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Nunca más el neoliberalismo

¿Será alguna vez la Argentina territorio libre de neoliberalismo? ¿Será ese alguna vez un objetivo común y prioritario de las fuerzas políticas populares? Ganarle una elección a un gobierno neoliberal no significa derrotar al poderoso entramado de intereses que lo sostienen. Se equivoca mucho quien pretende ver en el neoliberalismo un recetario económico. Es también un modelo político, social, cultural, una forma de ver la sociedad, de gestionar las relaciones humanas.
Los argentinos tropezamos tres veces con este sistema perverso: bajo la última dictadura, en la década Menem-De la Rúa y ahora con el macrismo. El resultado fue siempre el mismo: las tres veces terminamos más endeudados, más empobrecidos y más desiguales.
Neoliberalismo y «populismo» -para sintetizar y usar una expresión comprensible- no son términos equivalentes en su antagonismo. La experiencia nos indica de sobra que construir, en términos socioeconómicos, cuesta mucho más que destruir. La barbarie puede imponerse muy rápidamente; el bienestar general, no.
El camino hacia una sociedad más equitativa y solidaria es escabroso. Infinidad de escollos se interponen en esa búsqueda. El poder económico -bien llamado «poder real»- no regala nada; por el contrario, dispone de armas (simbólicas y reales) muy poderosas y convincentes que pone al servicio de su objetivo primordial: concentrar la riqueza en muy pocas manos.
En la historia de nuestro país y del continente sobran los ejemplos de procesos políticos progresistas que se frustraron porque en el intento se interpuso la barrera más potente: el neoliberalismo, es decir el capitalismo en su versión más depredadora pues no se basa en la producción de bienes sino en la especulación financiera. De hecho, en Argentina menos de cuatro años de neoliberalismo alcanzaron para barrer con los principales avances logrados en doce años de kirchnerismo: desendeudamiento, caída de la pobreza y del desempleo, crecimiento industrial, desarrollo científico y tecnológico, mayor presupuesto educativo…
Las fuerzas políticas populares, progresistas o como quieran llamarse deberían asumir el compromiso de buscar un piso de coincidencias para trabajar en conjunto y en serio con el objetivo de evitar que el país vuelva a tropezar por cuarta vez con la piedra neoliberal. Nunca es fácil, pero desde el Estado es menos arduo. El Estado es la herramienta más poderosa para contribuir a generar niveles de conciencia política a nivel masivo. La educación, la organización social, el estímulo a la participación de los jóvenes, las políticas culturales, el cooperativismo, el consumo responsable… son algunas de las herramientas que, junto a tantas otras, deberían ponerse al servicio del pueblo para que nunca más pueda ser estafado por el marketing engañoso de la derecha neoliberal, experta en vender espejismos electorales.
Tanto daño social, tanta destrucción económica, tanta pobreza, tanto hambre y dolor no deben pasar en vano. Este duro aprendizaje debe fructificar en conciencia política. Además de la atención de la urgencia ante el naufragio, esta es la principal responsabilidad de la dirigencia que se dice popular.