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No hay fronteras para tanto dolor

El fallecimiento de Diego Maradona conmovió a la Argentina y al mundo. Ayer la noticia estuvo presente en los diarios y en las cadenas televisivas de los cinco continentes. Quizás ese hecho nos ayude a comprender la verdadera dimensión que alcanzó este compatriota nacido en una villa miseria del conurbano bonaerense.
No fueron solo los extraordinarios logros deportivos los que convirtieron al hombre en mito. Se equivoca y mucho quien piense que Maradona se ganó el corazón de tanta gente por la habilidad fuera de serie de su zurda, por los goles inolvidables a los ingleses, por la copa del mundo, por sus derroches de magia en los estadios. Las lágrimas de millones de personas, las velas encendidas en miles de improvisados altares, la multitud y la cola interminable en la Casa Rosada para despedirlo tienen origen en otro tipo de agradecimiento. Uno que nace, es cierto, en el fervor futbolístico, pero que lo trasciende infinitamente para convertirse en una suerte devoción pagana por su figura de semidiós caído.
Fue, a diferencia de tantos otros tocados por el dedo de la fama, uno que nunca se olvidó ni renegó de su origen en la pobreza de Fiorito; uno que siempre se paró del lado de los humildes y nunca de los poderosos; uno que siempre abrazó como propias las mejores causas; uno que nunca se calló a pesar de que su silencio le hubiera reportado enormes beneficios personales y económicos. Siempre tuvo muy claro de qué lado de la raya ubicarse, y para qué lado había que poner el pecho.
Su amistad con Fidel Castro, su admiración por el Che Guevara, su cercanía con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, su presencia altiva en el «No al ALCA» junto a Chávez, Lula y Kirchner en Mar del Plata, su defensa de los futbolistas ante la prepotencia de la FIFA en el Mundial de México, sus solitarias denuncias contra la corrupción de la elite corporativa del fútbol global, su acompañamiento de los movimientos populares de todo el mundo y tantas otras cosas imposibles de mencionar aquí lo convirtieron en el mito que es hoy, cuando acaba de partir.
Jefes de estado, parlamentos, personalidades públicas y gente común de los rincones más apartados del mundo se refirieron a su fallecimiento con palabras sentidas. Es muy difícil recordar otra muerte que haya alcanzado tanta repercusión planetaria y tantas muestras de sincera consternación. Que haya sido un argentino el destinatario de esta ola de reconocimiento mundial no puede resultarle indiferente a nadie en este país. Ni siquiera a sus enemigos, que fueron muchos y poderosos.
Tuvo su lado oscuro, como cualquier persona; aunque en él esa faceta alcanzó, en razón de una fama desmesurada y también cruel, dimensión pública. Quizás la mejor definición de sí mismo la dio el propio Maradona cuando estuvo nada menos que en la Universidad de Oxford, invitado a disertar y en donde recibió un título honorífico. Cuando tímidamente un chico inglés -que uno imagina rubio, pecoso y tímido- se le acercó y le dijo: «Usted es un ejemplo», Maradona con su inigualable gracia e ingenio le respondió: «Sí, un ejemplo de lo que hay que hacer, y de lo que no hay que hacer».