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Ni las vacunas son prioritarias

En su ya innegable afán por destruir las estructuras de bienestar básico que habían logrado los argentinos el gobierno de Mauricio Macri acaba de superarse a sí mismo, alcanzando un tope, ético y político, que bien puede considerarse un «non plus ultra» en la materia: la carencia de vacunas preventivas de enfermedades que se consideraban eliminadas en el panorama sanitario de nuestro país, algunas de altísimo riesgo como la poliomielitis o la difteria.
Lo aterrador -y la expresión no es exagerada- es que ese faltante no radica en alguna circunstancia excepcional sino en un aspecto más del «ajuste» al que está sometido el país por orden del Fondo Monetario Internacional que el gobierno se empeña en cumplir caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Así lo reconoció la Secretaría (antes Ministerio) de Salud de la Nación al responder un pedido de informes por parte de diputados nacionales: reconoció que desde hace más de dos años hay recortes en el presupuesto destinado a la compra de las vacunas necesarias para mantener el normal proceso preventivo. Una experta en la materia fue terminante al definir las causas de esta peligrosísima ausencia: «El faltante no es por alguna dificultad puntual; claramente es un problema de gestión y de ejecución de presupuesto. Esto viene sucediendo hace tiempo». Dicho de otra manera: el gobierno se siente libre de manejar la salud pública de acuerdo a sus conveniencias financieras, desentendiéndose de los riesgos sanitarios a los que queda expuesta la población.
Este inhumano criterio no resiste el menor análisis, ni siquiera el económico, ya que las campañas de vacunación masiva constituyen una metodología preventiva y una inversión a futuro que permite ahorrar enormes gastos en medicina pública. Además parece ignorar a propósito que si las aplicaciones no alcanzan un piso determinado de alrededor del 90 por ciento -el «efecto rebaño» como dicen los sanitaristas- los resultados son deficientes por la permanencia de remanentes infecciosos que pueden activarse.
No se necesita demasiada perspicacia para vislumbrar quiénes serán los primeros y principales perjudicados ante el peligro de una epidemia: los niños, trasformados ahora en potenciales víctimas de cualquier virus no prevenido. Los más pequeños vienen siendo tempranas víctimas del neoliberalismo macrista. Primero por la indiferencia ante la desastrosa política tambera, que llevó la leche a precios inalcanzables; después por el deterioro de la escuela pública, eje de la movilidad social y continuó con el retorno de la pobreza que ya afecta a más de la mitad de los niños argentinos. Acaso la falta de vacunas se integre a las anteriores carencias y sume sus efectos nocivos para determinar que, en el futuro, las clases trabajadoras posean menores capacidades físicas e intelectuales para luchar en favor de los derechos que tanto molestan a las elites del neoliberalismo.
Es posible que una parte de la población observe con indiferencia esta situación, quizás porque no debió transitar ninguna epidemia de riesgo. Esa circunstancia, resultado de la vacunación sistemática, general y preventiva, cambia radicalmente en quienes recuerdan esas calamidades, como la epidemia de poliomielitis registrada hace más de medio siglo, cuyas víctimas todavía pueden verse en nuestra sociedad.
Una insistente y muy densa campaña de saturación por parte de los grandes medios de comunicación oficialistas pretende adjudicarle al presidente de la Nación la categoría de «estadista»; difícilmente alcance ese nivel un dirigente político que permite o guarda silencio sobre el faltante de vacunas esenciales a la sanidad pública, otorgándole prioridad a los compromisos con las entidades financieras y sometiendo el país al riesgo cierto de epidemias.