Múltiples desafíos hace Gonzalía a la inteligencia

Señor Director:
Ante la noticia que hace saber que Juan Carlos Gonzalía, de 94 años, está cursando el bachillerato, el lector queda obligado a hacerse preguntas o salir a buscar respuestas.
Gonzalía, que cursa el secundario en el programa FinES, de la universidad de Lomas de Zamora, ha dicho a un periodista que cumple algo que empezó cuando ya tenía más de 30 años, pero que no pudo seguir por obligaciones laborales. Ha sido gastronómico, gendarme, albañil e “imprentero”. Ahora, jubilado, al conocer el plan de esa universidad se dijo que era el momento de cumplir un objetivo tan demorado. Una foto lo muestra en el aula.
Me puse a pensar en este caso y esa meditación es lo que hace de Gonzalía tema de mi columna.
¿Qué nos decimos al tomar conocimiento de este tipo de conducta? Lo más corriente, creo, es ensayar una sonrisa, como de simpatía, y a otra cosa. De hecho, nos podemos sentir comprensivos y hasta generosos, pero no nos instalamos en el lugar del otro. En esta ocasión resolví salir de lo mío y tratar de entender lo del otro, quizá ayudado por mi propio avance en años. Me dije en primer lugar que Gonzalía ha respondido a un interrogante implícito: ¿por qué? Su porqué es la condición humilde, la obligación de atender a su propio sustento y quizás ayudar a su familia. La pobreza invierte pronto la carga: el hijo debe ser proveedor del hogar sin haber completado su formación; luego, ya en edad de ser jefe de familia, tiene una continuidad de obligaciones hacia los otros. No hay becas (no las había en su tiempo). No aparece tampoco el tío rico que se disponga a ayudar a ese nieto que parece tener algo y sabe qué quisiera más allá de lo que la vida le depara encerrándolo en un círculo de exigencias del que es difícil salir. Entonces, tenemos el porqué de Gonzalía: era una deuda que tenía consigo mismo y es su oportunidad de pagarse. Claro está que el análisis de su porqué no se agota con lo dicho, pero entiendo haber imaginado la respuesta más probable.
Sin embargo, existe otra pregunta, que el periodista no le formuló a Gonzalía, tal vez por respeto: para qué.
Lo que hacemos en los años llamados de formación o preparación es lo que nos han dicho que hay que hacer para el después, para cuando ya no se disponga del sostén a cargo de otros, cuando uno deba hacerse cargo de sí mismo y probablemente del hogar que integre y de los hijos que lleguen; también de algún padre impedido o necesitado. La formación es algo que la sociedad (de adultos) da con cargo, a partir de admitir que así es el orden de las cosas. Niñez y adolescencia son para prepararse a hacerse cargo de sí mismo y de sucesivas obligaciones. En esta secuencia tarda en aparecer la comprensión de la complejidad del sí mismo. Suele creerse que se agota en la responsabilidad de hacerse cargo del propio sustento y capacidad para cumplir su parte en la atención de algunos de los otros: los hijos mientras tanto sean menores, y de la mujer si se la quiere ver según la tradición que la confina al hogar y desvaloriza este papel, relegándola a un plano secundario y a ciertas obligaciones de tipo social: debemos hacerlo por ser parte de la comunidad y tal es el deber que compartimos con el conjunto de “los otros”. Si la mujer sale de este esquema, como lo hace ya, gana protagonismo social pero, como se puede ver con sólo mirar, muchas veces termina reemplazando al varón en el mantenimiento de la prole.
¿Para qué? Gonzalía puede contestar que no lo ha pensado. Siente que quiere hacer eso por sí y para sí. No se ha planteado la muerte como problema, segura para todos y próxima en su caso. Si problematizamos la propia muerte, vivir se hace imposible. Carecemos de respuestas convincentes. Si nos pensamos en tanto seres vivientes, Gonzalía nos estaría diciendo que somos una entidad real y sentimos que pagar las deudas consigo mismo es el acto que da sentido y valor a nuestro estar aquí. Seríamos creadores del sentido.
Atentamente:
JOTAVE