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No es una película de ciencia ficción

Aunque aún no ha llegado el coronavirus a nuestra provincia, la fisonomía de La Pampa cambió drásticamente. Hace apenas semanas era inimaginable el hecho de que tuviéramos que atravesar semejante trance, al que vislumbrábamos más cercano a una novela de ciencia ficción que a la realidad concreta de nuestros días. Pero el futuro llegó y acá estamos, integrados de lleno a un planeta que gime ante un enemigo invisible que nos hace recordar al film de Spielberg «La guerra de los mundos», aunque con los microbios atacando a los humanos en lugar de defenderlos.
El fin de semana dejó centenares de detenidos y procesados por violar la cuarentena obligatoria y varios intendentes ordenaron blindar sus feudos con murallas de tierra en rutas y caminos para evitar el ingreso de forasteros «indeseables».
Pero no todas fueron malas nuevas. En Twitter fuimos tendencia por la falta total de infectados, «privilegio» que compartimos con un pequeño lote de apenas seis provincias argentinas. El fenómeno inspiró a una internauta, quien exhumó aquella vieja humorada que rezaba: «La Pampa no existe».
Los aprestos defensivos fueron muy notables en los dos hospitales públicos más grandes de la provincia: el Molas santarroseño y el Centeno piquense. En ambos se pudieron ver febriles movimientos destinados a mejorar las condiciones para cuando nos toque afrontar la llegada del temible virus.
La salud pública pampeana -y la argentina, desde luego- es el arma fundamental y la primera trinchera en la ardua pelea que hoy tiene que afrontar el conjunto del país. Hay una parte de la ciudadanía que desde siempre ha sido plenamente consciente de su vital importancia; la otra parte, la que por razones ideológicas o de clase subestimó su papel, parece ir entrando en razones conforme aumentan los riesgos y llegan noticias pavorosas de otros países. No hay como el miedo para entrar en razones. Es lamentable pero todo indica que «así es la cosa, Mafalda».
Mientras en el frente sanitario tenemos este panorama, en el otro, el económico, también «suceden cosas». Este diario viene siguiendo de cerca la inquietud que gana a los sectores más vulnerables conforme se van paralizando las actividades por la cuarentena obligatoria. Los cuentapropistas, los trabajadores precarios -que están «en negro» y que, se estima, en conjunto suman el 40 por ciento del total-, los que tienen pequeños emprendimientos o las Pymes viven momentos de zozobra. De ahí que las medidas que viene anunciando el gobierno nacional y otras que están en ciernes, como las que se esperan por parte del Ejecutivo provincial, sean aguardadas con ansiedad.
También en este terreno el rol del Estado es irremplazable. Hasta los defensores del libre mercado hoy buscan sumar puntos políticos demandando medidas «intervencionistas», del tenor de aquellas que hasta el 10 de diciembre despreciaban por «populistas». Aquí también pareciera que «el miedo no es zonzo».
Cuando aprieta el zapato, es el Estado el único que puede garantizar bienestar y seguridad para todos y todas, sin distinciones de cuna o de bolsillo. ¿Se aprenderá esta lección cuando pase la peste?