Muros y puentes

DOMINICALES

Según los especialistas -y tal como ocurre con muchos productos envasados- el siglo XX resultó ser una estafa: por el precio de cien años nos vendieron alrededor de ochenta, los que van de la Primera Guerra Mundial hasta la caída de la Unión Soviética. Su final fue rimbombante y sonoro: la caída del Muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría. ¿Cómo es entonces que tres décadas después seguimos soñando con construir muros, a sabiendas de que caerán?

Otro ladrillo.
Convengamos en que esta idea de poner paredes entre nosotros y nuestros supuestos enemigos, es un viejo hobby de la humanidad. Ahí está la Muralla China, construida desde el siglo V antes de Cristo para frenar a los invasores mongoles. Su utilidad bélica fue muy inferior a su actual atractivo turístico. Una leyenda urbana dice que esa construcción puede ser vista desde el espacio exterior: en tal caso, sería una prueba escrita de la estupidez humana, para anoticiar a posibles invasores alienígenas.
Algo parecido ocurre con las ciudades amuralladas que pulularon en Europa durante la Edad Media. Unas ruinas encantadoras.
Por eso llama un poco la atención la tozudez con que el presidente de EE.UU. insiste en construir un muro para repeler a posibles migrantes del patio trasero americano. Primero decía que obligaría a los mexicanos a pagarlo. Estos le contestaron: “ni madres”. Ahora reclama los fondos a su propio Congreso, y se trenzó en un duelo de miradas con la jefa del bloque demócrata, que mantuvo a la administración federal paralizada por un período récord de 35 días, durante los cuales muchos servicios públicos se vieron resentidos, y miles de empleados dejaron de cobrar sus sueldos.

Tan lejos.
Debe haber pocas imágenes más desgarradoras que los tramos del muro entre EE.UU. y México que sí están construidos, como el que separa Tijuana de San Diego. La estructura de altos pilares se interna en el mar, y le da a la playa el aspecto de un campo de concentración. A uno y otro lado, las familias de mexicanos divididas por la migración suelen juntarse a hacer picnics los fines de semana, cada uno de su lado.
Ese muro jamás ha impedido el trabajo de los narcotraficantes, que construyen túneles subterráneos para burlar la frontera de la superficie, o bien -como se ventila en el juicio que llevan al narco “El Chapo” en Nueva York- sobornan a quien sea necesario para conducir su lucrativa empresa. Incluso al presidente.
Posiblemente los muros futuros no se construyan de ladrillos, sino de bits: es lo que -conforme el filósofo israelí Yuval Noah Harari- estaría ocurriendo en los territorios ocupados por el Estado de Israel, que ha montado una gigantesca estructura de inteligencia artificial para controlar hasta el último movimiento de los ciudadanos palestinos, en lo que constituiría el más grande experimento de este tipo en el mundo. A través de drones, aviones y cámaras, un enorme sistema de vigilancia toma nota de cada pequeño movimiento en la zona fronteriza: una carcel mental, digna de Orwell.

Hey you.
Otro gran constructor de muros imaginarios es Roger Waters, integrante en su momento de Pink Floyd, quien gusta de fustigar duramente al presidente de EE.UU. -por su política intervencionista en Venezuela- casi tanto como al Estado de Israel, por su tratamiento de la población palestina.
En la que sin duda es su obra cumbre, “The Wall” (1979), el músico británico planteaba el concepto del muro existencial, el que cada individuo construye para protegerse del sufrimiento. En su caso, el dolor ocasionado por una infancia de orfandad -su padre murió peleando en la Segunda Guerra Mundial- y el maltrato físico sufrido en la escuela. No había en la obra original ninguna implicancia política en la pared.
Luego, con la película del mismo nombre (Alan Parker, 1982) se sugiere que el bloqueo provocado por estos muros afectivos puede ser caldo de cultivo para la formación de personalidades dictatoriales, como se ha especulado más de una vez acerca de Hitler. Pero cuando en 1991 cayó el muro de Berlín, allí estuvo Waters llevando su show, forzando innecesariamente -y posiblemente distorsionando- el sentido original de su obra, al ponerla en contacto con un fenómeno político de significado muy diverso. Al punto que hoy ese mismo show pasea por los estadios del mundo, cual la imagen del Che Guevara, tan intervenido que el sentido original parece desdibujado.
Está visto que los muros, reales o imaginarios, nos atraviesan, y no son tan fáciles de derribar una vez construidos. Nos podrán dar una momentánea sensación de protección, pero al poco tiempo ya nos agobian como una prisión.

PETRONIO