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¡Nerón, Nerón, qué grande sos!

DOMINICALES

En la escena culminante de «Quo Vadis?», aquella película épica de 1951, el genial actor británico Peter Ustinov, personificando al emperador Nerón, toma su lira y canta unos versos improvisados, mientras llora lágrimas de cocodrilo contemplando a una Roma en llamas. Conforme esa narrativa -coincidente con la historia oficial- había sido el propio Nerón, un emperador cruel, corrupto y traicionero, quien había mandado incendiar a la ciudad, para luego culpar a los cristianos de lo ocurrido. Sin embargo, nuevos trabajos historiográficos, y una exposición que acaba de inaugurarse en el Museo Británico, están insinuando que Nerón podría haber sido víctima de una temprana «cultura de la cancelación», o dicho en criollo, de mala prensa.

Petronio.

Si está permitida una nota personal, este escriba siempre ha tenido cariño por aquel viejo filme de Hollywood, que en su momento se pasaba frecuentemente por la TV en blanco y negro. Fue a raíz de otro personaje allí presente, el mordaz consejero Petronio, «árbitro de la moda», que se nos adjudicó a una tierna edad el apodo con que se firman estas columnas.
Pero parece que aquella ficción exageraba un poco la nota, seguramente con fines dramáticos. Lo que dicen las fuentes históricas directas, es que Nerón ni siquiera estaba en Roma cuando se desató el incendio (mal pudo entonces improvisar aquel turbio recital), y que lo más probable es que el incendio se produjera en forma accidental, facilitado por el hacinamiento y la precariedad de muchas de las viviendas de aquella urbe de un millón de habitantes, enorme incluso para los parámetros actuales.
Por otra parte, tal parece que tras el incendio, Nerón no sólo se ocupó de alimentar y dar refugio a las víctimas, sino que también se tomó muy en serio la tarea de reconstruir Roma, e invirtió todos sus esfuerzos y el tesoro público en la erección de hermosos palacios como el Domus Aurea, cercano al Coliseo y recientemente abierto al público.

Joven.

De modo que el Nerón real poco tenía que ver con la imagen que nos transmitió Hollywood, con el respaldo de muchos historiadores «serios». Para empezar, no se parecía nada al veterano Peter Ustinov: no había cumplido 17 años cuando debió asumir como emperador, y murió -en un suicidio inducido por sus enemigos políticos- cuando tenía 30. Su juventud no es un dato menor a la hora de juzgarlo.
En cambio, no hay tantos datos duros sobre los vicios que se le adjudican, como los de haber tenido relaciones incestuosas con su madre, o haber asesinado a dos esposas (conductas éstas que, aún de ser ciertas, no desentonan con la de muchos monarcas absolutos como el popular Enrique VIII de Inglaterra).
Lo que sí se sabe es que esta narrativa en contra del joven emperador comenzó durante su vida, y que tuvo su origen, principalmente, en sus opositores del Senado, alarmados por el plan de reformas sociales y promoción de las clases populares que Nerón impulsaba. Al parecer, lo perdieron sus tendencias populistas, y no lo ayudó mucho tampoco cierta falta de talento para la política, ni sus inclinaciones por las artes, a las que dedicaba buena parte de su tiempo.

Posteridad.

Pero si en vida supo granjearse enemigos poderosos, su imagen para la posteridad fue sellada por otra enemistad no menos letal, la de la Iglesia Católica. No sólo porque, efectivamente, el incendio de Roma fue usado como pretexto para la persecusión de los cristianos -que de todos modos ya estaba en curso- sino también porque el (llamémoslo así) «estilo de vida» del emperador no se ajustaba a las normas morales que la nueva religión pretendía instaurar. Normas éstas que, dos milenios después, todavía tardan en imponerse.
Esta fabricación de la imagen histórica de Nerón incluyó varios recursos de propaganda, como la modificación fraudulenta de los bustos con su imagen, que fueron intervenidos para dotarlos de una mueca grotesca y vulgar, y provocar así la repulsión hacia el personaje.
Desde luego, sigue siendo innegable que el joven emperador era dado a excesos de todo tipo, pero eso no lo hacía diferente de prácticamente todos sus predecesores (como Calígula) o sucesores: la gran diferencia es que casi ninguno debió pagarlos con su vida a tan temprana edad. Por otra parte, y tal como lo muestran los vestigios de Pompeya, eso que llamamos «excesos» era en realidad parte de la cultura romana en todos sus estratos sociales.
Quién sabe si esta nueva tendencia historiográfica no hará que las futuras generaciones miren con más simpatía a este personaje, como un joven reformista que fue destronado por querer mejorar las condiciones de vida del pueblo. O por otro lado, quizá concluyan en que su suerte la selló su escaso talento para la música, y su insistencia en torturar a sus contemporáneos con insoportables serenatas. Tomen nota los políticos actuales, dados a tocar la guitarra: pocas cosas más imperdonables que la mutilación de las artes.

PETRONIO