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Ni cuidarse, ni cuidar al otro

Mientras crecen los contagios de Covid-19 en nuestra provincia y en casi todo el país, un sector significativo de la población sigue actuando con una ausencia de cuidado y de solidaridad social alarmante. Los informes periodísticos y las imágenes fotográficas y televisivas permiten ver plazas, parques, playas, calles o caminos vecinales atestados de personas absolutamente indiferentes al estado de emergencia en que se encuentra la sociedad humana tanto aquí como en todo el mundo.
Las fiestas de fin de año fueron un muestrario de todo lo que no hay que hacer. La tradición operó como justificativo y fue notable el relajamiento que ganó por goleada ante la resignación de gobernantes y gobernados. Es cierto que es muy difícil generalizar, pero fue evidente que el desmadre superó a las autoridades y el cuidado quedó por cuenta de los propios individuos. Muchos se tomaron en serio las recomendaciones sanitarias y limitaron las invitaciones a la mesa familiar en una muestra de responsabilidad social encomiable. Pero no fueron pocos los que obraron en sentido contrario. La gran cantidad de festejos con música a todo volumen excediendo los horarios permitidos en las viviendas particulares habla de que fue un fenómeno muy extendido, que desbordó las posibilidades de control del Estado.
Pero lo más grave es que, pasadas las fiestas, el fin de semana siguiente los encuentros multitudinarios continuaron en la vía pública como si una franja de la población no registrara la gravedad de lo que estamos viviendo. Ni siquiera se piensa en la posibilidad real del aumento de los niveles de contagio por causa de las fiestas y el mayor riesgo que implica para todos y todas.
Lo que cuesta hacer entender es que, en este estado de excepción, las conductas individuales exceden el marco de lo personal y se convierten en una cuestión de interés público, en una cuestión de Estado. Aquí en La Pampa no solo subieron considerablemente los niveles de contagio sino los de ocupación de camas y de módulos de terapia intensiva. Por estas horas las autoridades han reconocido que hay «preocupación por el recurso humano». Ya antes de la Navidad altos funcionarios de Salud había admitido que el personal de salud estaba «cansado, enojado y con miedo», lo cual es absolutamente comprensible cuando se observa el elevado nivel de irresponsabilidad social que se traduce, irremediablemente, en mayor número de enfermos y de internados, que a su vez implica mayor carga de trabajo para los que se desempeñan en los centros de atención sanitaria.
Las fiestas clandestinas que reúnen a centenares de concurrentes en caminos vecinales son los peores ejemplos de indiferencia social, de desinterés por el prójimo, en nuestra provincia. La gran presencia de jóvenes confirma lo que ya se ha medido en el AMBA (Capital Federal y el Conurbano): la población entre 18 y 30 años integra el grupo que presenta el más alto nivel de contagio. De ahí que sea la que más propaga la enfermedad, y lo peor es que lo hace sobre otros segmentos de mucho mayor riesgo. Ese solo hecho, ¿no es lo suficientemente grave como para inducir, en los chicos y en sus padres, un cambio en esta conducta social autodestructiva?