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No tanta libertad de expresión

Mientras en declaraciones a la prensa servicial el presidente de la Nación buscaba mostrarse como un firme defensor de la libertad de expresión, María Eugenia Vidal salía con los tapones de punta contra el presidente de la Suprema Corte bonaerense Eduardo De Lázzari cuestionándole en duros términos sus expresiones sobre el funcionamiento de la Justicia.
El magistrado había hablado en un encuentro de jueces penales en donde alertó acerca de los muchos y graves problemas que aquejan al Poder Judicial de su provincia y del riesgo cierto de padecer un efecto «contagio» desde la justicia federal. Habló de causas armadas artificialmente, del uso abusivo de los testigos de identidad reservada y de arrepentidos, de cierta prensa que actúa como factor de presión en busca de condenas mediáticas, de espías, de traficantes de escuchas telefónicas, de complicidades de magistrados y miembros del Ministerio Público entre otras severas desviaciones que interfieren en el normal desenvolvimiento de la labor judicial.
La nada angelical reacción de la gobernadora tuvo lugar -como de costumbre- en un programa televisivo frente a un periodista que no incomoda con preguntas molestas a los popes del macrismo. De otro modo, Vidal hubiera tenido que responder por varios casos que justifican con creces las inquietudes de De Lázzari como el apriete y apartamiento del juez Luis Carzoglio a quien la AFI pretendió imponerle el texto de una resolución para encarcelar a Hugo y Pablo Moyano, por mencionar un solo ejemplo entre tantos.
Pero no estuvo sola la gobernadora en su embestida. Los grandes medios porteños se encargaron de amplificar su enojo y apuntaron sus cañones contra el juez en tanto el titular de la Procuración bonaerense, que responde a Vidal, pidió una investigación judicial de los dichos de De Lázzari. Es decir, la misma metodología de siempre. Cualquier voz disonante que se alce para denunciar lo que todo el mundo conoce en el ámbito judicial va a recibir de inmediato una andanada de acusaciones -y acciones- desde la cúpula del poder político y del mediático. La Justicia en estos últimos años se ha degradado a límites inconcebibles; infinidad de groseras irregularidades han cometido y siguen cometiendo sus jueces y fiscales; uno de ellos -Carlos Stornelli- desafió no una sino seis veces la citación de un magistrado sin que ninguna instancia reaccione de acuerdo a la gravedad de ese acto de rebeldía flagrante; pero basta que un integrante de la familia judicial mencione con espíritu crítico esos hechos para que se descargue sobre sus espaldas el látigo del macrismo.
De Lázzari es un juez de prestigio entre sus pares y recibió de inmediato el apoyo de la Asociación de Magistrados de la Provincia de Buenos Aires. Además sus expresiones, que, se reitera, no fueron formuladas a la prensa sino en un encuentro de jueces, son compartidas por muchas y destacadas personalidades del derecho que vienen alertando sobre estas graves distorsiones que afectan al Poder Judicial.
Esta defensa corporativa del poder político y mediático al estado de cosas que reina en la Justicia no hace más que confirmar el entramado de complicidades que posibilita tamaña degradación institucional.