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No corras más, tu tiempo es hoy

DOMINICALES

Esta semana se cumplirá el octavo aniversario del fallecimiento de Luis Alberto Spinetta, un compositor y cantante -además de poeta, dibujante y pensador- cuya obra se asocia con la fundación del llamado rock argentino. Sin embargo, muy por encima de esas etiquetas, a ocho años de su partida su figura no ha hecho más que agigantarse, como lo demuestra el cúmulo de noticias que ha generado en estos días.

Ruido de magia.
Sobre fines del año pasado se editó «Ruido de magia» de Sergio Marchi, la primera biografía integral de Spinetta: medio centenar de páginas plagadas de detalles inéditos, producto en buena medida del aval dado al proyecto por la familia del artista, y en particular, la madre de sus hijos, Patricia Salazar (de quien por el libro nos enteramos, está emparentada con los Kroneberger pampeanos).
De hecho, en estos ocho años se han publicado no menos de una decena de libros dedicados al músico: algunos biográficos, como «Tu tiempo es hoy» (sobre su período con Almendra) o «Tigres en la lluvia» (sobre su grupo Invisible) y muchos otros dedicados, con suerte dispar, al análisis de su obra literaria y musical, entre los que destaca «Spinetta, el lector kamikaze».
Resulta difícil encontrar, semejante actividad editorial en tan corto tiempo para homenajear a un músico argentino. Ni siquiera Astor Piazzolla -un creador con muchos puntos de contacto con Spinetta, aunque con mayor reconocimiento internacional- fue objeto de una atención semejante.

Ojo del magma.
El pasado 23 de enero, fecha en la que Luis Alberto hubiera cumplido 70 años, se festejó en todo el país el «Día del músico argentino», instaurado en su homenaje. Para la ocasión la Secretaría de Cultura local organizó una serie de actividades preparando lo que será, en noviembre próximo, la primera feria provincial de música. Mientras tanto, un grupo de jóvenes músicos autogestionados reeditaron el festival «El ojo que mira al magma», que permitió comprobar la vigencia de la obra spinettiana en la voz e instrumentos de decenas de artistas locales, muchos de ellos apenas adolescentes.
También este mes se conoció la edición de una canción del rapero norteamericano Eminem -uno de los artistas más exitosos del mundo en materia de ventas-, construida íntegramente alrededor de un plagio («sample» le llaman ahora) de una vieja canción de Spinetta, «Petiribí». Luego se supo que el latrocinio fue autorizado por la familia del autor, que de este modo inoculó su virus artístico en el corazón de la industria discográfica internacional que tan redondamente lo ignorara en vida.
Por si fuera poco, además, este mes se editó un nuevo disco póstumo del artista, «Ya no mires atrás», compuesto de canciones inéditas, grabadas en sus últimos años de vida, y que incluye por primera vez su zamba «Mundo Arjo», una de las tantas obras dedicadas a traducir poéticamente la dolorosa experiencia de la argentinidad. El título del álbum no puede sino recordar al de su último disco de estudio, «Un mañana» y a aquella frase crucial del disco «Artaud»: «aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor: mañana es mejor».

Ojos de papel.
Pero acaso el hecho mas significativo de este verano tan spinettiano haya sido el 50 aniversario de la edición del primer disco de Almendra, que representó la presentación en sociedad de este joven artista de apenas veinte años, que venía a cambiarle la cara a la música nacional, con una poesía osada y un notorio desparpajo a la hora de fusionar estilos, en un momento en que ni siquiera el concepto de la «fusión» había sido inventado.
El aniversario no pasó desapercibido y no hubo prácticamente medio de prensa que lo ignorara. Vista desde hoy, aquella obra extraña, fundante del rock argentino en momentos que esa etiqueta no existía, aparece no solo como una colección apabullante de buenas canciones: también se percibe como un manifiesto artístico de curiosa madurez y perfección. Hasta el propio arte de tapa (un dibujo del propio Spinetta, representando un payaso llorando, con una sopapa pegada a la cabeza) representa un ejercicio del humor y de la autocrítica muy raro aún en nuestros días.
Desde luego, el disco se inicia con «Muchacha ojos de papel», acaso el mayor éxito comercial de Luis Alberto: una oda al amor libre en plena dictadura, plagada de metáforas más cercanas a Marechal que al menú habitual de la música pop. Está también el rock crudo de «Ana no duerme» y «Color humano» y los toques de jazz de «Que el viento borró tus manos» y «A estos hombre tristes», pero acaso la pieza clave sea esa gema llamada «Laura va».
Como Paul McCartney en «Eleanor Rigby» o Joan Manuel Serrat en «Penélope», el también adolescente Luisito le canta a una solterona entrada en años, con tanguera ternura. Y para desafiar los protocolos, en la canción brillan el bandoneón de Rodolfo Mederos y los arreglos clásicos del jazzero Rodolfo Alchourrón.
En «El anillo del capitán Beto» Spinetta imagina el periplo de un colectivero argentino al comando de una nave espacial, perdido en una deriva cósmica, empapado de la nostalgia porteña. La obra de este singular artista bien puede leerse a la luz de esta metáfora: una suerte de satélite perdido en los años luz, cargado de una data tan extraña como bella, atestiguando para la eternidad que alguna vez existió, en los confines de la Tierra, un lugar improbable llamado Argentina.

PETRONIO