Ni la ciencia es tanto un bien compartido

Hebbe Vessuri, investigadora científica argentina, acaba de obtener el premio internacional llamado John D. Bernal, de la Society for Social Studies of Science. Es la primera vez que esta distinción recae en un científico que no sea norteamericano o europeo.
Lo que se premia es la vinculación entre ciencia, cultura y sociedad, porque el objetivo es promover una mayor relación entre ciencia y sociedad. Que los resultados tengan la mayor incidencia posible en favor del bienestar de la sociedad. El problema de estas propuestas, tan atrayentes por su inspiración, es que en el mundo no hay una única sociedad (un único estado de desarrollo de la sociedad). Lo dice Vessuri cuando un periodista de divulgación la interroga (para el diario Página/12) sobre si la ciencia es internacional y ella contesta que “hace tiempo que la ciencia está ligada al interés de grupos económicos poderosos y que eso la distancia de atender problemas de grupos más amplios de la sociedad en que está situada”. Ante la pregunta sobre internacionalidad de la ciencia, contesta con esta advertencia: “Si el mundo fuera plano, sin aristas ni asimetrías sería otra cosa”, pero dadas las diferencias “deben buscarse otras combinaciones posibles y deseables”.
Me fue imposible no relacionar esta manifestación con la noticia reciente según la cual un juez federal de California, Estados Unidos, investiga a Monsanto por la acusación de haber pagado 250 mil dólares a científicos para que dijeran que el glifosato no es perjudicial para la salud.
La revista Science publicó una investigación al respecto y concluye que por este “servicio” se pagaba hasta 250 mil dólares (más de cuatro millones de nuestros pesos). Y que el diario New York Times, publicó en marzo pasado que “surgen nuevas dudas sobre la seguridad del herbicida Rondup (marca comercial de Monsanto)”.
El juez californiano ha partido de la denuncia de personas expuestas al glifosato. Correos internos de Monsanto revelaron que la empresa desarrolla estudios que, luego, son firmados por científicos externos y que se vincula con este hecho a funcionarios encargados de controlar la toxicidad. Luego, el documento de las agencias de control norteamericanas es tenido por válido por organismos de otras naciones para permitir el uso de ese agrotóxico. La información agregaba que “así sucede en la Argentina” y que en nuestro país el glifosato se aplica en cultivos de más de 28 millones de hectáreas: más de 200 millones de litros por año.
La antropóloga Vessuri habló del sistema científico argentino para decir que “tuvo momentos de esplendor”, que en los últimos 15 años se buscó revalorizar la actividad y se logró algo muy interesante: crear espacios para el crecimiento del cuerpo científico de manera más sistemática, con becas mejor remuneradas, carrera del investigador, subsidios, posgrado, en todo lo cual estábamos muy rezagados”. Advirtió que los logros de este esfuerzo se demoran “porque la construcción de capacidades no es instantánea”.
Vessuri se perfeccionó en Inglaterra y se trasladó a Canadá. Hizo docencia en estos dos países. Regresó a la Argentina, pero en los setenta se exilió en Venezuela, donde trabajó en varios proyectos.

Femicidios.
Lejos de declinar, se incrementan y toman formas cada vez más crueles. No pasa semana sin que una familia denuncie la desaparición de una hija menor de edad o muy joven. La búsqueda remata en la mayoría de los casos con el hallazgo del cadáver de la desaparecida.
Las organizaciones feministas insisten en que la policía y el poder judicial siguen en deuda por los casos denunciados y archivados velozmente, sin investigación ni seguimiento.
La Defensoría del Pueblo bonaerense informa que en 2015 se iniciaron 67.685 causas penales por violencia familiar y de género, pero que en 2016 esta cifra ascendió a 95.557.
Jotavé