Noli me tangere: una expresión de distanciamiento y de riesgo

En el curso de la semana concluida ayer se han producido hechos relacionados con niños, que han traído a mi memoria la frase bíblica que figura en el título.
Noli me tangere está expresado en latín y se traduce por “No me toques”, aunque la versión (anterior) en griego admite entenderla como que Jesús le dice a María Magdalena “No me retengas”. Jesús acababa de resucitar y se disponía a partir hacia la casa del Padre, lo que permite pensar que la mencionada traducción del griego puede ser correcta. De cualquier manera, el suceso de la resurrección y la partida genera una situación entre la Magdalena y el nazareno que puede tener que ver con su relación anterior a la crucifixión, pero también con la resurrección y el retorno. Hay una interpretación pictórica de Correggio (entre muchas) que ilustra ese momento, con María Magdalena postrada y Jesús de pie, en posición que puede sugerir que se dispone a partir. La escena genera tensión dramática en el espectador porque da cuenta de una situación límite e inmodificable. Digo límite porque está de un lado lo humano y enfrente lo divino. En la zarza ardiente, la divinidad le dice a Moisés en un momento que no avance más, o sea que no debe tocarlo. Hay dos realidades que se atraen recíprocamente, pero que están condenadas a la separación.
Desde que la actualidad ha destacado y revelado el papel de los paidófilos, que con seguridad han existido siempre como así lo indican muchas constancias históricas, la relación entre el adulto y los niños (incluso los propios padres e hijos, en casos extremos) se ha tornado crítica y puede derivar en un estado de cosas en que el adulto deba cuidarse de toda relación próxima con niños. Esto configura una clara situación dramática, porque lo natural es que el adulto se incline hacia el niño con una ternura protectora. Muchos, entre los cuales me cuento, antes y sobre todo después de su experiencia como padres y abuelos, ante una escena con niños pequeños que juegan o viven cualquiera de las muchas situaciones que resultan de su iniciación a la vida, se sienten atraídos con fuerza. Algo hace que se detengan para mirarlos y dejen que los recuerdos y la naturaleza que nos hace responsables de las vidas que ayudamos a advenir, generen el deseo de participar de esos momentos. Sin embargo, desde que el tema de los pedófilos comenzó a envenenar estas relaciones sienten que deben controlar la vibración que produce la presencia de esos recién llegados a un mundo al que deberán adaptarse y, en la medida en que lo hagan, vayan dejando jirones de su dulce espontaneidad.

Distancia
Se decía “Se mira y no se toca”, pero al paso que vamos con los pedófilos y con cierta histeria que parece estar produciéndose y creciendo, la relación del adulto con el niño puede llegar a considerar que la sola mirada es una amenaza. Madres y responsables de niños no saben a qué atenerse y entonces se llevan a los niños o dirigen miradas o palabras a los mirones, quienes pueden sentirse humillados, pero saben que ahora la mirada les está vedada.
Otro tanto pasa con las mujeres que van dejando la niñez y entran en la pubertad. Siempre parece haber alguien que asecha y, de hecho, lo hay. El caso de Monte Hermoso se ha sumado a una verdadera catarata de homicidios de mujeres muy jóvenes (aunque también las hay de toda edad) que un día desaparecen y poco después se hallan sus restos en algún lugar más o menos distante.
La trampa consiste en que la pubertad es un hecho que genera condicionamientos que favorecen al que arma asechanzas. De alguna manera, en alguna medida, la víctima va hacia el peligro como las mariposas nocturnas van hacia la luz. Se repite así la situación del cazador y su presa, cuando aquél espera en la aguada a la que inevitablemente acudirá su víctima.
Sin que tengamos conciencia del hecho, se produce un retorno a la ley de la selva. Y seguimos sin saber si esto, la paidofilia, que ha sucedido siempre, ahora sucede más o solamente se ha levantado el velo de un falso pudor que ocultaba estos hechos. Mi propia opinión al respecto es que puede haber un acrecentamiento por motivos que incluyen el incremento de la población y el proceso de cambio que se produce en ciertos hábitos sociales relacionados con la sexualidad, sumados al permanente imperio de lo biológico que manda crecer y multiplicarse.

Mirada
Es penoso tener que privarse de la mirada gozosa y bien dispuesta que es provocada por la presencia de la vida que surge, por esa infancia que nos hemos acostumbrado a asociar con la idea de una inocencia que está condenada a perderse.
El que mira desde más allá de la inocencia puede ser un cazador que busca saciar su afán de poseer y matar. Puede pensarse que el hombre (varón, pero también la mujer) es un cazador irredimible, en permanente guardia en cada una de las avenidas de la existencia. De ser así resultaría que los cuentos de bosques con lobos, ogros y otras amenazas, que alguna vez tuvo expresión en la realidad o, en cuanto a ogros, en la ficción, persiste ahora porque la selva nos habita. No es que haya quedado allá, en el medioevo, sino que está en nosotros con tanta fuerza que siempre hay algunos que no la pueden controlar y entonces emergen como lobos para el hombre. Homo homini lupus, para volver a decirlo en latín: el hombre es el lobo del hombre. En el brumoso ayer, en el hoy incierto, en el mañana apenas sostenido por la esperanza de un cambio redentor.
Ahora los lobos parecen orientarse hacia los jardines de infantes y hay padres espantados que piden que haya cámaras hasta en las aulas, confiados en que esa medida que reproduce los momentos pueda abatir las tinieblas que habitamos y que nos acosan.
Jotavé