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No nos une el amor sino el espanto

DOMINICALES

Si algo nos ha enseñado 2020 es que las grandes ciudades son insalubres. Como zoológicos habilitados para cotos de caza, transforman a sus habitantes en presa fácil de virus y de cualquier calamidad que ande al acecho. No es de extrañar que en todas partes del mundo haya comenzado un proceso de migración. Total, con el teletrabajo está probado que no hace falta ir a la oficina. Alguien hasta se atrevió a escribir que Nueva York está muerta. ¡Nueva York!

AMBA.
Pero no en todas partes. Aquí en Argentina, los porteños ni han amagado con mudarse al interior. A lo sumo amenazan con emigrar al Uruguay, pero no por escapar de su ciudad amada, sino del populismo feo, sucio y malo. Hasta el presidente uruguayo los invita, sugerente y seductor. Como buen gobernante de derechas, buscaba una estrategia para destruir aquel hermoso paisito oriental, y parece haberla encontrado por esta vía.
No, señor. Los porteños no se van a ningún lado. Virus o no virus, presionan con ímpetu por volver a lo que ellos llaman «normalidad»: amucharse en subtes y bares, para discutir a los gritos y exhibir así sus notables individualidades, tan parecidas las unas a las otras.
Para colmo les mojaron la oreja, esquilmándoles un punto de coparticipación, que tenían destinado para convertir en ventiladores a las palmeras de Plaza Francia. El lord mayor, cuchillo en dientes, ya se encargó unos tatuajes maoríes y un maquillaje de guerra, y amenaza marchar hacia el campo de batalla, la Corte Suprema, donde está seguro de contar con el macho de espadas y treintitrés de oro para el envido.
¿Para qué quieren todos esos recursos? ¿No se dan cuenta que, cuanto más capital acumulen, más se les va a llenar la ciudad de inmigrantes de color extraño, esos que suelen mirar por sobre el hombro?

Paseo.
Desde luego, esta columna está animada por la envidia y el resentimiento. Hace apenas un año atrás, desde aquí denunciábamos la obra del llamado «Paseo del Bajo», que acababa de inaugurar un presidente (curiosamente en el acto adoptó la postura de cuclillas, como formando para la foto del equipo de fútbol). El chiste había costado 700 millones de dólares, cifra equivalente al 75 por ciento del presupuesto provincial de La Pampa para todo el año 2019.
Leyó bien: por una autopista de nombre finoli (en Córdoba le hubieran puesto «La Vuelta del Petiso») los porteños se gastaron tres cuartas partes de lo que el gobierno pampeano gasta en todo un año, no sólo en obras, sino en pago de sueldos, insumos y demás.
Una denuncia de semejante calibre normalmente caería como una bomba, pero sin embargo sólo provocó un silencio clamoroso. Esto sólo admite dos explicaciones: a) Los responsables callaron por vergüenza; b) Nadie lee esta columna. Esto último provoca una cálida sensación de impunidad.

Pavón.
La cosa no tiene arreglo. Desde que fue fundada -por un grupo de contrabandistas, para burlar el monopolio comercial del imperio español- la CABA ha sido una aspiradora de recursos, y un bastión de la anomia. Aquellos pioneros, inventores de la expresión «acato, pero no cumplo» para explicar su reticencia a cumplir los decretos reales, serían así responsables, en alguna medida, del poco apego a la ley que exhibe el argentino medio contemporáneo.
Su apego a la contemplación del propio ombligo es tal, que si fuera por ellos, San Martín jamás hubiera cruzado los Andes ni liberado a Chile y Perú. Lo cual no les impide festejar el 17 de agosto a banderazo limpio.
Hay que agradecer, de todos modos, que los métodos se han civilizado un poco. En el siglo XIX, si alguna provincia se oponía a sus intereses, allá iban ellos a matarles el gobernador y clavar su cabeza en una pica para exhibirla un par de meses en la plaza pública. Como dijo Borges en su célebre elegía a Buenos Aires: «no nos une el amor, sino el espanto».
Así es la vida en estas crueles provincias. ¿Qué hubiera pasado si el zopenco de Urquiza, en la Batalla de Pavón (deberían rebautizarla «Batalla del Pavote») no se hubiera retirado de la acción cuando tenía la victoria a un tris de distancia? ¿Hubieran aceptado los porteños (que ya venían cacheteados de la Batalla de Cepeda) unirse en un pie de igualdad con las provincias vecinas?
Ah! la historia contrafáctica. Todavía discuten los historiadores por los supuestos motivos de aquella defección. Que si fue un pacto entre masones, que si Urquiza desconfiaba de Derqui, que si estaba enfermo… Hasta hay quien dice que, para ausentarse, pretextó que tenía que ir al baño.
De ser cierta esta última versión, aquella deposición del caudillo entrerriano cayó sobre todo el país, sellando su destino sudamericano.

PETRONIO