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Ojo al piojo

I. Una mirada pragmática de la política ha llevado a postular la abolición de los términos «derecha» e «izquierda» por tratarse, según se dice, de definiciones arcaicas o superadas. Pareciera que estamos ante una suerte de reivindicación tardía de la doctrina de la «muerte de las ideologías», lanzada por Francis Fukuyama en tiempos de la caída del muro de Berlín, hace tres décadas.
Sin embargo, a la hora de intentar comprender la complejidad de la realidad política aquellos enunciados resisten con vigor el paso del tiempo. Es cierto que no son definiciones de tipo académico ni salieron de los laboratorios de las ciencias sociales, pero así y todo por el momento no se conocen otras que puedan reemplazarlas. Cuando se dice «derecha», «centro» o «izquierda», o sus combinaciones «centroderecha» o «centroizquierda», en referencia a un espacio institucional, a medidas de gobierno o a figuras de la política o la cultura, sabemos de inmediato de qué estamos hablando. Y ello es así en todo el mundo, por encima de las fronteras nacionales.
De ahí la gran eficacia de esos términos y la razón por la cual no han dejado de usarse a pesar de aquella expresión de deseos. Ni siquiera los sectores más conservadores y «antipolíticos» han renunciado a su uso. Con frecuencia aparecen en sus discursos condenatorios. Para ellos calificar a un gobierno o a una persona de «izquierdista» es como lanzarle una maldición y mandarlo al rincón más oscuro de la política.

II. Vayamos a un ejemplo práctico de las últimas horas. ¿De qué manera se puede definir la base político-ideológica que une al sector de la dirigencia y de la población que desafió la cuarentena social y salió a las calles a protestar este 9 de julio con un claro sentimiento de oposición al gobierno nacional? ¿No queda claro que están ubicados a la derecha del espectro político? Sus consignas, sus gestos, hasta sus actos de violencia contra periodistas, son característicos de tal pertenencia. Como también la ausencia de autocrítica sobre esos desbordes violentos. La dirigencia partidaria que los representa venía de protagonizar un ataque ominoso al gobierno al imputarle responsabilidad en un homicidio. Las bases que salieron a la calle no hicieron más que multiplicar aquel gesto, volverlo masivo y traducirlo en un acto de barbarie contra un grupo de comunicadores al que identificaron como «oficialistas».
Otro ejemplo. El presidente de la Nación en su discurso por la fecha patria hizo una clara convocatoria a la unidad nacional: «Vine acá para terminar con los odiadores seriales y para que todos nos unamos. No vengo a instalar un discurso único. Sé que hay diversidad, la celebro y propicio», expresó. Al día siguiente el diario Clarín le dedicó dos títulos en su tapa: «Fernández, duro en el discurso del 9 de julio. ‘Voy a terminar con los odiadores'»; y un poco más abajo: «Alberto cae en la trampa de la política extrema».

III. No hace falta demasiada perspicacia para reconocer la matriz derechista de semejante interpretación -y distorsión- de las palabras del presidente. Es bien sabido que ese diario fue uno de los principales fogoneros de la movilización y que su línea editorial mantiene lazos muy amigables con el macrismo, que es la fuerza que representa como ninguna otra a la derecha argentina.
Pero hay otra faceta que caracteriza a la derecha y que también se pudo ver en la jornada del jueves. Cuando arreciaba el ataque a los periodistas se escuchó repetidamente el grito: «vas a tener miedo». Esa amenaza, lanzada en pleno estallido de violencia, es muy significativa y no puede subestimarse. Violencia, odio y miedo conforman un trípode muy potente que está en el ADN de la derecha. Desde siempre. Desde los tiempos no tan lejanos en que promovía dictaduras para imponer a sangre y fuego políticas económicas que beneficiaron a las elites y desangraron a los pueblos.
La derecha existe, y está vivita y coleando, aunque algunos pidan no nombrarla.