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«¿No se dan cuenta que soy un niño?»

LA HISTORIA DE UN MEDICO ARGENTINO EN GAZA

Carlos Trotta es un médico argentino que prestó servicio en Gaza, en una unidad de Médicos Sin Fronteras. «Es un campo de concentración a cielo abierto», expresa.
BRANCO TROIANO
-¿Qué le llevó a tomar la decisión de ir a prestar servicio médico a Gaza?
-En mi caso, tal vez, fue volver al punto de partida, completar un círculo: mis primeros dos años luego de egresar de la UBA fueron como médico rural en un ingenio azucarero de Jujuy; siendo testigo de la dura situación de los zafreros. Me especialicé después como cirujano en Estados Unidos y también allí pude ver una enorme injusticia: la clínica donde realizaba mi entrenamiento estaba rodeada de barrios negros que no tenían acceso a esa misma clínica insertada en su barrio. Regresé a Argentina para trabajar durante treinta años en un hospital público y siempre el mismo panorama. Finalmente uno se pregunta: ¿aprendí una técnica para qué, para quiénes? Y la respuesta se me fue dando cuando escuché el nombre de Médicos sin Fronteras. Entré en MSF en 2007 y terminé yendo a Yemen, a Sudán del Sur, Kenia, Haití, Filipinas, Siria, Sri Lanka y, claro, Gaza.
-¿Qué arrojó el primer contraste entre lo que imaginaba y lo que encontró una vez llegado a Gaza?
-Tremenda, imborrable experiencia. En diciembre de 2008 entramos a Gaza. Calles desiertas, edificios destruidos, pero mucho afecto por parte de los palestinos que nos recibieron con abrazos. Muchos de ellos -mujeres y niños- refugiados en la sede de MSF porque les parecía un lugar más seguro. Trabajamos en el hospital Al-Shifa de la ciudad de Gaza y en carpas que pudo introducir MSF apenas terminados los bombardeos (1400 muertos, más de 300 niños). Población muy joven, terribles secuelas físicas y psicológicas. Esperaba encontrar un pueblo paralizado por el terror y el dolor y me encontré con un pueblo dignísimo, heroico, dispuesto a resistir el bloqueo, la ocupación, los intentos de deshumanización. Fue ese contraste entre la actitud que esperaba encontrar, y lo hubiera entendido, y lo que encontré, lo que más me impresionó.
-¿De qué se trata el día a día en Gaza? ¿Logró identificar, aún en la tragedia constante, algún aspecto particular de la idiosincrasia árabe?
-El día a día era de puro trabajo: intervenciones quirúrgicas, curaciones en el postoperatorio de heridos y quemados, atención en consultorio externo, visita a lugares fuera de la ciudad de Gaza. Me impactaron la calidez, el afecto, hasta la ternura de los gazatíes. Me impactaron la dignidad, el espíritu de lucha y de resistencia. Y la falta de odio estéril. Cuando ya me volvía no escuché ningún insulto dirigido a nadie. Simplemente me dijeron: «Doctor, cuando vuelva dígales que si están buscando a Hitler, aquí no está».
-¿Cómo podría describir a la comunidad palestina, a su pueblo?
-Cuando preguntaba, como hacemos siempre, sobre los antecedentes familiares, indefectiblemente todos mencionaban a sus muertos como mártires. ¿Cómo se puede sobrevivir con el terror permanente de ser atacados en forma cruel, despiadada, repetida, inmisericorde, en medio de un panorama de destrucción total, sin agua, sin electricidad? ¿Cómo se puede sobrevivir y seguir con tanta dignidad, con tanto heroísmo, con tanto amor a su tierra?
-La semana pasada bombardearon uno de los hospitales de Médicos sin Fronteras. ¿Qué sintió al enterarse?
-No es la primera vez que las instalaciones de Médicos sin Fronteras son atacadas en Gaza y en otras partes del mundo. Forma parte de los riesgos que nadie quiere correr.; no somos loquitos jugando a ser héroes, nadie se siente así. Cumplimos una tarea, sabemos los riesgos y lo hacemos con la mayor de las humildades porque intentamos estar a la altura de hermanos nuestros que la están pasando mal, como en Gaza, pero que aún así nos enseñan por qué vale la pena vivir.
-En una situación ya de por sí trágica, ¿qué fue lo más terrible que le tocó vivir?
-La llegada a sala de operaciones de una niña, víctima de un ataque aéreo, con tal grado de destrucción que los cirujanos solo pudimos pedirle al anestesista que la durmiera para terminar con su sufrimiento. Nosotros nada podíamos hacer. Estábamos curando a un chiquito con quemaduras severas, había que cambiarle los vendajes. Lloraba por temor al dolor que eso le iba a provocar. Le aseguramos que esta vez lo íbamos a hacer con anestesia. Hablaba mucho, obviamente en árabe. Le pregunté a un compañero que conocía el idioma ¿qué dice? «Dice: ¿No se dan cuenta que soy un niño?». Y a mi me emocionó porque me pareció que ese grito era el de todos los chicos de Palestina a sus ocupantes. ¿Es que no se dan cuenta que son niños?
-Ya con 12 años de distancia ¿cuáles son las conclusiones de su experiencia?
-Siento un profundo respeto hacia el pueblo de Gaza y siento que lo único que puedo hacer por ellos, desde acá y ahora, es dar testimonio -siempre insuficiente- cuando me lo piden. Veo con total claridad el pobre pero interesado papel que cumplen ciertos medios al hablar del tema ante cada ataque repetido que sufre el pueblo de Gaza. Lo que está sucediendo ahora es la última muestra de una política de ocupación, de anexión, de limpieza étnica que cercena crecientemente el territorio de los palestinos y que sigue día tras día, asentamiento tras asentamiento, como un Pac-man. Gaza es un campo de concentración a cielo abierto, sin posibilidad de escape. Dos millones de personas amontonadas en una estrecha lonja de tierra donde todos son escudos de todos, sin agua potable, sin luz, sin medicinas. Y a pesar de todo, resisten dignamente. (Extractado de Agencia Paco Urondo).