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No te vayas al convento, Ofelia

DOMINICALES

La Ofelia de Shakespeare es una chica bastante frágil, que para colmo está enamorada del tarado de Hamlet. Este, como buen machirulo, no sólo la rechaza, sino que la rebaja y subestima, hasta sugerirle que sólo en un convento podría sobrevivir al mundo cruel que los rodea. La pobre termina suicidándose, ahogada en un río, imagen inmortalizada en un cuadro genial pintado en 1850 por John Everett Millais: un canto a la necrofilia tan vigente en aquellos tiempos románticos.

Muerta.
Créase o no, durante el romanticismo, la muerte tenía muy buena prensa, y morir joven era considerado deseable. Un largo poemario de Amado Nervo, «La amada inmóvil», lleva este amor a la muerte a extremos patológicos. ¿Será acaso que resulta más fácil amar a quien ya no puede cambiar, ni tomar actitudes que nos contraríen o destruyan la imagen que nos hicimos de esa persona?
Se recuerde o no, la muerte fue tema central de la campaña electoral de 1983. Argentina venía de la peor masacre de su historia, y un candidato (Raúl Alfonsín) tuvo la sagacidad de intuir el sentimiento nacional generalizado de repudiar esa cultura de la muerte tan propia del fascismo. La primera derrota electoral del peronismo se debió, fundamentalmente, a no percibir esa demanda social, y a la falta de coraje con que manejaron la cuestión de una posible amnistía a los militares.
El camino que se inició entonces en contra de la impunidad de los asesinos, con sus marchas y contramarchas, ha hecho de Argentina un caso casi único en el mundo, al menos si se lo compara con países cercanos como Uruguay, Brasil, o la propia España.

Ni una menos.
Sin embargo, desde hace unos años la muerte ha vuelto a cobrar su lugar entre nosotros. Las víctimas de la masacre, esta vez, ya no son los supuestos «subversivos» de antaño, sino las mujeres. Y el responsable ya no es el Proceso, sino una institución no menos represora y perversa: el Patriarcado.
La buena noticia es que esta nueva visita de la parca serial a estas pampas, provocó una reacción social no menos formidable que la de los años ochenta: el movimiento «Ni una menos», luego ampliado al movimiento de los pañuelos verdes. Y es que el sistema hipócrita de abortos clandestinos es una máquina de matar mujeres no menos efectiva que la violencia patriarcal explícita.
Este movimiento feminista, del que se ha destacado más de una vez su horizontalidad y el bajo perfil de sus líderes, comienza a tener una notoria cara visible. Una joven de 19 años, flamante candidata a legisladora por la Ciudad de Buenos Aires, llamada tan luego Ofelia Fernández.

Qué boquita.
Como la chilena Camila Vallejo, Ofelia comenzó su militancia tempranamente en el centro de estudiantes de su colegio secundario, el Carlos Pellegrini. Cuando esa escuela -como varias otras de la ciudad- fueron tomadas por los alumnos, en protesta contra el autoritarismo reinante, su voz fue de las más claras, y prontamente le valió la censura -no exenta de obsesión- de un periodista televisivo famoso por su rancio conservadurismo.
Este -como la mayoría de sus detractores- pretende atacar a la joven candidata por su lenguaje, que a veces contiene procacidades de naturaleza sexual, diseñadas claramente para provocar. Pero el lector haría bien, si no lo hizo ya, en buscar por internet el discurso de Ofelia ante la Cámara de Diputados, el 29 de mayo de 2018, reclamando a los legisladores la sanción de la ley de interrupción legal del embarazo. Esos seis minutos constituyen probablemente la mejor pieza de oratoria que se haya escuchado en ese recinto por años.
Su pasión por la causa no debería engañar sobre su notable inteligencia, y su fina visión política. En su discurso al visitar Santa Rosa, en abril pasado, la militante se mostró proclive a evitar reingresar el proyecto de ley sobre aborto legal durante el presente año. Lo veía como un seguro desgaste inútil, en un período donde la composición de las Cámaras no ha variado respecto del año pasado, y difícilmente se podría mejorar la performance de votos obtenida, particularmente, en el Senado. Para Ofelia, en 2019 la lucha pasa por meter la mayor cantidad posible de pañuelos verdes en las urnas, para garantizar a partir del año próximo, un Congreso más abierto a las claras demandas del movimiento feminista.
Ella cuenta que el día de cierre de las listas no recibió miradas de «mega-afecto» en la sede del PJ. Por su juventud, su relativa inexperiencia y su condición de mujer, muchos se habrán creído con mayores derechos de acceder a ese cargo expectable. Pero la vieja guardia de su partido y -sobre todo- los hipócritas defensores del status quo imperante, harían bien en correrse del camino cuando vean aparecer a Ofelia avanzando. Porque ella los advirtió con todas las letras: «Lo único más grande que el amor a la libertad, es el odio a quien te la quita».

PETRONIO