¿Necesidad nacional o demanda sectorial?

La ortodoxia neoliberal, que ahora vuelve a gobernar este país, tiene una mirada simplificadora de la inflación. Afirma que hay dos “culpables inflacionarios”: el exceso de gasto público y la emisión monetaria. Con evidente intención política ignoran toda otra causa, y sobre todo si alguna de ellas es reflejo del libre comercio. Así prefieren no hablar de la concentración de los mercados en pocas manos; la acción de las grandes empresas con posición dominante que son, por lo tanto, formadoras de precios; las distorsiones de las cadenas de comercialización; las expectativas generadas por la circulación interesada de rumores o versiones…
Pero justamente ahora, en estos días, estamos presenciando alzas desmesuradas de precios y maniobras de acaparamiento de mercadería que ponen de manifiesto las falsedades de la ortodoxia. Los “traslados anticipados” -ése es el nuevo eufemismo acuñado para suavizar estos incrementos de precios- son una demostración concreta de los múltiples factores que intervienen en el proceso inflacionario desmintiendo la lógica neoliberal que carga las responsabilidades exclusivamente en el Estado.
La presión devaluatoria del poderoso complejo agroexportador y sus voceros, los medios de comunicación hegemónicos, convierten una demanda sectorial en una necesidad nacional. Quieren convencer a todos de que la devaluación es el camino correcto, que se necesita de un dólar alto para favorecer el ingreso de divisas al país. Y también presionan para eliminar las retenciones a las exportaciones porque, dicen ellos, desestimulan la producción. La receta es doblemente beneficiosa para ese poderoso sector y doblemente perjudicial para el conjunto de la sociedad. Si se les paga más por cada dólar que ingresa producto de la devaluación, y encima, se eliminan las retenciones, lo que se produce (aunque no lo digan) es una enorme transferencia de ingresos a un sector, ya muy poderoso, en perjuicio de la gran mayoría de la población que vive de un salario. La devaluación del peso (o lo que es lo mismo, el aumento en la cotización del dólar) significa una inmediata baja en el poder adquisitivo de los salarios. Ese fenómeno ya lo hemos padecido los argentinos infinidad de veces, por lo tanto no hace falta explicar demasiado.
La estrategia de querer convencer a todos de que esas medidas benefician al país solo puede prosperar si hay una poderosa propaganda de tal “remedio” y si hay un gobierno dispuesto a hacer los deberes aunque los beneficios no sean para el conjunto de la sociedad. Hasta el domingo 22 de noviembre solo estaba la mitad de esa ecuación: los medios de comunicación concentrados, que pertenecen a la elite económica y que también se beneficiarían con una devaluación pues -como grandes pooles empresarios que son- comparten negocios con el sector agroexportador. Faltaba la otra mitad, el gobierno, pues el kirchnerismo nunca aceptó la ortodoxia neoliberal y siempre eligió la flotación administrada del dólar en busca de un equilibrio con otros sectores económicos -básicamente la industria- que dependen de insumos importados y del poder adquisitivo de los consumidores argentinos.
A partir de aquella fecha, la elección presidencial provocó un vuelco drástico y permitió que llegue al gobierno una fuerza política que también defiende los postulados del mercado libre. La maximización de las ganancias -“codicia”, en el lenguaje común- es lo que está en la base de este cambio de hoja de ruta tan ansiado y que responde a los intereses de un sector muy minoritario, medido en términos de personas, pero muy poderoso medido en términos de influencia económica y política. Ahora vendrá un gobierno dócil que está dispuesto a bailar, y a hacer bailar a todo el país, al compás de esa música. Y ya se sabe que los recursos económicos son como una manta: si se tapa demasiado a unos, se destapa a otros.