Nombres que surgen en el espacio público

Señor Director:
No es cosa nueva, aunque en estos meses se ha vuelto a manifestar con fuerza la intención de suprimir ciertas denominaciones del espacio público (por llamar así a los de parques, plazas, calles y edificios).
Se habla de un proyecto de ley por el cual se dispondría que el uso del nombre de una persona no pueda ser aplicado al espacio público sino cuando hayan transcurrido veinte años desde su muerte. En este caso se trata de una iniciativa del actual gobierno ante el hecho de que el anterior, que estuvo en el poder durante doce años, impuso o aceptó imponer el nombre de Néstor Kirchner a ciertos lugares y, en particular, al edificio del Correo Central, en la CABA, cuya transformación realizó el gobierno anterior y que ha sido rápidamente reconocido como un espacio particularmente apto para la finalidad cultural que fue asignada a ese inmueble que, además, está a muy poca distancia de la Casa Rosada. En lugar de una ley que cambie ese nombre por alguna otra denominación, el propósito se encubre al proponer una pauta general, que por cierto excluiría hasta 2030 todo homenaje de este tipo a Kirchner, aunque también para el caso del ex presidente Alfonsín, sin contar otras personalidades de la cultura, el arte, las ciencias y toda actividad reconocida como necesaria y valiosa.
Más de una vez me he referido a este tema desde otro punto de vista, el que traducía mi idea de que se sobrevalora la importancia de las denominaciones del espacio público, como es el caso de las calles, pues tengo observado que el nombre no remite a una persona que lo tuvo sino que muy pronto se asimila como propio del lugar, la calle, la plaza, el parque, el inmueble. Quiero decir que la personalidad o el acontecimiento que se ha querido destacar y poner frente a la mirada colectiva, pierde el efecto buscado. No pasa esto con los próceres, pero sólo con los que son permanente objeto de estudio y de homenaje, como San Martín y Belgrano. Si se piensa que los próceres reconocidos a través de las generaciones son muy pocos, el contraste con la multiplicidad de nombres de lugares públicos en el orden nacional y local, salta a la vista.
Así como los humanos somos individualmente entes transitorios, mortales y condenados al olvido, toda obra del hombre y toda intención de perdurar no escapan a este destino.
La resistencia a los nuevos nombres del espacio público estalló a comienzos del siglo veinte, cuando los acontecimientos fueron demostrando que con la inmigración, entre otros factores, se había producido un cambio importante en la sociedad. Consecuencia de ese cambio fue la ley Sáenz Peña del voto secreto y obligatorio, porque recién entonces las elecciones comenzaron a dar cuenta de las preferencias reales de las mayorías. Por eso es que la figura el presidente Yrigoyen, el primero electo con el nuevo sistema, ha perdurado. Y otro tanto pasa con la figura de Perón, con quien el país retomó el camino eleccionario y fue entonces cuando se lo amplió con la ley del voto femenino. La parte tradicional de la sociedad argentina, cada vez más minoritaria, se sintió interpelada y agredida y reaccionó negativamente ante la irrupción de nuevos nombres en el espacio público. Esta reacción fue, en verdad, un movimiento defensivo, no tanto de los proceratos valiosos como de ciertos intereses y la forma de distribución de los bienes materiales que hizo posible que una clase perdurase más allá del tiempo en que su vigencia era un efecto natural de su importancia o valor.
La finitud de las cosas humanas y el hecho de que el tiempo (del que somos criaturas) discurre sin cesar, haciendo que también la sociedad se transforme continuamente, en un fluir hacia un futuro indiscernible, determina la inexorable caducidad de la memoria, pues esta facultad nuestra, al empeñarse por la sobrevivencia de lo que ha dejado de ser o de estar presente, se propone una misión imposible.
Atentamente:
Jotavé

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