Ni un solo dato para el optimismo

Es muy difícil encontrar en todo el mundo un país como el nuestro que, sin estar en guerra, presente semejante descalabro de su economía en tan corto tiempo. En su edición de ayer este diario presentó un informe sobre otro serio problema: el gran incremento de cheques rechazados que se encuentra hoy apenas por debajo del registrado en la tremenda crisis de 2001. Este indicador, que habla de las severas dificultades que atraviesa la actividad comercial nos muestra, junto a muchos otros, que el gobierno está conduciendo el país a una situación similar a la sufrida cuando se derrumbó ese espejismo económico que se llamó Convertibilidad.
Hoy estamos bajos los efectos destructores de otro espejismo, muy similar al de aquellos años pues reconoce la misma matriz neoliberal, y todo indica que, de no cambiar el rumbo, volveremos a caernos en el mismo precipicio. Menemismo, delarruismo, macrismo son tres etapas de un mismo modelo socioeconómico respaldado por el FMI, que impone la dictadura de las finanzas y subordina a la economía real. El vertiginoso crecimiento de los cheques rechazados no hace más que confirmarlo aunque no es el único indicador. Al contrario, hay una interminable lista de variables socioeconómicas que marcan en forma contundente este cuesta abajo que el gobierno se niega a frenar porque, como afirman los CEOs del macrismo, este es “el único camino” y “no hay plan B”.
En los últimos tiempos se han venido multiplicando las malas noticias en el campo social y económico. El país lleva 14 meses de recesión; la inflación desobedece los deseos del gobierno y en lugar de bajar se está acelerando; la caída estrepitosa en las ventas de automóviles y utilitarios está provocando la paralización de las más grandes fábricas de automóviles y autopartistas, y ello provoca la suspensión de miles de operarios; se están yendo del país reconocidas empresas industriales con décadas de radicación entre nosotros; las cámaras empresarias advierten que se están cerrando unas treinta Pymes por día; la tasa de interés se mantiene a niveles estratosféricos tornando imposible la actividad productiva (Argentina está en el top five mundial en esta materia como en inflación); apenas el gobierno intenta bajar un poco la tasa, el dólar empuja hacia arriba y desnuda la inviabilidad de este modelo; el gigantesco endeudamiento externo ha vuelto a ser -como en la experiencia neoliberal de los noventa- una aspiradora de recursos monetarios condenando a los argentinos -menos a la elite económica, desde luego- al empobrecimiento; el ejemplo más contundente lo acaba de brindar un informe del CEPA (Centro de Economía Política de la Argentina) que reveló que el 80 por ciento de los docentes argentinos -es decir, trabajadores calificados y registrados- tiene ingresos que los ubican por debajo del umbral de la pobreza…
La enumeración podría seguir hasta agotar el espacio de esta columna e incluso de esta página, pero la interrumpimos para no fatigar o alterar más los nervios del lector. Así y todo alcanza de sobra para mostrar que no hay un solo dato socioeconómico que pueda exhibir este gobierno para dar lugar al optimismo.