar testimonio de aquellos años en los que hasta vecinos y parientes se esforzaban por esquivarlos.
Un párrafo aparte merecen los largos viajes para visitar a sus seres queridos alojados en cárceles remotas del país, como las de Resistencia y Rawson, adonde fueron trasladados no pocos presos políticos pampeanos. Los encuentros en el interior de esos sombríos establecimientos penitenciarios no hacían más que multiplicar el miedo y la incertidumbre. Y no solo por la suerte del prisionero sino por la propia.
El relato del hijo de un exministro de Obras Públicas fue revelador y a la vez excede en mucho su experiencia personal. Su testimonio bien podría ser el de miles de pampeanos que pasaron por situaciones similares. Su exposición resultó verdaderamente ilustrativa porque permitió apreciar las múltiples dimensiones del terrorismo de Estado. La violencia contra los cuerpos que podía traducirse en tortura, desaparición o confinamiento en condiciones denigrantes, trascendió la experiencia individual de los señalados por el dedo de la maquinaria represiva. Un universo social mucho más amplio también fue un objetivo privilegiado de la persecución, porque a través de su intermediación se podía transmitir el miedo al resto de la sociedad.
Los traumas de aquella experiencia política ominosa se inscriben en el cuerpo individual pero también en el social. El juicio y castigo a sus responsables, con todas las garantías de la ley, la Constitución y los tratados internacionales, es lo único que puede reparar, siquiera en parte, el padecimiento ocasionado.